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Nuestra palabra de pastores se alza de nuevo para llevar un mensaje de esperanza y llamar a la reflexión ante una lacerante realidad, que no vacilamos en calificar de desastre nacional. Pero, a la luz del Evangelio de Jesús y de la doctrina de la Iglesia, vemos que, al terremoto físico, se une algo todavía más grave: el terremoto moral que se hace visible en una visión materialista de la vida y el afán desmedido de lucro; en la plaga del secuestro, el robo y otras formas de violencia; en la indiferencia ante el dolor ajeno. En una palabra, es un terremoto que se manifiesta en la violación de las normas morales que deben regir la vida personal, familiar y social. Por eso nuestra primera palabra llama a la conversión. No basta tener el deseo sincero de atender a las víctimas; hay que hacerlo con responsabilidad y eficiencia.
- Hemos conocido gestos admirables de solidaridad, tanto por parte de compatriotas y de extranjeros que viven en el país, como de personas de las más diversas nacionalidades que han hablado un mismo lenguaje: el idioma de la entrega generosa y desinteresada, de la mano tendida sin esperar recompensa. Desgraciadamente, a veces se han hecho evidentes actitudes y acciones que reflejan estrechez de miras, incapacidad de deponer intereses personales en aras de un bien mayor, cálculos políticos inadmisibles, discriminación en la entrega de la ayuda y otras deficiencias que los medios de comunicación social han dado a conocer. |
- Ha llegado la hora de elaborar juntos el plan de reconstrucción. Los problemas que acabamos de señalar han dificultado la elaboración concertada de un proyecto global de reconstrucción, al que se puedan consagrar con pasión las mejores energías de todos y cada uno de los sectores y de las personas, sin excluir a nadie.- Saludamos con esperanza los esfuerzos que se están realizando en los distintos sectores de la vida nacional. Expresamos nuestra plena disposición a fin de facilitar el encuentro fraterno de todos en torno a una misma mesa para diseñar juntos el futuro de la nación. - La ayuda internacional tanto la que llega a través del Gobierno como la que se canaliza por medio de las Iglesias y diferentes organizaciones de la sociedad civil ha sido abundante, aunque no suficiente. Que podamos recibirla y distribuirla con un solo rostro para que tan valiosos recursos se empleen sin demora en la construcción de un nuevo país en el que la justicia, la solidaridad y la reconciliación puedan ser una luminosa realidad. - La crisis moral que padecemos tiene como uno de sus síntomas la incapacidad de sentir como propio el dolor ajeno. Necesitamos un corazón como el de Cristo cuando, al contemplar la multitud que le seguía sin tener el alimento necesario, dijo: Siento compasión de la gente. Ha llegado el momento de compartir. Compartir es, ante todo, tener un corazón compasivo; y es también poner al servicio del prójimo nuestras manos, nuestras habilidades y destrezas. - Algunos podrían pensar que no tienen nada que aportar. La doctrina social de la Iglesia nos enseña que cada uno tiene que contribuir al bien común según su propia condición, porque todos podemos hacer algo. A la oración debe unirse, en la medida de lo posible, la acción: desde la compañía y la palabra de consuelo al hermano que sufre, pasando por la recolección de información que facilite la entrega de la ayuda, hasta la formulación de políticas sociales adecuadas y del plan global de reconstrucción. Candelaria, departamento de Cuscatlán, |