|
|
Jesús es un buen pedagogo y un excelente educador. El pasaje evangélico de este domingo desea mostrar a los discípulos cuáles son las cualidades o actitudes que debemos cultivar. Y lo hace con varios ejemplos, muy sugerentes. Lo primero, para darnos a entender que el discípulo no es más que el maestro y que nadie da lo que no tiene, nos recuerda que un ciego no puede guiar a otro ciego porque los dos tropezarán y caerán al hoyo. Importante esta primera enseñanza en nuestros días, cuando el invernadero se ha puesto de moda, símbolo de crecimiento rápido sin importar el sabor y la calidad del producto. La naturaleza no da saltos, y en la vida espiritual o de seguimiento y experiencia de Dios, tampoco.
Seguidamente, Jesús nos interpela fuertemente con las siguientes palabras: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Me recuerda la historia de un paciente que fue a visitar a su psiquiatra y, después de recetarle unos eficaces tranquilizantes, le mandó regresar al cabo de dos meses. De nuevo en la consulta, el facultativo le preguntó cómo se sentía y si realmente había observado algún cambio. A lo que el paciente respondió: Ninguno, doctor, pero he observado que los demás parecen mucho más relajados que antes. El doctor no pudo menos de sonreir y reflexionar sobre el gran desconocimiento que manifestamos de nosotros mismos. Ya lo decían los clásicos: cada uno percibe la realidad y a los demás según su propia capacidad. Un tercer dicho de Jesús en: No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Por sus frutos los conoceréis. Es una llamada a cuidar nuestro corazón, nuestro interior. A vivir desde lo positivo y desde lo que unifica. A desterrar sombras, odios y violencias. A sanar heridas que nos van minando por dentro. De nuevo tenemos que recordar que es una gracia o don que el Espíritu concede cuando se pide de verdad. ¡Qué sabio es el Maestro! Con las urgencias que hoy nos señala sale al paso de un defecto que, a medida que avanzan los años, se agranda: la hipocresía, el desencanto, la tibieza, la doble vida. Que el Espíritu nos conserve la frescura y transparencia de quien se sabe siempre aprendiz y siempre en camino, ligero de equipaje. Suelo repetir que en la vida hay que ir con ojos de buho, para ver incluso en la noche, con corazón de niño para admirarnos de todo, manos de madre llenas de ternura, y pies de peregrino. Raúl Berzosa Martínez |