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El año 1975 fue testigo de la celebración de la Primera Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre mujeres. Desde ese momento, medidas, programas y disposiciones para erradicar la violencia en el hogar son emitidos con frecuencia. Varios años más tarde, en 1993, la Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre derechos humanos, celebrada en Copenhague, definió, con el ánimo de precisar y aclarar el término, lo que hoy entendemos como violencia doméstica: violación de los derechos fundamentales de la mujer, que supone un ataque a la libertad individual y a la integridad física. Dos años más tarde, la Plataforma para la Acción, aprobada en la IV Conferencia Mundial de Naciones Unidas, especificó esta definición en varios puntos:
- La violencia física, sexual o psicológica en la familia (golpes, abusos sexuales contra las niñas en el hogar, violencia relacionada con la dote, mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales, o costumbres que atentan contra las mujeres). - La violencia física, sexual o psicológica en la comunidad (violaciones, abusos sexuales, hostigamiento, acoso sexual en el trabajo, instituciones educativas y otros ámbitos, la prostitución forzada, etc.) - Violencia física, sexual o psicológica perpetrada o tolerada por el Estado. También se incluyen la esterilización forzada y aborto forzado, la utilización coercitiva o forzada de anticonceptivos, infanticidio de las niñas y la determinación prenatal del sexo, además de las violaciones de los derechos humanos de las mujeres en situaciones de conflictos armados (asesinatos, violaciones, esclavitud sexual y embarazos forzados). Los niños son víctimas y testigos de los maltratos en el hogar. Las consecuencias son irreversibles y, en este sentido, resulta obligado pisar fuera de las fronteras españolas para recordar a los cientos de miles de pequeños esclavos en países como Pakistán, Brasil, India o Filipinas. Niños explotados en fábricas, principales objetos inocentes de la explotación económica. Son entregados por sus familias, vendidos o secuestrados, y reciben compensaciones mínimas, cuando perciben sueldos. Llegan a trabajar 18 horas diarias, sin ver la luz del sol, sin moverse y expuestos a riesgos laborales que minan su salud. Por último, es necesario recordar al pequeño, pero no por ello menos importante, grupo de hombres maltratados por sus cónyuges. El año pasado, el Ministerio del Interior registró 44 muertes de varones asesinados por personas pertenecientes a su familia, 7 de los cuales a manos de sus cónyuges. Su causa es minoritaria, pero reclaman atención y ayuda igual que las mujeres. |