RetrocesoA&ONº 247/15-II-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Esto ha dicho el Concilio
La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña que el progreso, altamente beneficioso para el hombre, también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la Humanidad está amenazando con destruir al propio género humano. A través de la Historia existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo. Por ello, la Iglesia, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz el Apóstol: No queráis vivir conforme a este mundo, es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres. A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoismo, corren diario peligro.

Constitución Gaudium et spes, 37