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Bajo el título Inmigrantes: el grito de los pobres, la Federación de movimientos de Acción Católica Española ha lanzado una campaña de reflexión que se ofrece a todos, y especialmente a los cristianos de nuestras parroquias, para posibilitar la reflexión, desde la fe cristiana, sobre los retos que la situación de los inmigrantes plantea a la sociedad y a la Iglesia en España. A tal fin se orientan los materiales de trabajo, editados con la pretensión de ayudar a que:
- aprendamos a mirar el sufrimiento de nuestros hermanos inmigrantes con los ojos de Dios y a escuchar sus justas aspiraciones como Dios las escucha; - crezcamos en asumir como propia su situación; |
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- avancemos en el conocimiento del pecado personal y estructural que es causa de esa situación; - y vivamos con mayor intensidad el amor liberador de Dios hacia ellos, concretado en un compromiso solidario que transforme su injusta situación, nos transforme a nosotros y sea realmente testimonio y anuncio de Jesucristo y su Evangelio. La mayoría de los inmigrantes que vienen aquí, lo hacen por razones económicas, es decir, por escapar de la miseria y del hambre a la que están sometidos en sus países de origen, bien sea por la falta de estructuras productivas o administrativas, bien por la mala administración política y de los bienes, etc. Al llegar, se encuentran indefensos, y muchas veces en situación de ilegalidad, por lo que tienen que aceptar una situación injusta y abusiva, que les imponen personas sin escrúpulos, y que se caracteriza por la explotación en el trabajo y por la marginación social, ya que muchos de ellos se ven obligados, por su situación, a tener que aceptar condiciones de vida y trabajo indignas e inhumanas, que al mismo tiempo hacen difícil su integración. Junto a la situación de injusticia que viven los inmigrantes en el ámbito laboral, se unen otros factores que hacen aún más penosa su vida, como el hecho de que son muchos los inmigrantes adultos que no viven con su familia, ya que la forma de entrar en el país y la situación de precariedad laboral y económica impiden el poder reunirla. Además de la dificultad de la vivienda, la propia condición de extranjero y no tener una estabilidad en el trabajo provocan la existencia de un importante número de niños sin escolarizar, o que tienen muchas dificultades para que su escolarización se haga con las debidas garantías. El inmigrante es víctima de un sistema que lo arroja a la periferia, tanto de su país de origen, como del país de residencia. Vienen también porque los necesitamos; es decir, el fenómeno de las migraciones es el instrumento, a la vez que el resultado, de una determinada política al servicio de la coyuntura económica, la cual precisa de mano de obra barata para hacer los trabajos que no quieren ocupar los trabajadores nacionales, o que sólo son viables dentro de una economía ilegal o sumergida. |
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Viven entre nosotros y los hacemos diferentes porque la condición de inmigrante está sometida a un proceso de marginación, que está generada, principalmente, por políticas que no promueven su integración en la sociedad, ya que no se favorecen aspectos tan importantes como: la integración legal, es decir, la regularización; el acceso al empleo con derechos en el mercado de trabajo formal; la integración familiar, mediante la reagrupación de padres e hijos; la integración social y la convivencia, así como la integración cultural. Trabajar por conseguir políticas así es tarea de todos. Junto al reto de la integración de los inmigrantes en todos sus aspectos, nuestra sociedad tiene otro gran reto, el de definir y aclarar: ¿con cuántos estamos dispuestos a compartir nuestra situación?; ¿con cuántos queremos compartir nuestro modelo de sociedad? No es fácil la respuesta, pues no se trata de abrir de par en par las fronteras y dejar que entren en masa los inmigrantes. Tampoco debe aceptarse como natural y permanente la bolsa de irregulares y, en cualquier caso, se debe procurar integrarlos en las vías normales de inmigración para evitar que sean víctimas fáciles de personas sin escrúpulos y de las mafias que se aprovechan de su situación de debilidad; para lo cual es necesaria la intervención decidida de la Administración y la aplicación de la ley. Asimismo, desde una perspectiva ética y creyente, es coherente afirmar que la solidaridad exige una interpretación generosa del número de personas a las que tiene que acoger nuestra sociedad privilegiada, sabiendo que la vida se nos da para vivirla solidariamente con los otros, y que es condición del desarrollo integral vivir en colaboración con el desarrollo de los otros. En todo caso, debemos hacer compatible nuestra capacidad interna de absorción social y económica con nuestra responsabilidad de solidaridad internacional, dada nuestra situación de primer mundo, al que en justicia nos concierne una deuda de solidaridad con el tercero. Desde el punto de vista de la prioridad de la persona, los cristianos no podemos permanecer indiferentes, ni podemos conformarnos con solucionar el problema con la limosna del día. Debemos dar una paso más, que nos posibilite mirar la situación de los inmigrantes con los ojos de la fe en Jesús de Nazaret, y que, a modo de fermento, nos permita a los cristianos aportar esa visión a la sociedad para que se alumbren soluciones que hagan posible la comunión. Federación de movimientos |