RetrocesoA&ONº 248/22-II-2001SumarioDesde la feContinuar
El mercader que no es de Venecia
No se puede servir a dos señores. El mercader de Venecia, de William Shakespeare, en cuidada traducción de Vicente Molina Foix, que se representa en el Teatro La Abadía, dirigido por Hansgünther Heyme, nos trae el pensamiento clásico de lo que significa el nuevo juicio de Salomón de la conciencia personal. Es la confrontación de dos universos simbólicos, el del judío y el del cristiano, la que traduce las realidades de una sociedad mercantil emergente, el espíritu de un incipiente capitalismo para los discípulos de Max Weber, con la representación de los falsos dilemas del honor y de la amistad en torno al necesario y maldito dinero. Al final, la conciencia social, en el dictamen del juez justo, rmanifestación de la misericordia encarnada en una ley natural, hace que queden ratificados los presupuestos de una conciencia recta, y que se nos recuerde, una vez más, que no se puede servir a Dios y al dinero. El resto de polémicas que puedan plantearse en la reposición de esta obra quedan subordinadas a una comprensión más exacta de la original intención del autor, en su circunstancia histórica. Ahora bien, la explosión simbólica con que cuenta esta adaptación, fundamentalmente en lo referido a la dramaturgia, dirección y vestuario ahoga el texto. Se podría decir, una vez más, que el texto sustraído de un contexto ornamental con la elección de estéticas de dudosa legitimación, la homosexual, por ejemplo, acaba con varios de los valores intrínsecos del siempre antiguo y nuevo mercader de Venecia. Un ejemplo concreto, el agua, materia sacramental de regeneración del cuerpo y del espíritu, es capaz de inundar muchas de las escenas y muchas de las acciones de un escenario mediatizado por la potencia visual de símbolos que ya no simbolizan.

José Francisco Serrano