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La Iglesia católica valora altamente las instituciones, ritos litúrgicos, tradiciones eclesiásticas y modo de vida cristiana de las Iglesias orientales. Son insignes éstas por una venerable antigüedad que nos transmite por medio de los Padres la tradición apostólica, parte constitutiva del patrimonio indiviso de la Iglesia universal revelado por Dios. Este santo y ecuménico Sínodo, solícito por las Iglesias orientales, testimonios vivos de esta tradición, desea que florezcan y desempeñen con renovado vigor apostólico la función que les ha sido encomendada. La Iglesia santa y católica consta de fieles que se unen orgánicamente en el Espíritu Santo por la misma fe, los mismos sacramentos y el mismo gobierno. Estos fieles se agrupan en varias colectividades, unidas por la Jerarquía, que constituyen las Iglesias particulares o ritos. Entre ellas rige una admirable comunión, y así, la variedad en la Iglesia, lejos de ir contra su unidad, la manifiesta mejor. Es deseo de la Iglesia católica que las tradiciones de cada Iglesia particular o rito se conserven y mantengan íntegras, y quiere igualmente adaptar su propia forma de vida a las diferentes circunstancias de tiempo y lugar.
Estas Iglesias particulares de Oriente y de Occidente, aunque en parte difieran entre sí en los ritos: en la liturgia, disciplina eclesiástica y patrimonio espiritual, sin embargo están encomendadas por igual al gobierno pastoral del Romano Pontífice, que por institución divina sucede a san Pedro en el primado sobre la Iglesia universal. Gozan, por tanto, de igual dignidad: ninguna de ellas aventaja a las demás por razón del rito, y todas disfrutan de los mismos derechos y están sujetas a las mismas obligaciones, incluso en lo referente a la predicación del Evangelio por todo el mundo, bajo la dirección del Romano Pontífice. Decreto Orientalium Ecclesiarum, 1-3 |