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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es La desorientación ética y moral en el orden social y comunicativo responde, las más de las veces, al borroso perfil de las instituciones enunciadoras del mensaje, respecto al objeto de unos intereses no confesados. La Iglesia lleva en su corazón el Evangelio de la vida, pero no ofrece los modos técnicos de las plurales políticas de la vida, propios de un pluralismo que nace de la autonomía personal y comunitaria de los cristianos. Una autonomía de las realidades sociales y políticas de la que, en muchas ocasiones, abdicamos por un falso paternal clericalismo, o por una equívoca concepción de la secularidad. Si la Iglesia, con sus pastores a la cabeza, no predicara el Evangelio de la vida, estaría siendo infiel a su naturaleza y a su misión. ¿Quién se atreve hoy a decir, con un minimum de honradez intelectual, después de haber dedicado más de cinco minutos a leer los documentos de la Conferencia Episcopal Española y de los obispos, al alcance de todos en los boletines diocesanos, que esta predicación no existe, que no es real? Dibujar un borroso perfil de la proclamación del citado Evangelio de la vida por parte de los pastores de la Iglesia no es más que la confirmación de la deficiente e interesada capacidad de visión de quienes realizan tales aseveraciones. O de una oportuna coyuntura que ha puesto en marcha la dinámica de la difamación, de la confrontación de los contarios en los titulares periodísticos, que se traduce en la ley del cuanto más y cuantos más, mejor, responda o no a la verdad histórica. Lo dijo muy claro José Luis Restán en el informativo Mediodía, de la Cadena COPE, el pasado lunes. La argumentación que hizo monseñor Setién en contra de la firma del pacto, tiene muy poco que ver con la que hace la Conferencia Episcopal. Los obispos han reconocido los valores éticos que están contenidos en el Pacto. Lo que dicen es que no pueden amparar un pacto que tiene una naturaleza partidista, sin darle a este término una connotación negativa. La Iglesia quiere expresar su condena al terror y realizar su aportación en favor de la paz conforme a lo que le es propio, con gestos, con palabras que le son propias. Igual que, por ejemplo, los Rectores de las universidades se han reunido en un acto académico, en un ámbito propio y con palabras propias, y han expresado ese rechazo al terrorismo. Y quiero recordar que la Iglesia en el País Vasco lo ha hecho en las campas de Vitoria, no hace demasiado tiempo, por decir un solo ejemplo. Porque lo está haciendo continuamente. |
| En el editorial del diario El Mundo, también el pasado lunes, se podía leer: No es justo reprochar a la Conferencia Episcopal que no haya suscrito el Pacto antiterrorista y menos aún que no lo haya hecho por las presiones de Setién. Nadie ha censurado por ello a los sindicatos, las asociaciones de consumidores o las federaciones deportivas. La Iglesia no tiene por qué suscribir un acuerdo, no ya de naturaleza política, sino entre partidos. Pero el malestar de Rajoy y de muchos ciudadanos no deriva probablemente tanto de que los obispos no hayan querido secundar la iniciativa de PP y PSOE como de la actitud cotidiana que la Iglesia vasca está manteniendo respecto a discursos nacionalistas que alientan o justifican a ETA.
El arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, monseñor Fernando Sebastián, ha confesado, en una carta escrita, al director del Diario de Navarra, que, por mi parte, he manifestado mi condena de los atentados de ETA siempre que ha habido ocasión. He presidido los funerales de las víctimas y he estado personalmente con sus familiares. He dicho varias veces que no se puede apoyar ni colaborar con los que justifican el terrorismo o colaboran con él de cualquier modo que sea. Participé en el acto de oración de Vitoria al que acudieron más de 50.000 personas y tuve el honor de leer el mensaje del Papa. Algunos han querido contraponer la voz del Papa a la de los obispos. Sólo las ganas de fastidiar hacen que no se reconozca que si el Papa se hizo presente en Vitoria con un mensaje, es porque así se lo pedimos los obispos y porque quisimos que fuera su palabra la que expresara la doctrina de la Iglesia, por encima de toda sospecha. Pero ni aun así. Esta ceremonia de la confusión política y mediática nos trae a la memoria, de la que parece carecemos cada vez más, aquel texto firmado por la Conferencia Episcopal Española, en 1973, el documento sobre la Iglesia y la comunidad política, que debiéramos meditar, quizá en lo profundo de nuestro corazón: Piensen los cristianos que intentan desautorizarnos ante el pueblo cuando abordamos problemas sociales o políticos, si les mueve un genuino espíritu de fe o si, por el contrario, se dejan arrastrar por sus intereses personales o preferencias políticas, que desearían imponer al resto de los cristianos y de los ciudadanos en general, con la anuencia o, al menos, con el silencio de la jerarquía de la Iglesia. Los obispos pedimos encarecidamente a todos los católicos que sean conscientes de su deber de ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política partidista, sea del signo que fuere. Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos ser promotores de unidad en el pueblo de Dios, educando a nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida, respetando siempre la justa libertad de las conciencias en materias opinables. Hay palabras que no pasan... (Nota de última hora, al cierre de esta edición: Si les habrá aclarado las cosas a los nacionalistas la Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, que han reaccionado a lo perro de Paulov, oscureciendo informativamente el texto, convocando las elecciones en el País Vasco). |