RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
¿Madres solteras?

La 2 tiene por costumbre emitir semanalmente una serie de monográficos (reportaje+película) sobre temas diversos, al estilo de La Clave difunta, pero, en vez de calzar el programa con invitados, los reportajes sustituyen a la voz de los contertulios. Recientemente se homenajeó al mundo del Jazz, se emitió un reportaje sobre Billy Holliday, espléndido, y de regalo nos vistieron la noche de gala con uno de los clásicos de Coppola, Cotton Club.

El tema tratado en la semana anterior fue el de la legalización de las parejas homosexuales y el derecho a la adopción de hijos, por aquello de pegarse a una actualidad que venía pintada de rosa. El reportaje carecía de toda brizna de objetividad, ya que se buscaba descaradamente aportar a la causa homosexual argumentos claros a partir de los sentimientos de dos lesbianas británicas, que ya habían adoptado a una niña y acababan de usar los servicios de un donante para fecundar el óvulo de una de ellas. Pero, curiosamente, el reportaje sirvió para propiciar un efecto boomerang, contrario al previsto. A medida que se iba desgranando la historia, a más de un espectador se le debió espabilar el sentido común (ese sentido que apenas permanece en vigilia cuando asiste a un discurso ideológico, pero que, de repente, se altera, cae en la cuenta de que se le está manipulando y grita: Pero, ¿qué me están contando?, esto no cuadra, aquí faltan datos, y cosas por el estilo), porque a la niña la estaban enseñando a tener dos madres, mamá tal y mamá cual, la aleccionaban sin prisas en aprenderse una lección que no puede ajustarse (por mucho que crezca el discurso) a la naturaleza. Los ojos de aquella niña buscaban ávidamente lo que cualquier ser humano busca cuando viene a este mundo: el áspero rostro del padre y el pecho de la madre. Los niños no buscan roles polivalentes, sino un papá y una mamá. Y en base a ese software natural son sujetos de un derecho de paternidad y maternidad que nadie les puede robar.

Además, la pareja de la historia no hablaba del padre sino del donante, como si de un muchacho generoso que les hubiera regalado un billete de 10.000 pesetas se tratara, o una lombriz les hubiera rozado el hombro debajo de un abeto y hubiera continuado impertérrita en dirección a su cubículo. Las chicas necesitaban que se les satisficiera una necesidad y punto. En el reportaje aparecía, en palabras del filósofo canadiense Charles Taylor, el discurso típico de la afirmación de la elección misma: esa impresión de que toda opción es igualmente valiosa solamente porque es fruto de la libre elección, y es la elección la que le confiere valor. En la decisión de las lesbianas británicas se veía el triunfo de una libertad que acababa de hundir en el barro al paquete básico de la exigencia natural. Sin embargo, existe un ámbito (el ecológico) en el que no nos es difícil enervarnos cuando asistimos al triunfo del uso de una libertad que desprecia el dato natural, es el caso de las emulsiones de gases tóxicos que envenenan la capa de ozono. Aquí coincidimos todos en afirmar que la libertad de multiplicación de turbinas y toberas infecciosas no puede jamás anticiparse a la necesidad de preservar una realidad que exige responsabilidad y que precede a cualquier uso de la libertad. Entonces, ¿por qué el discurso dominante mediático no habla con la misma claridad cuando son otros los temas en liza?

Javier Alonso Sandoica