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Ante todo cree en los dioses y obedece a los emperadores. Así le dice Rústico, prefecto de Roma, al filósofo Justino, hacia la mitad del siglo II. Éste responde: El hecho de que obedezcamos los preceptos de nuestro Salvador Jesucristo no puede ser objeto ni de acusación ni de condena.
¿Qué doctrina profesas? Me he esforzado por conocer todas las doctrinas, y sigo las verdaderas doctrinas de los cristianos, aunque desagrade a aquellos que son presa de sus errores. La conversación continúa y Rústico plantea el núcleo del conflicto: Vamos al asunto que nos interesa y nos apremia. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses. Nadie, a no ser por un extravío de su razón, pasa de la piedad a la impiedad. Si no hacéis lo que os mandamos, seréis torturados sin misericordia. Es nuestro deseo más ardiente sufrir por amor a Cristo, para ser salvados. Este sufrimiento nos dará la salvación y la confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más terrible que éste. Igualmente, los otros mártires dijeron: Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificaremos a los ídolos. |
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No es éste un diálogo de ficción. Está tomado de las actas de los mártires, cuyas palabras fueron transmitidas por testigos presenciales, y no puede negarse que resulta de palpitante actualidad. Los emperadores irán vestidos de otro modo, con ropajes democráticos, pero no dejan de ir al asunto que interesa. Hay que ser prácticos y sacrificar a los dioses. Hoy son, una vez dada la espalda al Dios único y verdadero, los que certeramente concretó Eliot en el dinero, la lujuria y el poder, y a ellos se termina por sacrificar todo, hasta la razón y la conciencia. Los ejemplos no están lejos. Curiosamente, ¿no es el mismo Ministerio de Sanidad que hoy retira con drásticas medidas el aceite de orujo, para defendernos, como es su deber, desde luego, del peligro cancerígeno del benzapireno, el que ayer daba vía libre a la píldora que asesina a seres humanos, por mucho que se la quiera disfrazar de día siguiente? Si la objeción de conciencia frente al poder es un derecho, y un sagrado deber, de los ciudadanos y el testimonio referido del siglo II pone en evidencia hasta qué punto, no ya ni los médicos ni los farmacéuticos: ningún ser humano digno está excusado de ejercerlo. Lo acaba de decir el Papa Juan Pablo II, como un verdadero grito de alarma, en el encuentro internacional de obstetras y ginecólogos católicos celebrado en Roma, reclamando con vigor el respeto a la objeción de conciencia en el campo sanitario, ante los hechos que no duda en enumerar con toda concreción: La disponibilidad de anticonceptivos y abortivos, las nuevas amenazas a la vida en las legislaciones de algunos países, la difusión de las técnicas de fecundación , la consiguiente producción de embriones para combatir la esterilidad, pero también para ser destinados a la investigación, los proyectos de clonación parcial o total: todo eso ha cambiado radicalmente la situación. ¿Por qué este grito de alarma del Papa ante un problema que parecía resuelto hacía tiempo?, se pregunta Giuseppe Savagnone en el diario italiano Avvenire. Y responde que no es en absoluto una preocupación exagerada; bajo el influjo de los grandes medios de comunicación, en la inmensa mayoría propensa a justificar las citadas prácticas, cuando no incluso a exaltar sus ventajas, la opinión pública se ha hecho gratamente adicta a lo que hasta hace tan sólo cincuenta años aparecería como un verdadero y propio museo de los horrores. Se ha dimitido, evidentemente, de la razón y de la dignidad humanas, y aquello que, en un primer momento, era considerado con consternación y suscitaba movimientos de rebelión, al final llegaba a ser espantosamente normal. La objeción de conciencia a la que apela el Santo Padre, ciertamente, traspasa con mucho su aspecto estrictamente jurídico, y no duda el articulista en definir la situación como gérmenes totalitarios en régimen de libertad. |
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La fuerza de los actuales totalitarismos no está ya en la opresión física a la que, sin embargo, también se recurre, aunque en pequeña medida, sino que pone todo su énfasis, con una presión propagandística continuada, en adormecer, hasta anularla totalmente, toda reacción de la conciencia moral. Quienes así son dominados se creen libres, pero en realidad ya no pueden pensar con su propia razón; están bajo el influjo de convicciones y modelos de comportamiento basados en slogans y frases hechas, y no en razones meditadas y discutidas con seriedad: este sutil totalitarismo hoy dominante no debe olvidarse tiene consecuencias, tanto más graves cuanto menos consciente se es de estar bajo su dominio. La única respuesta a la medida del hombre es mantener viva la capacidad de decir no, en nombre de su sí más poderoso. Así lo hicieron los polacos del movimiento Solidarnosc, cuando el precio de los alimentos básicos los hacía inalcanzables a la inmensa mayoría, abocada a la rebelión, y el Gobierno comunista dictó la ley de la drástica bajada del precio del vodka. Al día siguiente, prácticamente toda la ciudad de Varsovia amaneció empapelada con rótulos impresos, fotocopiados, y hasta escritos a mano, con este mensaje: ¡No bebas, defiende tu dignidad! ¿Cuántos sibilinos vodkas dominadores hay ahora en la publicidad y en los diversos boletines, más o menos oficiales, de tantas instituciones y organizaciones? |