RetrocesoA&ONº 248/22-II-2001SumarioEn portadaContinuar
¿Qué significaría una visita del Papa a Moscú?
El encuentro entre Oriente y Occidente
Alfa y Omega, desde Moscú

Como ha recordado precisamente en estos días el Patriarca Alexis II, en una entrevista concedida al diario ruso Hoy, es necesario que los cristianos se unan, superando con sentido común todos los motivos de desacuerdo, para hacer frente al ataque cada vez más extenso de las varias sectas totalitarias, que aprovechan las dificultades de las personas sencillas para alejarlas de la fe en Cristo. Está claro que un encuentro al máximo nivel entre el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú sería un signo potente de esta unidad, y el mismo Patriarca demuestra ser consciente, deseando que las incompresiones con Roma se superen antes o después.

En realidad, son muchos los que en Rusia comparten los deseos del Patriarca, incluso a altos niveles del Gobierno y de la oficialidad. Hay en tal espera un elemento simbólico que hunde sus raíces mucho más a fondo que las problemáticas actuales, y se remonta a antes incluso de la Revolución, como testimonia en sus proféticas visiones el gran filósofo ruso Vladimir Soloviev, que veía en la unión entre el cristianismo ruso y el occidental la única vía para defender eficazmente la fe cristiana de los ataques del príncipe de este mundo, que Soloviev identificaba en una forma de poder mundial inspirado en un humanitarismo hipócrita, bastante similar al que se está instaurando cada vez más en estos tiempos de globalización. También la famosa afirmación del cristianismo que debe respirar con dos pulmones, el oriental y el occidental, tantas veces citada por el mismo Juan Pablo II, se debe atribuir al gran pensador ruso Vjaceslav Ivanov. Rusia cultiva, en realidad, una conciencia aguda del propio papel mesiánico en la historia del cristianismo, papel que podría ser exaltado sólo por la autorizada confirmación del Patriarca de Occidente.

La Rusia de hoy, por otra parte, está reconstruyendo fatigosamente su propia dignidad espiritual, tan brutalmente pisoteada por casi un siglo de dictadura atea y de persecución de la Iglesia. Es ésta la causa de los muchos recelos que la misma Iglesia ortodoxa manifiesta respecto a la penetración de usos y costumbres de Occidente, incluidas las tradiciones religiosas, y que han impedido hasta ahora el esclarecimiento también con la Iglesia católica y la realización de la visita del Papa. Sólo el tiempo podrá sanar las muchas heridas del siglo XX, que a menudo han hecho sangrar nuevamente antiguas cicatrices, como en el caso de los conflictos religiosos en Ucrania, tierra originaria de la ortodoxia rusa. Quizá precisamente el viaje de Juan Pablo II a esta tierra, el próximo junio, que hoy suscita fuerte perplejidad entre los ortodoxos, podrá ayudar a superar algunas de estas diferencias, ofreciendo un testimonio de amor sincero a la unidad de los cristianos.

La gran personalidad de Juan Pablo II, en todo caso, no puede quedar encerrada en el ámbito angosto de las disputas de campanario: muchos rusos, sobre todo los jóvenes, esperan con curiosidad, o mejor con entusiasmo, la posibilidad de ver y escuchar al líder espiritual más grande del mundo contemporáneo, el verdadero heraldo de la nueva evangelización. Tras la desolación del largo invierno ateo, hay, de hecho, un gran deseo de encontrar nuevas fuentes de inspiración para un renacimiento espiritual verdadero y un descubrimiento del mensaje de Jesucristo. Muchos tienen, además, un sincero respeto a la tradición cristiana de Occidente, que pertenece en una cierta medida también a la historia misma del pueblo ruso, por no hablar del orgullo de un pueblo tan importante, que ocupa un territorio equivalente a la sexta parte de la tierra firme, y que quiere ser protagonista en la construcción de una sociedad internacional más justa y menos esclava de las dictaduras de los mercados financieros y de los poderes fuertes. Tal motivación política de una visita del Papa a Rusia no escapa tampoco a la atención del Presidente Putin, deseoso de devolver a Rusia a los esplendores de su historia y que, curiosamente, acaba de visitar Ucrania estos días.

Stefano Caprio