RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioDesde la feContinuar
Banderines de enganche

En los últimos años hemos conocido en las filas de nuestras Fuerzas Armadas a soldados procedentes de la recluta con carácter obligatorio, soldados voluntarios para un servicio temporal algo más duradero y soldados profesionales, o al menos con voluntad de profesionalizarse de por vida. A partir del año que viene todos los soldados aspirarán a tener esa última condición.

Lo que hace posible un Ejército profesional —entiéndase también una Armada y un Ejército del Aire— no es la composición de los cuadros de mando, desde hace siglos profesionalizados de hecho, es la realidad de unas Fuerzas Armadas donde nadie sirva como consecuencia de una forzosidad impuesta por la ley. En definitiva, unas Fuerzas Armadas a las que se accede en virtud de un acto plenamente voluntario.

Las preferencias respecto al aspirante para figurar en las listas de un Ejército profesional son nítidas. Lo deseable es que todos los soldados y los marineros sean jóvenes de nacionalidad española, atraídos por el estilo militar de vida y debidamente estimulados por una retribución económica y una perspectiva de carrera, es decir, de unos ascensos por las escalas profesionales.

Ahora bien, esta nítida preferencia por el joven, hombre o mujer, de nacionalidad española no quiere decir que las cifras anuales de incorporación voluntaria sean suficientes para cubrir las necesidades estimadas. Más bien parece, en las actuales circunstancias de opinión pública y de sensibilidad hacia los problemas de la defensa, que están por debajo de ellas. Y es aquí donde irrumpe la posibilidad de un complemento, que naturalmente nos llega desde los sectores sociales del entorno donde es viable esta voluntariedad para servir en las filas de nuestras Fuerzas Armadas.

Y resulta que los incentivos para esta complementariedad están íntimamente relacionados con el atractivo inmigratorio que se une al deseo de alcanzar o revalidar la nacionalidad española. Se trata de un fenómeno que no es nada nuevo. A principios del ya cerrado siglo XX, muchas naciones de Europa, donde el servicio militar era obligatorio, dispusieron de banderines de enganche para Unidades de voluntarios cuyos orígenes sociales y culturales contrastaban con los del conjunto de las Unidades de cada nación.

En definitiva, de lo que se trata —en vez de escandalizarse por estas afluencias foráneas, si es que se quiere disponer, aquí y ahora para España, de unos soldados españoles en vías de profesionalización plena— es de crear las condiciones objetivas de aprecio social al estilo militar de vida que lo hagan realmente posible. Todo ello antes de manifestar alguna forma de alegría por el hecho de que las Fuerzas Armadas tengan dificultades para disponer de la cifra adecuada de voluntarios españoles.

Miguel Alonso Baquer
General de Brigada