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Yo he visto algunos ejemplos tumbativos de la fuerza del amor a Dios y a los hombres. Y lo he visto en seres por los que muy pocos moverían un dedo en esta sociedad tan civilizada, moderna y avanzada en la que vivimos. Aunque no hace falta que me vaya lejos, no puedo dejar de citar a la hermana Marina y sus queridas e intrépidas hermanas Hijas de la Caridad de Santa Ana. Esta pequeña comunidad comenzó hace poco tiempo una maravillosa experiencia en la isla de Tai-Kam, situada en la costa de la provincia de Canton, en China. En ella vivían leprosos que habían sido desde el año 1959: fueron arrojados a la isla, abandonados. Hambrientos y sucios, sobrevivían en condiciones lastimosas. Las Hermanas, con poco más que su amor, su única inversión en el desarrollo sostenido, fueron limpiando las manos y las piernas infectadas. También renovaron poco a poco los edificios, y así han logrado transformar la isla en un centro de humanidad con bellas flores en las avenidas, donde reina la alegría y la satisfacción. Los leprosos ahora tienen posibilidad de prótesis en sus piernas, pueden andar gracias a las sillas de ruedas. Pero lo más hermoso de todo son sus caras sonrientes, un regalo de las Hermanas.
Una labor que comenzó casi en secreto, por miedo a que el Gobierno chino les impidiera trabajar. Paradójicamente, han sido los mismos chinos quienes hablan admirados del trabajo maravilloso que realizan día a día las Hermanas. ¿Quién se atreverá a negar que el poder del amor obra maravillas?
María Dolores Gamazo |