RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioEn portadaContinuar
La ONU y la globalización
El autor de este artículo es profesor emérito de la Universidad de Lovaina, miembro de la Academia
Pontificia de Ciencias Sociales y consultor del Consejo Pontificio para la Familia

Los términos mundialización y globalización se utilizan indistintamente para indicar que, a escala mundial, los intercambios se multiplicaron rápidamente, gracias a sistemas de comunicación cada vez más rápidos y eficaces; algo evidente en los sectores científicos, técnicos y culturales. Evocan la interdependencia de las sociedades humanas. Una crisis económica en los EE.UU., decisiones de la OPEP sobre el precio del petróleo, las tensiones entre palestinos e israelíes... tienen repercusiones de carácter mundial. Nos vemos comprometidos, interpelados e incluso afectados por catástrofes que pasan lejos de nosotros, sentimos nuestra responsabilidad frente al hambre y la enfermedad en todo el mundo. Adquirimos así una aguda conciencia de que pertenecemos a la comunidad humana.

La ONU aprovecha la percepción favorable a la actual concepción de la globalización para someter esa palabra a una alteración semántica: es reinterpretada a la luz de una nueva visión del mundo y del lugar del hombre en el mundo. Esta nueva visión se denomina holismo. Esta palabra, de origen griego, significa que el mundo constituye un todo, dotado de más realidad y más valor que las partes que lo componen. La ONU está preparando un importante documento sistematizando esa interpretación holística de la globalización. Se trata de la Carta de la tierra, cuya redacción se encuentra en la fase final. Dicho documento sería invocado no sólo para superar a la Declaración universal de los derechos del hombre de 1948, sino incluso, según algunos, para reemplazar nada menos que al propio Decálogo.

Para consolidar dicha visión holística del globalismo, deben ser superados algunos obstáculos y elaborados ciertos instrumentos. Las religiones en general, y en primer lugar la religión católica, figuran entre los obstáculos que se deben neutralizar. Con ese objetivo se organizó, dentro del marco de las celebraciones del milenio en septiembre de 2000, la Cumbre de líderes espirituales y religiosos. Se busca lanzar la Iniciativa unida de las religiones, que tiene entre sus objetivos velar por la salud de la tierra y de todos los seres vivos. Fuertemente influenciado por la New age, dicho proyecto apunta a la creación de una nueva religión mundial única, lo que implicaría inmediatamente la prohibición a todas las otras religiones de hacer proselitismo. Según la ONU, la globalización no debe afectar sólo a las esferas de la política, de la economía, del Derecho; debe afectar al alma global. Representando a la Santa Sede, el cardenal Arinzé, obviamente, no aceptó firmar el documento final, que colocaba a todas las religiones en un mismo pie de igualdad .

EL PACTO MUNDIAL


Entre los numerosos instrumentos elaborados por la ONU respecto de la globalización, merece ser mencionado el Pacto mundial, que suscita grandes interrogantes: ¿podremos contar con las grandes compañías mundiales para resolver los problemas que ellas hubieran podido contribuir a resolver hace mucho tiempo si lo hubiesen deseado? ¿La multiplicación de los intercambios económicos internacionales justifica la instauración progresiva de una autoridad centralizada, llamada a regir la actividad económica mundial?

En la medida en que la ONU, influenciada por la New age, desarrolla una visión materialista, estrictamente evolucionista del hombre, desactiva la concepción realista que está subyacente en la Declaración universal de los derechos del hombre de 1948. Según esta visión materialista, el hombre, pura materia, es definitivamente incapaz de descubrir la verdad sobre sí mismo o sobre el sentido de su vida. De esta forma es reducido al agnosticismo de principio, al escepticismo y al relativismo moral.

Los nuevos derechos del hombre, según la ONU actual, surgirán a partir de procedimientos consensuales, que pueden ser reactivados indefinidamente. No son ya la expresión de una verdad inherente al hombre; son la expresión de la voluntad de aquellos que deciden. Este consenso, una vez adquirido, es invocado para hacer que se adopten convenciones internacionales que adquieren fuerza de ley en los Estados que las ratifican.

Estamos, pues, frente a un proyecto gigantesco, que ambiciona realizar la utopía de Kelsen, con el objeto de legitimar y montar un Gobierno mundial único, en el que las agencias de la ONU se transformarían en ministerios. Urge —nos aseguran— crear un nuevo orden mundial, político y legal, y es preciso apresurarse a encontrar los fondos para ejecutar el proyecto.

Dicha gobernación mundial ya fue desarrollada en el informe del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el desarrollo) de 1994. El texto, escrito a petición del PNUD por Jean Tinbergen, Premio Nobel de Economía (1969), evidencia ser un documento hecho por y para la ONU: Los problemas de la Humanidad no pueden ser ya resueltos por los Gobiernos nacionales. Necesitamos un Gobierno mundial.

EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIEDAD


El Derecho internacional positivo es el instrumento utilizado por la ONU para organizar la sociedad mundial global. Bajo el disfraz de la globalización, la ONU organiza en su beneficio la gobernación mundial. Bajo el disfraz de responsabilidad compartida, invita a los Estados a limitar su justa soberanía. La ONU globaliza presentándose cada vez más como un super-Estado mundial. Tiende a gobernar todas las dimensiones de la vida, del pensamiento y de las actividades humanas, ejerciendo un control cada vez más centralizado de la información, del conocimiento y de las técnicas; de la alimentación, de la salud y de las poblaciones; de los recursos del suelo y del subsuelo; del comercio mundial y de las organizaciones sindicales; en fin, y sobre todo, de la política y del Derecho. Exaltando el culto neopagano a la Madre-Tierra, priva al hombre del lugar central que le reconocen las grandes tradiciones filosóficas, jurídicas, políticas y religiosas.

Ante esta globalización construida sobre cimientos de arena, es preciso reafirmar la necesidad y la urgencia de fundar la sociedad internacional en el reconocimiento de la igual dignidad de todos los hombres. El sistema jurídico que predomina en la ONU torna dicho reconocimiento estrictamente imposible, pues hace que el Derecho y los derechos del hombre surjan de determinaciones voluntarias. Es preciso, por tanto, reafirmar la primacía del principio de subsidiariedad, tal como debe ser correctamente comprendido. Esto significa que las Organizaciones internacionales no pueden expoliar a los Estados, ni a los cuerpos intermedios, ni en particular a la familia, de sus competencias naturales y de sus derechos, sino que, al contrario, deben ayudarles a ejercerlos.

La Iglesia no puede dejar de oponerse a dicha globalización, que implica una concentración de poder que exhala totalitarismo. Delante de una globalización imposible, que la ONU se esmera en imponer alegando un consenso siempre precario, la Iglesia debe aparecer, semejante a Cristo, como señal de división. No puede endosar ni una unidad, ni una universalidad que estuvieren por encima de las voluntades subjetivas de los individuos, o impuestas por alguna instancia pública o privada. Frente al surgimiento de un nuevo Leviatán, no podemos permanecer callados, ni inactivos, ni indiferentes.

Michael Schooyans