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Es un discurso vibrante, lleno de imágenes, dirigido hoy también a nosotros, discípulos en tantas ocasiones apáticos. Contiene una serie de notas que muestran el genio del evangelista, que no se limita únicamente a narrar. Estos discípulos, al igual que los Doce, no deben marchar ante Jesús sólo para buscarle alojamiento, como los mensajeros que Él envía cuando se decide a partir para Jerusalén; su misión es también predicar el Evangelio y preparar el camino al mensaje posterior de Jesús. El Maestro quiere, pues, personas implicadas en la gran tarea del anuncio e implantación del Reino. El texto evangélico no indica a dónde envió Jesús a los discípulos, o dónde se encontraban en el momento de enviarlos, o cuál fue su actividad durante su ausencia. Este carácter conciso y esquemático, típico de tantos relatos evangélicos, quiere subrayar que la misión de estos discípulos no era otra cosa que la prolongación y la aplicación de la propia misión de Jesús. Lógicamente, las exhortaciones de Jesús a estos discípulos no se limitarían a las escuetas indicaciones que se nos han conservado en los evangelios. +Braulio Rodríguez Plaza |