RetrocesoA&ONº 248/22-II-2001SumarioEn portadaContinuar
Ucrania, ¿antesala de Moscú?
Ucrania espera a Juan PabloII
La visita del Santo Padre a Ucrania, del 21 al 24 de junio de 2001, parece más necesaria que
nunca para resolver diversas cuestiones y, sin duda, repercutirá en el ahora estancado diálogo
católico-ortodoxo. Ucrania, cuna histórica del cristianismo de Rusia, celebra el nombramiento de los
dos cardenales ucranianos, uno para los orientales y otro para los latinos. Muchos ven en este
viaje a Ucrania, el paso previo a la deseada visita de Juan Pablo II a Moscú, soñada desde hace tantos años…
Benjamín R. Manzanares

Se trata del tercer viaje del Santo Padre a un país de mayoría ortodoxa, y el primero a un país ortodoxo dependiente del Patriarcado moscovita. A pesar de que la visita de Juan Pablo II haya provocado reacciones en contra por parte de algunos ortodoxos, es más necesaria que nunca para resolver contenciosos antiguos y nuevos, y para estimular a los fieles en la obra de re-evangelización de la sociedad.

Los católicos de rito oriental —o uniatas— presentes en la parte occidental de Ucrania están unidos a Roma. Como en la mayoría de los países del antiguo bloque del Este, sólo un milagro ha logrado que medio siglo de comunismo en Ucrania no haya conseguido asfixiar al cristianismo, y que, a pesar de generaciones formadas en escuelas comunistas, no se haya perdido la fe.

La visita a Ucrania es un paso clave en el diálogo católico-ortodoxo. La Iglesia católica no entiende la pretensión ortodoxa de considerar anormal el estatuto eclesial de la Iglesia greco-católica. Ésta es la principal dificultad para el acercamiento entre la Santa Sede y el Patriarcado ortodoxo de Moscú. Aunque el Patriarca ruso Alexis II acusa a los greco-católicos de perseguir a los ortodoxos en Ucrania occidental, el recien nombrado cardenal y obispo auxiliar del arzobispo Mayor católico-oriental de Lvov, monseñor Husar, considera que no deja de ser natural que la gente regrese a sus orígenes. Tras la caída del telón de acero la Iglesia ruso-ortodoxa sufrió un grave revés, ya que, de pronto, más de mil parroquias volvieron a ser greco-católicas.

El diálogo católico-ortodoxo está estancado. La última reunión oficial de la comisión mixta, que tuvo lugar en Baltimore, resultó un fracaso.

Ucrania es considerada la cuna histórica del cristianismo de la antigua Rus. Este país está ligado estrechamente a Rusia; los acontecimientos ucranianos tienen notable influencia tanto en la vida interna de la Ortodoxia como en las relaciones ecuménicas, a causa también de la disputa sobre las diócesis y parroquias de la zona de Lvov, que ve alineados en frentes contrapuestos desde hace más de cuatro siglos a ortodoxos, católico-orientales y católico-latinos.

Respecto a la restitución de templos o edificios eclesiales, monseñor Husar señala: Hemos recuperado muchos, sobre todo allí donda la comunidad entera optó por nuestra Iglesia. A partir de 1989, y a raíz de la visita de Gorbachov al Papa, las parroquias católico-orientales obtuvieron permiso para registrarse oficialmente. Más de mil pueblos decidieron unánimemente regresar a la Iglesia católica. Otras comunidades se dividieron. Una parte quería permanecer ortodoxa y la otra se registró como greco-católica. En estos lugares a veces sólo hay un edificio y dos comunidades diferentes que lo necesitan. En ocasiones hay acuerdo pacífico; en otras, se provocan conflictos bastantes graves, aunque ya no se dan situaciones extremas.

Los católicos, tanto orientales como latinos, han celebrado el reciente nombramiento de dos cardenales —ambos arzobispos de la misma ciudad, Lvov, uno latino y otro greco-católico. La decisión de Juan Pablo II es un ejemplo de sabiduría histórica: esperó la elección del arzobispo greco-católico, antes de hacer público el nombre del cardenal in pectore (el arzobispo latino), para no herir de ningún modo las respectivas susceptibilidades. Las personalidades llamadas al Colegio cardenalicio están más allá de toda polémica: el cardenal Jaworsky, compañero de estudios y amigo de juventud del Papa, es uno de los grandes héroes de la resistencia al furor del ateísmo militante; y el cardenal uniata, monseñor Lubomyr Husar, desde hacía muchos años hermano en el episcopado, fue estrecho colaborador del cardenal Lubachivsky, que desde el extranjero guiaba la diáspora de los greco-católicos ucranianos, conservando en lo posible relaciones con la madre-patria.

LA HORA DE LA ESPERANZA

El exilio ha permitido a muchos fieles uniatas prepararse mejor al renacimiento de la Iglesia de Lvov que hoy es testigo de un florecimiento de vocaciones sacerdotales y monásticas, un clero y un episcopado mucho mejor preparado que el de la Iglesia ortodoxa, que no ha podido acceder a los institutos y estructuras del mundo libre. La Iglesia ucraniana se prepara a recibir al Papa, dando una señal de la capacidad de renacer a la fe partiendo de la unidad en Cristo y en sus apóstoles, a pesar de las mil polémicas del pasado y del presente.

El pasado 8 de diciembre, el cardenal Roger Etchegaray, que asistió en Moscú al congreso Juan XXIII y el ecumenismo, se encontró, a puerta cerrada, con el Patriarca ortodoxo Alexis II. Sin duda alguna se hablo de la visita del Papa a Ucrania, que es vista con aprensión por parte del Patriarcado. Tradicionalmente éste ha sido muy severo en materia de ecumenismo. Esto se complica aún más al mezclarse el problema religioso con el nacionalismo. Por una parte, existe un sentimiento antirruso, y, por otra, en Ucrania hay dos escisiones ortodoxas en competición con el Patriarcado de Moscú. Éste teme perder su fundamental jurisdicción sobre Ucrania, donde están más de la mitad de las parroquias del Patriarcado de Moscú. Además, más del 20 por ciento de los obispos son ucranianos. Con las cosas así, y con un Sínodo de la Iglesia rusa que considera Ucrania asunto de supervivencia, el Patriarcado de Moscú acusa a los greco-católicos de ser los primeros en abrazar el nacionalismo ucraniano antirruso, influenciando así a las Iglesias ortodoxas cismáticas. Para el obispo auxiliar de Lvov, entre los retos actuales, está la preparación de los candidatos al sacerdocio, y en el caso de los laicos, la formación en la fe. Debemos armar a la gente de valores cristianos, transmitirles lo que significa la dignidad humana, la justicia, la confianza, etc…

El pasado 1 de diciembre, Juan Pablo II dijo, en su discurso a los obispos de la Iglesia católica de rito bizantino-ucraniano: Vuestro proyecto pastoral deberá privilegiar ese espíritu de paz y fraternidad cristiana que ha de caracterizar a todo creyente en Jesucristo. Conforme al común legado de diez siglos y a la inspiración de vuestros obispos, que quisieron la unión con Roma, estáis llamados a vivir un impulso de desarrollo y generosidad que se ponga también al servicio de los hermanos ortodoxos, con vistas a la recomposición de la plena comunión conforme a la voluntad de Jesucristo; junto con sus pastores buscaréis nuevos caminos de testimonio común evitando las contraposiciones estériles, conscientes de que el Padre llama a todos a la caridad para que el mundo crea. Con la vitalidad arrolladora que le caracteriza, añadió: Espero estar pronto en tierra ucraniana para anunciar, junto con todos los cristianos, el deseo común de hallar en Cristo la respuesta a las inquietudes del hombre y la única luz auténtica que no se apaga.

Los cuatro obispos católicos residentes en la Federación Rusa realizaron la visita ad limina Apostolorum del 4 al 10 de febrero. Las cuatro Administraciones Apostólicas en las que está dividido este vasto país son: la Administración Apostólica de la Rusia europea septentrional, con sede en Moscú, la de la europea meridional, en Saratov, la de Siberia occidental, en Novosibirsk, y la de Siberia oriental y el Extremo Oriente, con sede en Irkutsk. Hoy día, Rusia cuenta con cerca de medio millón de católicos de rito latino, aunque las estadísticas, que calculan los porcentajes según la proveniencia étnica de la población, presentan como cifra probable el 1 por ciento de católicos, es decir, cerca de un millón y medio. La mayoría de la población, alrededor del 60 por ciento, profesa la religión cristiana ortodoxa, con asistencia dominical a la iglesia del 5-6 por ciento.

Las diversas comunidades protestantes (baptistas, pentecostales, luteranos, adventistas y otras) alcanzan el 2-3 por ciento, frente al 15 por ciento de musulmanes, 2 millones de budistas y un millón de hebreos. Son muy activas las sectas de relevancia mundial.

Los católicos han conseguido, en estos años, reabrir cerca de 190 parroquias. Más de 200 sacerdotes trabajan en las 4 Administraciones, la gran mayoría extranjeros, con prevalencia de polacos (lo que corresponde al origen polaco de muchos católicos rusos). Entre las Congregaciones y Órdenes religiosas destacan por número y energía misionera los salesianos, franciscanos, jesuitas y misioneros del Verbo Divino. Hay también varios misioneros de movimientos eclesiales, como focolares, neocatecumenales, Comunión y Liberación, etc…

La mayoría de las parroquias no tienen estructuras, ni siquiera edificios para el culto, que con frecuencia han sido destruídos o confiscados. Las autoridades no favorecen la actividad religiosa de las comunidades más débiles, privilegiando claramente a la Ortodoxia. Los obispos rusos se ven obligados a dirigirse a asociaciones de ayuda fraterna, o a las Conferencias Episcopales de países católicos, para abrir o mantener sus estructuras.

Las relaciones con todas las otras confesiones cristianas son óptimas, excepto con los ortodoxos, quienes se han ido aislando cada vez más de cualquier forma de diálogo ecuménico. La ley sobre la libertad religiosa de 1997 concede un claro privilegio a la Ortodoxia.

UN FIRME RENACER

Juan Pablo II se ha encontrado con obispos y sacerdotes de Rusia, Armenia, Georgia, Azerbaiyán, Tayikistán, Kirguizistán, Turkmenistán, Mongolia y Uzbekistán, nueve países surgidos de la Unión Soviética, unidos por el largo y doloroso monopolio político del marxismo militante. Después de haber escuchado, en diálogos personales, los problemas e inquietudes de los pastores de esas Iglesias, el Papa quiso dirigirles unas reflexiones en tres mensajes para cada una de las tres Conferencias Episcopales que conforman la región: la del Cáucaso, la de Asia Central y la de Rusia. El mensaje más amplio es el dirigido a monseñor Tadeusz Kondruszewicz, obispo católico de Moscú, y a los otros tres Administradores Apostólicos de la Federación Rusa.

El Papa no se queda en la constatación de los dramáticos efectos del ateísmo militante, sino que menciona también los esfuerzos de la Iglesia local, que ha tenido que traducir, por ejemplo, toda la liturgia, el catecismo, y el magisterio papal, acercando así por primera vez desde hace décadas a los hombres y mujeres rusos la enseñanza de la Iglesia católica. Tras haber perdido prácticamente a todos sus sacerdotes rusos, la Iglesia tiene ahora entre sus prioridades la formación de un clero nacido en Rusia (el renacimiento católico en estas tierras se debe sobre todo a misioneros extranjeros), capaz de comprender en profundidad la mentalidad y la herencia del gran pueblo al que pertenecen.

La otra gran prioridad propuesta por Juan Pablo II a los obispos católicos rusos es la ayuda a la familia, destrozada en ese país por la desolación espiritual y moral dejada en herencia por el siglo que acaba de transcurrir. Les exhortó: Abrid a las familias los tesoros de la misericordia divina y partid para ellas el pan de la verdad de Cristo. Ésta es la gran acción apostólica que estáis llamados a llevar adelante con aquellos que Dios ha puesto a vuestro lado: sacerdotes, personas consagradas y laicos colaboradores.

El Papa no dejó de mencionar el diálogo con la Iglesia ortodoxa rusa. Recomendó a los obispos entablar un diálogo respetuoso y paciente. Por ello —añadió—, buscad aquello que favorece una comprensión recíproca y, cuando sea posible, la colaboración. Como regla concreta de diálogo ecuménico les dejó la fórmula acuñada por Juan XXIII, quien solía repetir: Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Se dirigió también a las Iglesias del Cáucaso, y a las pequeñas pero prometedoras comunidades de Asia Central, donde los cristianos son una exigua minoría, en sociedades islámicas. A esas comunidades les afirmó que ha llegado la hora de la esperanza. Tras el período de la persecución y del martirio, para estas jóvenes Iglesias comienza una tímida primavera. Eso sí, el obispo de Roma reivindicó para estos cristianos un reconocimiento jurídico que respete su libertad.

El año 2001 tiene que dar un impulso decisivo al camino hacia la unidad de los cristianos separados. Así lo deseó el pasado 25 de enero Juan Pablo II, al presidir una celebración ecuménica de la Palabra en la que participaron representantes de todas las Iglesias y comunidades cristianas, entre ellos delegados de las Iglesias ortodoxas de Constantinopla, Moscú o Grecia. La ceremonia en la basílica romana de San Pablo Extramuros se convirtió en el broche de oro de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que ha interpelado a los casi dos mil millones de bautizados del planeta.

Entre los grandes momentos ecuménicos, que Juan Pablo II promoverá en este año, destacó ante todo la celebración en las mismas fechas por razones de calendario de la Resurrección de Cristo. Una coincidencia, añadió, que debería animarnos a llegar a un acuerdo para celebrar esta fiesta en una fecha común.

El Papa afirmó que con las peregrinaciones de este año —hasta ahora—, al menos a dos países con importantes comunidades cristianas que no son católicas, Ucrania y Siria, busca contribuir a la reconciliación y a la paz entre los cristianos. Una vez más —añadió—, me echaré como peregrino a los caminos del mundo para testimoniar a Cristo "Camino, Verdad y Vida".