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Yendo hacia el campo, observaba un olmo y una vid; discurriendo sobre ellos y sus frutos, se me apareció el Pastor y me dice: ¿Qué andas indagando acerca del olmo y la vid? Pienso que se acomodan muy bien entre sí, le dije. Los dos están puestos como ejemplo para los siervos de Dios. La vid da fruto, y el olmo es infructuoso. Pero si la vid no se entrelaza con el olmo, no puede dar mucho fruto, pues se queda tirada por el suelo, y aun el que da, lo da podrido, por no estar colgada del olmo. Si la vid se entrelaza con el olmo, da fruto por sí y por el olmo. Ya ves que el olmo da fruto, no menos que la vid, incluso más. Señor, ¿cómo es eso? Escucha. El rico tiene muchos bienes, pero ante el Señor es un mendigo, pues anda ocupado en su riqueza y se ocupa muy poco de la confesión y de la oración al Señor; la oración que hace es pequeña, débil y sin fuerza para subir a lo alto. Ahora bien, cuando el rico se entrelaza con el pobre y le suministra lo que necesita, persuadido de que lo que hace por el pobre tendrá su recompensa ante Dios, porque el pobre es rico en la oración y en la confesión, y su oración tiene un gran poder ante Dios, el rico le procura todo al pobre sin vacilar. Y el pobre ayudado por el rico intercede por éste, dando gracias a Dios por aquel que le dio. Así, ambos cumplen su obra. A los ojos de los hombres, el olmo parece no dar fruto. No comprenden que, cuando hay sequía, el olmo que tiene agua mantiene a la vid, y la vid, al tener agua sin falta, da doble fruto, por sí y por el olmo. Así también los pobres, al interceder por los ricos ante el Señor, colman la riqueza de éstos, y, a su vez, los ricos, al dar a los pobres lo necesario, colman las almas de éstos. Por tanto, los dos participan en la obra justa. El que haga esto no será abandonado por Dios, sino que será inscrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que poseen y comprenden que han recibido la riqueza de Dios. Pues el que comprende esto podrá hacer un buen servicio con ella. El Pastor, de Hermas (s. II) |