La misión eslava del Papa
Sea lo que fuere de los frutos del viaje papal a Ucrania que seguramente no se cosecharán pasado mañana, han sido ya muy diversas las interpretaciones de sus propias motivaciones. ¿Qué es lo que le ha llevado a Juan Pablo II a consumar un propósito que se le alcanzaba tan polémico? ¿No hubiera sido mejor desistir de un viaje que, bien en contra de sus deseos, podría convertirse en un paso atrás en la ansiada unidad de los cristianos?
Durante los días del Papa en Ucrania he leído y escuchado opiniones de todas las marcas y para todos los gustos. Alabanzas por su tesonero servicio a la razón ecuménica; reproches por su terquedad, no tomando en consideración las seguras reacciones en contra; ponderaciones por su coraje en afrontar un viaje de esta naturaleza a pesar de sus notorias limitaciones físicas; acusaciones de hiperprotagonismo al no resignarse al ritmo natural de los procesos históricos. Y así sucesivamente.
¿Qué le habrá llevado a Juan Pablo II a jugar esta carta con tanta y tan decidida convicción?
Personalmente he seguido este viaje con la curiosidad lógica; pero con una referencia cronológica anterior que se me imponía como insoslayable. Me refiero a las vivencias habidas y a los hechos contemplados durante las jornadas del primer viaje del Papa Wojtyla a Polonia. Es decir, hace ya veintidós años que tuvo lugar, en junio de 1979. Nada más regresar de aquella experiencia escribí en Ecclesia, de la que entonces era yo director, un editorial que llevaba el mismo título que he querido poner a este artículo. Y no por rutina o por casualidad, como se verá.
De aquel viaje primerizo calificado ya entonces de el más difícil, dos recuerdos sobresalientes. La misa al aire libre que se celebraba tras decenios ya de ocupación y de ateísmo estatal en la plaza de la Victoria, de Varsovia, junto a la tumba del soldado desconocido. En su homilía, Juan Pablo II hizo, al hilo de sus razonamientos, dos afirmaciones insólitas, subversivas dentro de su aparente obviedad cristiana. Que el hombre no es entendible sin la referencia a Cristo y que la historia de Polonia es, sin el cristianismo, inexplicable. El asombro y el entusiasmo de los polacos que llenaban la plaza derivó en un inmenso aplauso que duró ocho minutos, según el cómputo de los más de tres mil periodistas que asistíamos al espectáculo.
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La segunda evocación más atenida al reciente viaje a Ucrania me llevaba insistentemente a Gniezno, que es la capital histórica y eclesial del cristianismo polaco. Allí estábamos el domingo 3 de junio. Era la solemnidad litúrgica de Pentecostés, y en sus múltiples significados, pero fundamentalmente en el milagro de la pluralidad de lenguas, enhebró el Papa su homilía, llena de matices y sugerencias.
A propósito de aquel milagro, Juan Pablo II hizo algunas aplicaciones que me permito reproducir por el valor que en estos momentos recuperan: Cuando hoy, festividad de la venida del Espíritu Santo, en el año del Señor de 1979, nos remontamos a aquellos momentos iniciales, no podemos dejar de oír junto a la lengua de nuestros antepasados también otras lenguas eslavas afines con las que comenzó entonces a hablar el cenáculo ampliamente abierto sobre la Historia... ¿No quiere acaso Cristo, no dispone acaso el Espíritu Santo que este Papa polaco, Papa eslavo, justamente ahora manifieste la unidad espiritual de la Europa cristiana?... El Papa Juan Pablo II eslavo, hijo de la nación polaca siente cuan profundamente están arraigados en el suelo de la Historia las raíces de las cuales él mismo toma origen; cuantos siglos tiene la palabra del Espíritu Santo que él mismo anuncia en la colina del Vaticano y aquí, en Gniezno...
Al escucharlo de viva voz, mientras leía la traducción facilitada, tuve la viva impresión de que el Papa acababa de desvelar en aquel momento una de las claves de su pontificado, entonces incipiente. Con esa persuasión escribí el editorial citado para Ecclesia, en el que ya anotaba que no parecían haber alcanzado el eco debido tales palabras del Papa, y llamaba la atención al hecho de que habían sido pronunciadas en Polonia, un país al que la Historia parece haberle asignado el papel de ser encrucijada entre el Oriente y el Occidente, y que las ha pronunciado un hombre eslavo de raza, occidental de formación y universal de conciencia y de misión.
Añadiré que unos años después, en octubre de 1982, cuando el Papa estaba a punto de iniciar su primera visita a España, en otro artículo para Ecclesia, volví sobre el tema, incluyendo ya firmemente la misión eslava entre las claves, entonces mucho más definidas, del pontificado de Juan Pablo II.
No parece necesario insistir en la relación de este viaje último a Ucrania y aquellas palabras pronunciadas en Gniezno, mirando, por cierto, deliberadamente hacia Oriente. ¿No cabría también aplicar su vigencia y su urgencia a otras muchas decisiones, a otros viajes del mismo signo ecuménico y eslavo que el Papa ha emprendido a lo largo de su ahora extenso pontificado?
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Y ¿la real y verdadera interpretación de este viaje? ¿Instinto histórico, providencialismo, mera utopía? En el ir y venir del Papa Wojtyla por todos los caminos del mundo y de la cristiandad hay ya respuestas para cualquier hipótesis, con tal de que sea seria y respetuosa. Los viajes de este Papa, aunque a veces hayan sido presentados así, nunca fueron amañados baños de multitudes, ni programas de expansión, ni turismo trufado de evangelización, ni modos de entretener el ocio aprovechando los fines de semana.
De este último a Ucrania, en la frontera de la anhelada visita a Moscú, cabe decir otro tanto. Con la añadidura de que, más que otros muchos viajes de Juan Pablo II, hay que interpretarlo a la luz de sus compromisos estrictamente íntimos. De su percepción de la voluntad de Dios sobre su persona y de su misión específica al frente de la Iglesia y ante la Historia.
En tan delicados y personalísimos parámetros es donde él situaría lo que considera como su misión eslava. ¿No cabe rastrear el cumplimiento de esa misma misión en este viaje aparentemente forzado y hasta un tanto paradójico? Tal es mi convicción, aplicada a las dos experiencias tan netamente diferenciadas de Kiev y de Lvov. En ambos escenarios de su visita a Ucrania, Juan Pablo II se ha aplicado con la misma pasión humana y religiosa a esa misión de unidad tan hondamente sentida por él.
En Kiev ha hecho una apuesta nítida y hasta arriesgada por la unidad de los cristianos. Apuesta que evoca el deber de predicar oportuna o inoportunamente que le urge al apóstol (2 Tim. 4,2).
En Lvov, un territorio menos convulso religiosamente y más amable para él por razones de Historia y aún de familia, ha querido hacer un servicio explícito a la reconciliación de los eslavos y un homenaje a su testimonio cristiano durante el nazismo, la segunda guerra mundial y el comunismo soviético. Ha confirmado a los eslavos en la fe. Ha vendado las heridas de sus odios. Ha sembrado la unidad y la esperanza entre sus hermanos de cultura.
Quizá nunca como en este viaje haya servido el Papa Wojtyla, tan a fondo, tan intensamente, a esa misión eslava que definió y anunció en aquella homilía de Gniezno y que lleva grabada a fuego en su corazón.
Joaquín L. Ortega
Director de la BAC
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