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La reacción, sospechosamente unilateral, que ha suscitado el hecho de que la Conferencia Episcopal no firme el pacto antiterrorista acertadamente promovido por dos partidos políticos, el PP y el PSOE, parte de un presupuesto, o de varios, rotundamente falsos y, en consecuencia, radical e intolerablemente injustos. Señalar, como se señala con una frivolidad e irresponsabilidad desconcertante, que ello se ha debido a las declaraciones de monseñor Setién a la TV vasca es, por falso, injusto. Aplicar a esta situación el post hoc, ergo propter hoc después de, luego a causa de es, a decir poco, una tergiversación de la verdad de los hechos; por tanto, una mentira y una falta de honradez. Tanto más si se sabe como se sabe que no ha sido así.
Deducir del hecho de la no firma y hacer correr insensata o interesadamente el bulo de que la Iglesia es ambigua en su condena del terrorismo, o, lo que es peor, que no está a favor de la vida de las víctimas y al lado de sus familiares, es de una indignidad y bajeza moral incalificable. Nadie, ni los dos partidos del acertado pacto, ni el Parlamento, ni el Gobierno ni institución alguna se ha manifestado, no ahora sólo, sino desde que surgió el terrorismo, en términos de tan tajante, rigurosa y argumentada condena como la Iglesia católica. Basta con ir a la hemeroteca para comprobarlo. Lo ha hecho de palabra y por escrito, en documentos refrendados por el Pleno de la Conferencia Episcopal, ya desde aquel de fondo sobre La Iglesia y la comunidad política, o desde el de La verdad os hará libres, hasta los últimos discursos del cardenal Presidente ante el Pleno de los obispos, y lo ha hecho cada obispo en su diócesis y cada sacerdote en su homilía. La triste realidad de alguna lamentable excepción no hace más que confirmar la regla. |
| Dicho esto, para la buena salud y gobernación de los espíritus, y para que el resplandor de la verdad no quede oscurecido por no se sabe qué turbios intereses que, antes o después, pasarán factura a la propia sociedad española, tan a merced de rentables manipulaciones, conviene precisar que la Iglesia católica es una; no varias, aquí y allá. Y somos Iglesia todos los católicos, también las víctimas del terrorismo, y sus familiares que rezan por ellas en los funerales ¿por qué se olvida algo tan elemental?; y también dicen ser Iglesia quienes, proclamándose católicos, proponen extraños boicots contra sí mismos, en un alucinante ejercicio de masoquismo suicida. Allá ellos con su conciencia. Hagan en buena hora, con su dinero, lo que su conciencia les dicte. La Iglesia que, insistimos, somos todos los bautizados siempre ha sobrevivido véase en este mismo número lo ocurrido en la ex-Unión Soviética a pesar de sus detractores de fuera, o, lo que es peor, de dentro. Desde el Evangelio, dando al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios es decir, todo, los poderes del Maligno no prevalecerán contra ella. Y es preciso señalar que una cosa son quienes dicen pertenecer a la Iglesia, sean personas o extrañas coordinadoras, y otra cosa es el pueblo santo de Dios en comunión con el Papa y sus obispos.
Si el PP y el PSOE, cuando redactaron el acertado pacto antiterrorista, pensaban en la adhesión de la jerarquía de la Iglesia que, desde mucho antes que ellos, les había dado argumentos de fondo para hacerlo, lo menos que podían haber hecho es invitarla a sentarse a la mesa del pacto. Si no lo hicieron, sin duda sería porque estaban convencidos de que la naturaleza propia de la Iglesia no es la de un partido político, ni la de un sistema político, sino que va mucho más allá, en las exigencias morales, que cualquier sistema o partido político. ¿La Iglesia interesa cuando sólo les interesa a algunos? ¿Cuándo respalda nuestra política concreta, sí, y cuando no la respalda, no? ¿Acaso se quiere retrotraer a la Iglesia a lo peor de aquel nacional-catolicismo tan denostado por algunos de los que ahora se rasgan las vestiduras, que el Concilio y el sentido común y la madurez eclesial lograron superar? ¿Nos va a tener que decir la Iglesia a quién votar, y firmar el pacto de la inmigración, y el de la justicia, y el hidrológico y el de las vacas locas? No se puede erosionar impunemente el potencial moral que a un pueblo sólo la Iglesia le puede dar. Se ha entrado en una peligrosa e insensata espiral de falsedad y de injusticia. Los intereses son comunes, pero los ámbitos y modos de actuación, distintos. ¿Se han sumado acaso el PSOE y el PP a la campaña de oración determinada por la Iglesia? El pacto partidista es magnífico, positivo, pero partidista, de dos partidos. Los obispos no sólo se adhieren a los criterios de ese pacto para eso no hace falta firmarlo explícitamente, y sentar un precedente peligrosísimo, sino que han sido históricamente los primeros en señalar esos criterios y lo siguen siendo, con más radicalidad y mayor exigencia que el propio pacto. Ante tal carnaval de irresponsabilidad como el que insensatamente circula estos días por los medios más diversos, urge poner las cosas en su sitio, devolver la fama robada y recordar que hay cosas que se sabe cómo empiezan, pero no cómo terminan; que luego se lamenta lo que ya no tiene remedio; y que, cuando alguien vulnera principios elementales, quienes pagan las consecuencias y la factura histórica no son ellos solos. Somos todos. |