RetrocesoA&ONº 268/12-VII-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Apertura en Sevilla de su causa de canonización:
Cristina de la Cruz Arteaga,
ejemplar monja jerónima

Ha tenido lugar en Sevilla la apertura de la causa de canonización de sor Cristina de la Cruz de Arteaga. Para declarar que uno de sus miembros ha ejercido en su vida las virtudes en grado heroico, y por lo tanto goza con toda seguridad de la presencia de Dios, la Iglesia católica abre un juicio, con sus correspondientes defensa y acusación, llevados por abogados especializados, y que estudian detenidamente los testimonios escritos, declaraciones de testigos, etc., para llegar a una sentencia objetiva. La apertura de un proceso de canonización es un acto jurídico, en el que el rigor del Derecho Canónico queda patente. Esta seriedad resulta imponente, pero al mismo tiempo es muy alegre, porque no se está considerando una condena, sino un premio. La meta de este largo proceso de análisis es el honor más alto que la Iglesia puede conceder: declarar oficialmente que esa persona es santa, y por lo tanto se le puede rendir culto. Para ello, ha pasado previamente por los grados de Venerable y Beato.

El proceso se abre oficialmente en el hogar habitual de la persona, donde desarrolló su vida, y donde normalmente le llegó la hora de la muerte, que es, desde esta perspectiva, el principio de una vida más elevada. En el caso de Madre Cristina no había duda alguna. El monasterio jerónimo de Santa Paula fue su hogar en la más amplia extensión de la palabra. Allí encontró, a sus cuarenta años, siendo ya monja con votos perpetuos, el centro de su vida y su paz. Durante los cuarenta y cuatro años que siguieron, se desarrolló entre sor Cristina y la comunidad de Santa Paula una extraordinaria simbiosis de comprensión, respeto y cariño. Reelegida Priora año tras año, por unanimidad (en las votaciones, sólo había un voto discrepante, que era el suyo, naturalmente), pudo llevar a cabo la gran labor de dirección de la Orden Jerónima que ha sido propiamente la obra de su vida.

La obra de madre Cristina no fue una reforma de tipo espiritual, que la Orden Jerónima no necesitaba, puesto que nunca había decaído la observancia de la Regla, sino una puesta al día, una reforma de su organización, formación cultural de sus miembros, numerosas obras en los monasterios y cambios en la organización material de los mismos, etc. Para ello creó la Federación Jerónima, de modo que todos los monasterios de la Orden se mantienen en continuo contacto, con unidad de dirección. Además, la Federación ha influido en otras Órdenes de clausura. Obedeciendo a las autoridades eclesiásticas ya durante la guerra civil, trabajó en el desarrollo de planes, documentos, etc., que cuajaron con el Concilio Vaticano II. Toda su labor de dirección es una puesta en práctica de estos principios.

En el monasterio, situado en la recoleta calle de Santa Paula, encontramos las puertas abiertas en ambiente de fiesta. Recibió a los familiares sor Paula Rocho, Priora de Santa Paula y de la Federación, con varias monjas, entre ellas madre Ana María Borrero, entrañable amiga de Elisa de Arteaga, única hermana viva de madre Cristina. La iglesia estaba llena de seglares, y también de monjas de otras Órdenes, y monjes, llegados de Yuste y de El Parral de Segovia. Entre ellos, el padre asistente de la Federación Jerónima, fray Ignacio de Madrid.

La presencia de los monjes es especialmente significativa. La Orden Jerónima, en su rama masculina, estuvo al borde de la extinción. En 1993 se cumplían los cien años de la desamortización, dramática para una Orden que no tiene monasterios fuera de España. Si no profesaba ningún monje, el Derecho Canónico daba por extinguida la Orden.

En los años 20 surgió providencialmente una persona que iba a cargar sobre sus solitarias espaldas la titánica tarea de resucitarla: don Manuel Sanz, en religión fray Manuel de la Sagrada Familia. Empezando desde cero, y en medio de dificultades de todo tipo, acondicionó El Parral, y, sobre todo, formó un grupo de monjes que sobrevivió a la guerra, durante la cual él mismo murió mártir. La Iglesia le ha abierto proceso de canonización, que lleva el mismo postulador que el de madre Cristina, el padre dominico Crescencio Palomo, con la idea de que coincidan en Roma las canonizaciones de estas dos figuras jerónimas contemporáneas.

El acto estuvo presidido por el arzobispo de Sevilla, monseñor Carlos Amigo. Después de cantar el Veni, Creátor, el Postulador fue leyendo los documentos, entregando la lista de testigos, etc. Para los asistentes, los momentos más relevantes fueron los discursos del postulador, del señor arzobispo. El padre Crescencio Palomo hizo un breve resumen de la vida de madre Cristina. Destacó en ella la presencia de las contradicciones internas y externas, en definitiva, de la Cruz. No en vano la misma madre Cristina quiso introducirla en su nombre religioso. El señor arzobispo, después de recordarnos cuantas horas de oración recogían las paredes que nos rodeaban, afirmó que la Iglesia no abre un proceso de canonización si no ve motivos sobrados para declarar la santidad de esa persona.

Después de rezar la Salve y recibir la bendición del señor arzobispo, terminó el acto en el que estuvo la hermana de la madre Cristina, condesa de Ampudia, con sus hijas, así como la duquesa viuda del Infantado, cuñada de madre Cristina, y sus sobrinos Íñigo Arteaga, actual duque del Infantado, el duque de Francavilla, los condes del Serrallo y la marquesa de Monte de Vay, la marquesa de Poza, sobrina de madre Cristina, y el conde de los Andes, sobrino nieto.

Después de visitar en el coro la tumba de la Madre, pasamos a los preciosos claustros de Santa Paula, rodeado el principal de una notable azulejería del XVII, que recuerda el origen portugués de la fundadora del monasterio. en un ambiente de gran alegría, las monjas saludaron a las muchas personas que se encontraban en el acto por vinculaciones familiares o de amistad: el Presidente de la Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, don Antonio de la Vanda, que representa la vertiente intelectual de madre Cristina, a la que tanto se dedicó, antes y después de su entrada en religión. Fue un encuentro en el que se sintieron con fuerza los lazos de pertenencia a la Iglesia, una familia unida por vínculos espirituales, en la que si bien unos pocos logran altas cotas, todos tenemos nuestro sitio, en el que, Dios permita realicemos su voluntad y alcancemos un día la paz y la alegría a que estamos destinados. 

Araceli Cansans y de Arteaga