RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioMundoContinuar
Sin reconciliación entre
las dos Europas no hay futuro
Uno de cada cinco greco-católicos de Ucrania estaba presente en el hipódromo de Lvov
para participar en el día más importante de la historia de esta Iglesia, blanco de las peores
persecuciones de Stalin. El 27 de junio, en el último día de su viaje internacional número 94, Juan Pablo II
elevó a los altares al primer grupo de beatos de esta comunidad católica de rito oriental

Jesús Colina. Roma

Más de un millón de personas dejaron de agitar las banderas de Ucrania y de la Santa Sede, conteniendo la respiración, cuando el Papa pronunció la fórmula de la beatificación. Muchos de los presentes eran esposas, hijos, amigos de los 27 mártires, asesinados entre 1941 y 1973 por odio a la fe.

El Pontífice pronunció, entre otros, el nombre del sacerdote basiliano Severijan Baranyk. Fue asesinado por los soviéticos en 1941, en la cárcel de Drohobych, en la Galicia ucraniana. Su cuerpo nunca apareció, pues, según los testimonios recogidos en el proceso de la causa, fue hervido y servido como sopa a los prisioneros. El padre redentorista Zynovij Kovalyk fue crucificado por los bolcheviques en una especie de representación teatral ridiculizante escenificada en la prisión de Bryhidky (Lvov).


PERDÓN GRECO-CATÓLICO


Y, sin embargo, en el día en que el obispo de Roma rindió el mayor tributo a estos católicos de rito oriental, que dieron la sangre por mantenerse fieles al Papa y no pasar a la Iglesia ortodoxa, su líder, el cardenal Lubomyr Husar, arzobispo de Lvov para los católicos de rito oriental, reconoció al comenzar la divina liturgia que los miembros de las comunidades greco-católicas también se mancharon de sangre durante el siglo XX. Ante la violencia comunista, algunos de sus hijos, los más jóvenes, durante la segunda guerra mundial se unieron a las tropas nazis. Por ello, pidió perdón a todos los ucranianos, y en especial a los ortodoxos. Al mismo tiempo, ofreció el perdón por las persecuciones sufridas.

Nunca había sucedido algo así. Nunca un líder greco-católico había pedido perdón por las culpas de los hijos de su Iglesia. La persecución en estas tierras había sido tan dura y los motivos tan humillantes (obligar a católicos a pasar a la ortodoxia), que estos cristianos no habían tenido, hasta ahora, la posibilidad de abrirse y de juzgar con plena objetividad su propio pasado. La llegada del hombre, por quien dieron la vida, el Patriarca de Occidente, como llaman los ortodoxos al Papa, les dio esa apertura.

EL ECUMENISMO DE LOS MÁRTIRES


El Santo Padre subrayó que, junto a los beatos greco-católicos, también fueron perseguidos y asesinados a causa de Cristo cristianos de otras confesiones. Su martirio común es un fuerte llamamiento a la reconciliación y a la unidad. El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo XXI. Que su sacrificio sea una lección concreta de vida para todos.

Y añadió que es necesario pedir y ofrecer perdón unos a otros por las ofensas hechas y recibidas, y confiar sin reservas en la acción renovadora del Espíritu Santo.

RECONCILIACIÓN: FUTURO DE EUROPA


De este modo, quedó definitivamente desmentido el temor del Patriarcado ortodoxo de Moscú, que veía en la visita del Papa a Ucrania una especie de revancha histórica. Pero el Pontífice fue más lejos todavía. Horas después, al despedirse de los ucranianos, en el aeropuerto internacional de Lvov, abogó por la unidad y la concordia, entre europeos del Este y de Occidente, entre católicos y ortodoxos, como única garantía para el futuro de Europa.

¡Ha llegado la hora de la esperanza y de la audacia!, exclamó ante el Presidente Leonid Kuchma, y ante los peregrinos que se congregaron en el aeropuerto para despedirle. Mi deseo es que Ucrania pueda integrarse, con pleno derecho, en una Europa que abrace todo el continente, del Atlántico a los Urales.

Unidad y concordia —concluyó el sucesor de Pedro—; éste es el secreto de la paz y la condición para un progreso social estable y verdadero. Gracias a esta sinergia de propósitos y de acciones, Ucrania, patria de fe y de diálogo, podrá ver reconocida su dignidad en la comunidad de las naciones.

Cuando Juan Pablo II llegó a Kiev el 23 de junio, confesó que llegaba con dos objetivos: confirmar en la fe a los católicos ucranianos y promover el diálogo ecuménico, especialmente con la Iglesia ortodoxa. El millón de personas reunidas en la divina liturgia final de Lvov, y la petición de perdón pronunciada por los greco-católicos, demuestran que el Pontífice cumplió ampliamente su primer objetivo. El segundo parece mucho más incierto. Ahora todo depende del Patriarca moscovita, Alejo II, y de su Santo Sínodo, en el que las corrientes nacionalistas tienen cada vez más influencia. A ellos les corresponde acoger el perdón pedido y ofrecido por el Papa Juan Pablo II en tierras ucranianas. Por el momento, no han llegado respuestas alentadoras de la capital rusa. El riesgo, como constató Joaquín Navarro-Valls, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, es que los líderes religiosos rusos pierdan el tren de la Historia.