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La acción se desarrolla en Madrid, 1940, pero vale igual sesenta años después...
Mariana (impaciente): Bueno; pero, imagínate, que todos los de nuestra familia fuesen normales... Clotilde: No tengo imaginación para tanto... Cuando el público, ante la réplica, magistralmente ironizada por Ana María Vidal, estalla en una carcajada irreprimible la enésima desde que comenzó la función, y sólo estamos al comienzo de esta comedia en un prólogo y dos actos, el sucederse de situaciones y de diálogos inteligentemente imprevistos ha sido tan continuo e hilarante que el espectador no puede reaccionar de otra manera. Es tan sólo un ejemplo, pero suficientemente expresivo, del chispeante, desternillante primer acto de Eloísa está debajo de un almendro, sin duda, uno de los más fascinantes logros teatrales de Enrique Jardiel Poncela. Han vuelto a acertar de lleno Gustavo Pérez Puig y Mara Recatero al elegir esta comedia para iniciar, en el Teatro Español, las justas celebraciones del primer centenario del nacimiento de Jardiel. Este 2001 hubiera cumplido cien años, y el 2002 se cumplirá medio siglo de su muerte; y ocurre con sus obras lo que sólo ocurre con las de los clásicos: que tienen validez y actualidad permanente; por eso se puede hablar, en rigor, de lo jardielesco. Burla burlando, Jardiel supo dar con ese quid, que parece tan sencillo, pero que es tan complicado, del meollo, del secreto cabría casi decir del misterio del gran guiñol de la condición humana. |
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Marqueríe, que se había leído a fondo La risa, de Bergson, para poder calar a fondo en el teatro de Jardiel, supo muy bien lo que decía al escribir que la risa jardielesca es una risa de la que, el que se ríe, ni se avergüenza ni se arrepiente después de haberse reido. No es fácil que hoy ocurra otro tanto. Y don Jacinto Benavante, que de teatro también sabía un poco, dejó escrito textualmente: En su teatro, mi querido Jardiel, hay mucho que estudiar y mucho que aprender.
Es una risa fruto de un talento y de un ingenio singular, de la originalidad más audaz, que sabe convertir la más descabellada ficción en la más burbujeante realidad. En fin, una pura catarsis, muy, pero que muy de agradecer en estos tiempos, tan mostrencos, de humoristas de nómina, que parecen estar reñidos con la gracia, y que recurren a chistes barriobajeros, cuarteleros o de burdel, tan cutres como dignos de conmiseración. Hasta el ambigú del cine con público de bombón y pralinés y la cama-tren; hasta el nombre de los perros de la comedia (Caín y Abel) es ingenioso. Y hasta el telón del No molesten. Mara Recatero ha sabido dar la adecuada réplica a este exigente ingenio con el suyo propio como directora. Sólo un impecable y nada fácil ejercicio de dirección y no sólo escénica logra, con la eficacísima ayuda y la creatividad profesional de Ana María Vidal y de Antonio Medina, mantener en vilo, después de un comienzo imposible de superar, el segundo acto en el que, como siempre, Jardiel se empeña en explicarlo todo, con pelos y señales, como en las películas de Hitchcook, o en las novelas de Agatha Christie. Todo está cuidado al máximo: escenografía y atrezzo, peinados y vestidos, música y montaje. Y, en especial, una interpretación irreprochable por parte del amplísimo reparto, pero en la que es de obligada justicia destacar a Ana María Vidal, Antonio Medina, Paloma Paso Jardiel, José Carabias, Licia Calderón y Ramiro Oliveros. ¡Buen comienzo del merecido homenaje al inmenso Jardiel, adelantado del teatro del absurdo y puntal insustituíble, con Mihura, Neville, López Rubio y Tono, de la otra generación del 27! Es de esperar que el éxito obligue al Ayuntamiento a retrasar las obras proyectadas para la Plaza de Santa Ana un rato largo... Miguel Ángel Velasco |