RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioDesde la feContinuar
Un niño judío descabellado y simpático

El asombro de Damasco, de Paso y Abati, basado en un cuento de Las mil y una noches, instala el exotismo en el Madrid teatral de 1916. Blasco Ibáñez acababa de triunfar con sus cuentos orientales. En el atrio de los felices años 20, la trovata exótica hizo furor, y el éxito fue clamoroso. A caballo entre la zarzuela, la operetta, el sainete y el ballet; años después, el maestro Luna (¡116 zarzuelas en su haber!) pone música al libro El niño judío, de Enrique García Álvarez y Antonio Paso. No es otra cosa que una divertida sarta de disparatadas aventuras que comienzan en un puesto de libros de la madrileña Cuesta de Moyano —para mi gusto extrañamente escenografiado— y acaban nada menos que en la India, con un chusco rajá de guardarropía, después de haber pasado por el mercado de la plaza pública de Alepo, en Jerusalén.

Se suceden situaciones y diálogos descabellados e inverosímiles. El despropósito se adueña de la escena y el músico de Alhama de Aragón va punteando la representación, con el beneplácito creciente del público, que no puede resistir la tentación de tararear por lo bajinis creaciones como la superfamosa Canción española que Concha (Carmen González) le canta al rajá Jamar-Jalea en la India —De España vengo...—, o la imitación jocosísima que Jenaro y Samuel (Pedro Miguel Martínez y Rafa Castejón) hacen de ¡Arza y olé!, que las Hermanas Catafalco cantaban en el Chantecler.

Con una más que aceptable coreografía se ha añadido un cuadro de ballet de la Danza del fuego, de Benamor, otra de las muchas obras de Pablo Luna, director histórico, junto con Gaztambide y Barbieri, del Teatro de la Zarzuela, que hoy ve permanentemente abarrotado de nuevo su aforo, tantas décadas después.

Excelente la dirección de escena (cerca del centenar de figurantes) a cargo de Jesús Castejón, incluidas algunas moderneces con entrada y salida por el patio de butacas, y la danza oriental con que es recibido el público, ante el vestíbulo del teatro y luego en el entreacto. Suena muy bien la Orquesta de la Comunidad de Madrid, eficaz y sabiamente dirigida por el maestro Miguel Roa. Aceptable la interpretación, y, aunque tal vez un punto exagerada, destacable la de Pedro Miguel Martínez. En suma, un espectáculo agradecido, en La Zarzuela.

M. A. V.