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B. R. M.
Qué ha supuesto su nombramiento como miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales?
Algo inimaginable. Sinceramente, mi interés por la doctrina social de la Iglesia es claro desde hace muchos años. Llevo 20 años como Presidente de las Semanas Sociales, y desde antes incluso vengo trabajando en doctrina social con mucho interés; pero de ahí a pensar que, en algún momento, se me podría llamar a formar parte de una Academia en la que, en estos momentos, hay unos 30 miembros de todo el mundo y de la que nunca un español ha formado parte, pues me resultaba tan lejano que me ha producido una enorme emoción. Y ahora surge la duda sobre si seré capaz de desarrollar las tareas que me encomienden, al nivel que la Academia espera. He mirado el elenco de personas que la forman y hay, desde un Premio Nobel de Economía (Arrow, de la Universidad de Stanford), personas del relieve de la economía real, práctica, como puede ser el que fue Presidente del Deutsche Bundesbank, Tietmeyer, hasta políticos de la talla del que fue Presidente de Colombia, Belisario Betancourt, etc ; es un elenco de personalidades que, con toda honradez, no sé qué voy a hacer entre ellos. Pido a Dios estar a la altura de las circunstancias. |
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¿Por qué suele comparar la globalización actual con una locomotora?
He dicho alguna vez que la globalización es un proceso como una locomotora: es capaz de poner en marcha, de arrastrar y de empujar los procesos económicos a velocidades que eran inconcebibles hasta ahora; pero el problema surge con aquellos que no tienen la oportunidad de subirse a la locomotora. Aquellos países que están marginados de este mundo de la información, de las tecnologías, se quedarán a pie, sin locomotora. Si simplemente dejamos que sean las fuerzas económicas de la globalización las que impongan el ritmo, esos países quedarán simplemente excluídos del mundo moderno, del mundo del futuro. Todo el tercer mundo, e incluso algunos países de los llamados países en vías de desarrollo, tendrán que hacer esfuerzos importantes.
Precisamente el reto de la globalización es cómo tender la mano, pero no entendido sólo en clave de limosneo. La cuestión es cómo tender la mano para subirles a la locomotora, cómo transmitir conocimiento, horizonte, esperanza, y cómo integrar esas necesidades en un mundo de opulencia, en el cual lo más cómodo es desconocer que existe necesidad. Éste es el gran reto de la globalización. Es más que globalización económica. Ya la Iglesia habló de solidaridad internacional. Creo que ahora hay que hablar de una solidaridad que traspase fronteras, en la cual hagamos nuestros los problemas de los que más sufren, la marginación, la exclusión en general. Éste es el gran tema de la globalización. |
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¿PARA TODOS?
¿Es la globalización un síntoma de la homogeneización en la que vivimos, o ve en ella efectos positivos? Los efectos positivos, sin duda, existen. De hecho, en la historia de la actividad económica, siempre que hemos ampliado los mercados y las fronteras, se han derivado beneficios y ventajas, se ha ganado en condiciones económicas. La pregunta es: ¿para todos? Ahí es donde está la dificultad de la respuesta. Sin duda, como consecuencia de la ampliación de las fronteras, se ha generado más riqueza y más rentas. El problema es que, quizá, esa mayor generación de renta se concentra en menos manos, no se distribuye entre todos los que están en el mundo económico, y ahí es de donde puede deducirse el inconveniente de la globalización. Es decir, la locomotora se pone en marcha. Todo el que se suba a la locomotora, sin duda, saldrá beneficiado, de la velocidad, de la comodidad, etc El problema es que el que no lo haga se queda sin medio de transporte. Cuando el transporte era el de la carreta, había menos gente fuera de las posibilidades de transporte que ahora, que el transporte es supersónico. A éste accede menos gente que al mundo de la carreta. Del mundo supersónico se beneficia menos gente. Esto no significa que sea mejor volver al mundo de la carreta. El reto de la globalización está en no limitarla sólo a un elemento estadístico, el de cuánto ha crecido la riqueza o ha mejorado la economía del mundo, sino, sobre todo, en vez de contemplar a los países que ya gozan de un alto nivel de bienestar, contemplar a los países de menor nivel de desarrollo para hacerlos partícipes de esa mayor generación de riqueza y de renta. Esto exige un compromiso social. No se puede dejar a las simples magnitudes económicas. Este cambio de lenguaje económico, ¿cómo puede afectar a la Iglesia, y qué reto supone para ella vivir en un mundo globalizado? La Iglesia va a encontrar también un elemento positivo, mayor capacidad de difusión de la doctrina. Nunca conseguimos transmitir un mensaje a la velocidad que lo transmitimos ahora. Las posibilidades de ese mundo globalizado son altas en su aspecto favorable. Pero también la Iglesia va a encontrar que los ataques a la fe, la intromisión en la esfera de la moral individual y social de corrientes perversas también tienen mejores medios. Hasta ahora esto era difícil. En una familia, la ciencia mala: pornografía, usos indebidos de medios, etc., entraba sólo cuando el cabeza de familia estaba dispuesto a que entrase. Hoy es difícil que un padre y una madre, que ejercen su trabajo fuera del hogar, controlen la posibilidad de acceso a información de todo género de los hijos a través de Internet. En ese sentido, tenemos que ser conscientes de que, al igual que nosotros, para difundir la doctrina, tenemos más medios de los que nunca hemos tenido, también esos medios se utilizan por aquellos que pretenden socavar la sociedad, la moral de los ciudadanos, de las conductas, herir gravemente a las familias, fraccionar de alguna forma o seccionar el ámbito familiar. Es como cuando disminuyeron los precios de los televisores: no sólo el televisor único menguaba la posibilidad de proximidad y de cercanía de la familia compartiendo opiniones, sino que se daba un paso más, pues ya ni siquiera se veía el televisor único juntos, porque cada hijo en su habitación tenía su propio televisor. Ahora cada hijo en su habitación empieza ya a tener su propio ordenador y su conexión a Internet, que, siendo un medio extraordinario de información, es un medio extraordinariamente perverso cuando uno no pretende encontrar información, o cuando uno se desliza hacia lo que no proporciona información, sino más bien perversión. |