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Si tuviésemos que definir la globalización, en su planteamiento más frío, diríamos que se trata de una difuminación aún mayor de las fronteras económicas que ya eran muy tenues y suaves, utilizando para ello una aceleración en los procesos económicos supranacionales, mundiales, y valiéndose de las modernas tecnologías de la información. Aparece así ante nosotros un mundo económico fascinante, por lo que tiene de interés en la posibilidad de mejorar el nivel económico del mundo como tal. Esa plena información que en otras épocas era prácticamente imposible, hoy, gracias a la tecnología, está al alcance de nuestra mano. Prácticamente podemos conocer en tiempo real lo que pasa en cualquier mercado, lo que abre grandes posibilidades a la toma de decisiones en cualquier parte del mundo y sobre cualquier parte del mundo. Favorece además la participación y los reagrupamientos transnacionales. En este sentido, la globalización abre posibilidades al mundo del tercer milenio, del siglo XXI. Pero, a su vez, plantea incógnitas importantes. En los últimos años, Juan Pablo II viene aplicando las propuestas de la doctrina social cristiana a este nuevo fenómeno. Es muy importante aclarar que la globalización es un hecho humano, como dice el Papa. Por ello, a priori afirmó recientemente en su discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, la globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente quiera que sea. De hecho, la globalización no sólo tiene una dimensión económica; la tiene también cultural y política, favorecida por los cambios tecnológicos, como ha sucedido en los nuevos medios de comunicación. |
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En este sentido, es importante distinguir entre globalización y neoliberalismo. Este sistema económico, basado en la libertad de iniciativa que, empujada por el deseo de lucro y regulada por la libre competencia, determina la producción y los precios, en ocasiones se convierte en auténtica ideología y se mueve como pez en el agua en el contexto de la globalización. Ahora bien, no es la globalización. La visión cristiana de la realidad le da a Juan Pablo II un elemento más de análisis: si nos encontramos ante un fenómeno humano, esto quiere decir que se trata de un signo de nuestro tiempo, en el que hay que descubrir los aspectos positivos, y evitar los peligros. El mismo Juan Pablo II ha ofrecido unas claves para dar un rostro humano a la globalización. Si la globalización es un hecho humano, los principios que han de orientar la ética en tiempos de la aldea global hay que buscarlos, por tanto, en la misma persona y en los principios que regulan sus interrrelaciones sociales. El Papa muestra tres principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia que fundamentan otros tan importantes como la búsqueda del bien común, con los que nos ofrece elementos irrenunciables para dar un rostro humano a la globalización: - Globalización de los derechos humanos: el primer principio que ha de regir la globalización es el valor inalienable de la persona humana, fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social. El ser humano debe ser siempre un fin y nunca un medio, un sujeto y no un objeto, ni tampoco un producto comercial. La pregunta por el respeto a la dignidad humana se podría expresar en términos muy concretos: ¿qué papel tienen los más débiles de la sociedad, sus discapacitados, sus ancianos, sus no nacidos? Se trata de construir la cultura de la vida que ha propuesto Juan Pablo II en sus casi 23 años de pontificado: una exigencia particularmente apremiante en el momento actual, en que "la cultura de la muerte" se contrapone tan fuertemente a la "cultura de la vida" y con frecuencia parece que la supera. |
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- Solidaridad, opción preferencial por los pobres: del principio fundamental del respeto a la dignidad de la persona se deriva la necesidad de globalizar la solidaridad. El principio de solidaridad, tal y como lo enuncia la doctrina social cristiana, constituye una apuesta por la opción preferencial por los pobres. Afirma que los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad, tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular la intervención de la autoridad pública. Cuando el pasado mes de abril Juan Pablo II se encontraba con el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, constataba que el aumento de la interdependencia en el mundo ha dado a estos retos (guerras, persecuciones, desastres, epidemias) una dimensión global, que requiere nuevas formas de pensamiento y nuevos tipos de cooperación internacional, para hacerles frente de manera efectiva. Se trata de entretejer de solidaridad las redes de las relaciones recíprocas entre lo económico, lo político y lo social, que los procesos de globalización en la actualidad tienden a aumentar. El gran problema de los países subdesarrollados que se quieren subir a la locomotora de la globalización es que se les ha dejado solos, se les ha aislado. Que prosperen no vendrá nunca de una lucha de clases internas, sino de una solidaridad entre clases que tienen un proyecto común. Se habla mucho de solidaridad, pero ésta sólo podrá realizarse si se entiende como una solidaridad global en la defensa de los derechos humanos, de la educación, etc... A la globalización de la economía, Juan Pablo II responde con la globalización de la solidaridad. Ésta ha sido también la conclusión a la que llegaron todas las Asambleas del Sínodo de los Obispos por continentes, que sirvieron para preparar el gran Jubileo del año 2000. - Subsidiariedad: es éste, quizás, el principio ético más revolucionario de la doctrina social cristiana para tiempos de globalización. El Papa advierte cómo, en esta aldea global, las unidades sociales más pequeñas naciones, comunidades, grupos religiosos o étnicos, familias o personas no deben ser absorbidos anónimamente por una comunidad mayor, de modo que pierdan su identidad y se usurpen sus prerrogativas. Por el contrario, hay que defender y apoyar la autonomía propia de cada clase y organización social, cada una en su esfera. En este sentido, Juan Pablo II insiste en el valor de las culturas humanas: La globalización no debe ser una nueva versión del colonialismo. |
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La integración que impulsa la globalización, según el Pontífice, para que sea realmente útil al progreso de la dignidad y de los derechos del hombre, e inclusive para su propia consolidación y permanencia, no puede prescindir de la constante búsqueda de las garantías sociales, legales y culturales..., necesarias para que las personas y los grupos intermedios mantengan su centralidad, y para no destruir las estructuras construidas con esmero; exige la adopción de nuevos estilos de trabajo, de vida y de organización de las comunidades. La importancia de este principio es tal, y su desconocimiento tan grave, que Juan Pablo II ha pedido que la opinión pública adquiera conciencia de la importancia del principio de subsidiariedad para la supervivencia de una sociedad verdaderamente democrática. LA GLOBALIZACIÓN DE LA SOLIDARIDAD
Las protestas de organizaciones que luchan contra la globalización consideradas por los sociólogos como el primer gran movimiento de contestación del siglo XXI plantean una pregunta clara: ¿es suficiente la protesta, con violencia o sin ella, para hacer que la nueva coyuntura sea más justa? El ex Presidente de la Comisión Europea, el católico y socialista Jacques Delors, comenta que rebelarse contra el actual desequilibrio internacional es sacrosanto. Pero rompiendo escaparates no se construye una alternativa. Es tiempo de propuestas. ¿Se soluciona con un palo en la mano? Eso es la globalización de la violencia. Y, curiosamente, luego dicen que son verdes, mientras dejan toda la ciudad llena de basura y de destrozos. |
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El movimiento antiglobalización que provoca grandes disturbios cada vez que hay un encuentro económico o político tan pronto está en Seattle como en Gottebörg, Barcelona, Salzburgo o Génova. Hay que reconocer que están muy bien organizados. Del movimiento antiglobalización brota una nota de irresponsabilidad. No conduce a nada. En primer lugar, no hay ninguna propuesta concreta. En segundo lugar, la globalización económicamente es buena; lo que hay que pedir es que llegue y se extienda a todos. Las protestas registradas hasta ahora todas de carácter negativo no tienen ningún rigor. Sus proclamas no encuentran evidencia en el mundo real. Ni siquiera los miembros de los movimientos están de acuerdo en poner marcha atrás al mundo. La opresión y el sentido de humillación han existido siempre. Al leer a san Juan de Ávila, se descubre cómo exigía a los reyes, gobernantes y príncipes ejemplaridad frente a la pobreza. Es la historia de siempre: de opulencia frente a miseria, de poder frente a esclavitud, y no creo que nadie hoy responsablemente pueda añorar la época de la esclavitud, del tráfico de personas, etc El oponerse frontalmente a la globalización es oponerse a la ruta de la seda en su época, o al comercio con el nuevo continente americano cuando se descubre. De la comunicación, del compartir, de intercambiar, siempre se han obtenido beneficios. Por donde quizá sí esté la solución es en apelar al corazón de los hombres, para que esos beneficios no sean absorbidos por un grupo pequeño de privilegiados. Los bienes por sí mismos tienen una función social. Frente al planteamiento de los antiglobalización Nos oponemos a que existan bienes, el planteamiento cristiano nos dice que los bienes tienen una función social. Es decir: Bienvenidos sean los bienes, pero que cumplan la función social. Los bienes están en la creación para todos. La globalización realmente tiene la misión de transformar el acumular desaforado de bienes haciendo que sean destinados a aquellos que están privados de ellos. Ése es el verdadero reto. La función de los cristianos no está ni en encadenarse a la puerta de un Organismo internacional, ni en llenar de pancartas y de papeles una ciudad; está en trabajar para la verdadera comunicación de los bienes, para aquella función social de la propiedad que ya estaba expresada en la doctrina de los Santos Padres, en las propias Sagradas Escrituras. Esa responsabilidad no se les puede dejar a los otros; cada uno puede empezar por crearse esta función social desde su propia esfera: ser yo el primero que estoy dispuesto a compartir. Don Juan José Sanz Jarque, Rector de la Universidad Católica de Ávila, describe así el fenómeno de la globalización: Se trata, en su causa, de una consecuencia natural del ser humano y de la sociedad en que se integra, esto es, del hombre en su múltiple dimensión: personal, pues cada uno es él mismo, inteligente y libre; social, necesitado siempre de vivir en relación con los demás; histórica, pues partimos y caminamos, necesariamente, sobre quienes nos han precedido; y trascendente, pues seguimos en la sociedad que nos cobija y hasta más allá de la vida temporal de cada cual. |
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SEGÚN SE USEN LOS MEDIOS Uno de los puntos decisivos, a juicio de don Juan José Sanz, en la acción globalizadora, es el hecho de haber llegado al nuevo tiempo de la información y del conocimiento. Para poner la técnica al servicio del bien común, como servicio auténtico al hombre, el Rector de Ávila precisa que se nos plantea de modo intuitivo una doble cuestión que se habrá de atender siempre con un carácter previo y prioritario: de una parte, la necesidad de extender y generalizar una cultura básica suficiente más que alfabetizar para todos los hombres y por todas partes, por razones de justicia; y de otra, la necesidad de preparar a las nuevas generaciones de jóvenes en el conocimiento y dominio de las tecnologías, a la vez que en su aplicación a todas las ciencias y artes del saber y del desarrollo de la vida empresarial y social. Por lo que se refiere a la cultura básica, matiza en quién recae la responsabilidad para su obtención: los poderes públicos y la familia, sin los cuales aumentarán progresivamente la pobreza y las desigualdades sociales en el mundo. En definitiva, si seguimos nuestro prisma de egoísmo vital, la globalización será una herramienta de opresión, de exclusión, de marginación. El mismo hecho y fenómeno globalizador, desde el desprendimiento, la generosidad y el compromiso social será sin duda una herramienta eficaz de redención de miserias y sufrimientos. En todas esas estremecedoras estadísticas de las muertes por hambre, que conviven en un mundo de opulencia, los cristianos tenemos una enorme responsabilidad, cada uno desde su lugar. Y no cabe decir que, como el problema es tan grande, no tiene solución, porque yo sí que puedo hacer algo contra ese problema. Seguramente se notará poco. Yo solo no lo voy a resolver, pero algo puedo hacer. La pregunta es qué puedo hacer, qué puede cada uno hacer en su propia esfera con más o menos influencia en la vida social. Unos quizá sólo puedan dar el 15 por ciento de su renta para solventar las miserias del mundo; pero otros pueden hacer muchas más cosas, que son incluso más importantes que la entrega de una limosna o de una aportación material, como es la aportación personal. Ahora bien, esta empresa puede parecer desproporcionada. Las dimensiones planetarias de un mundo global parecen aplastarnos. Sin embargo, el Papa presenta al cristiano una respuesta muy concreta: Para promover una cultura global de esos absolutos morales que son los derechos de la persona, es necesario que cada cristiano comience por sí mismo, esforzándose por reflejar, en cada uno de sus propios pensamientos y de sus propios actos, la imagen de Cristo. Pues, como el mismo Pontífice recuerda, el mundo se cambia con la santidad. |