RetrocesoA&ONº 267/5-VII-2001SumarioMundoContinuar
Testimonio de la esposa de un mártir

Entre el millón de greco-católicos que participaron en la última celebración eucarística de Juan Pablo II en tierras ucranianas, en el hipódromo de Lvov, estaba Neonila Lysko. Su marido y su suegro se encontraban en la lista de los 27 cristianos orientales, mártires del comunismo y del nazismo, que en ese momento fueron elevados a los altares. Roman Lysko y su padre Vladimir eran dos sacerdotes greco-católicos. Los varones casados pueden ordenarse en las Iglesias católicas de rito oriental. Neonila, que hoy tiene 79 años, saca una vieja foto en blanco y negro, en la que se ve a un joven, de mirada orgullosa, junto a una muchacha tímida y dulce. Es la foto de su boda, en 1938, cuando Neonila tenía tan sólo 16 años y Roman 24.

En 1946, el Gobierno soviético, que había anexionado esa parte de Polonia al estallar la segunda guerra mundial, suprimió la Iglesia greco-católica y obligó a sus obispos, sacerdotes y fieles a pasar a la ortodoxia. Los Lysko se refugiaron en su pueblo natal, en Horodok.

A pesar de todo —recuerda Neonila—, Roman seguía ejerciendo su ministerio pastoral sin crearse problemas. Bautizaba en el patio de casa y celebraba bodas en el bosque, decía misa en los pueblos, en las casas de los fieles, con las ventanas cerradas, junto a una mesa con vodka para hacer creer que era una fiesta entre amigos, en caso de que irrumpieran los agentes de la NKVD (la policía secreta de Stalin).

En 1946, el padre de Roman, también sacerdote, participó en el pseudo-Sínodo con el que la Iglesia ortodoxa anexionó a los greco-católicos. Vladimir se opuso abiertamente. Fue condenado a diez años de gulag en Siberia. Cuando regresó, su salud había quedado definitivamente destrozada.

El 9 de septiembre de 1949, Roman fue arrestado y llevado a la cárcel de Lvov para prisioneros políticos. La policía se le llevó de casa sin dar explicaciones, revolviendo todo en medio de las lágrimas de los tres hijos de Roman y Neonila, que se agarraban a las faldas de su madre y que no pudieron dar su último adiós al padre.

Neonila le llevaba cada quince días un paquete con algo de comida. Al entregarlo, recibía un documento con su firma para demostrar que lo había recibido. En mayo de 1950, la mujer se dio cuenta con el corazón desgajado que la firma del papel era falsificada. Su marido seguramente ya estaba muerto. En la cárcel, le dieron informaciones contradictorias. La respuesta fría y burocrática llegó seis años después, en la que se comunicaba la muerte por paro cardíaco del detenido Roman Lysko. Todavía hoy Neonila no sabe cómo murió su querido Roman. Una sobrina le ha dicho que el padre Lysko fue torturado y colocado en una rejilla incandescente. Según otra versión, fue encerrado vivo entre cuatro paredes cerradas con cemento.