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Pueblo de Dios se emite los lunes, a primera hora de la tarde, en La 2. No está mal que uno de los programas religiosos de la televisión, que pagamos los españoles, se haya escapado de una franja horaria que parecía inalterable, la de los domingos por la mañana, y haya clavado su sombrilla en otro rincón de la programación y así pueda competir con los programas de relajo de media tarde. Y puede hacerlo sin complejos, ya que algunos de sus reportajes son más que notables. El pasado lunes asistimos a un gran angular sobre el corazón de Guatemala, un país insignificante (si atendemos a la atención que se le presta), pero próspero en corazones nobles, en gentes batidas por las catástrofes naturales pero hábiles para salir de los cientos de lodazales en los que se embarran gracias a su fe en Dios y a un don natural que quizá provenga del sonido de sus marimbas, ese instrumento que los oriundos denominan el lamento de la madera y que les acompaña en sus quehaceres cotidianos. A uno de los personajes de El cielo protector, de Paul Bowles, se le escapaba un comentario demoledor a propósito de la naturaleza humana. Nos cuenta que, antes de los veinte años, pensaba que la vida se aceleraba, que sería cada vez más rica y más intensa, y no es así; es más bien como fumar un cigarrillo. Las primeras bocanadas son maravillosas, ni se te ocurre que se va a consumir. De pronto te das cuenta de que ha ardido casi hasta la punta. Y entonces es cuando tienes conciencia de su sabor amargo. Uno de los pueblos que bien pudiera suscribir este pesimismo oceánico es sin duda el guatemalteco, ya que ha sido literalmente podado por el azote del huracán Mitch (un millón de damnificados, 7% de tierras cultivables arrasadas sin excepción), donde más del 60% de la población es indígena (maya) y sufre discriminación en cuanto a su participación política, y en ámbitos tan de primer orden como la educación y la sanidad, donde el 75% de las tierras están en manos de grandes terratenientes... Patético resultaba escuchar a un joven plantado ante la cámara y relatando que el 80% de su pueblo lucha todos los días por la supervivencia. A pesar de las calamidades y de su vulnerabilidad, Guatemala es un país capaz de sobreponerse, porque es una tierra en la que resuena una inflexión de esperanza de raíces cristianas que transmitieron los primeros evangelizadores y que aún pervive en el corazón de su cultura. La Iglesia, que no se va de la lengua en demagogias ni es vocera de frases huecas, ha realizado una labor extraordinaria en aquellas tierras. En el reportaje de Pueblo de Dios al que hacemos alusión, se contemplaba la labor eficaz de los Hermanos de La Salle, que han creado estructuras educativas para facilitar la integración y promoción de la mujer, escuelas de las que surgen maestros y técnicos agrícolas, etc. Y, sobre todo, han transmitido una manera nueva de afrontar ese sinsabor amargo, al contemplar cómo la tierra firme de los antepasados es sacudida por los huracanes como si fuera polvillo de salón, y es la de usar sus propias manos y las de Dios para evitar caer en el chiste fácil de salir Guatemala para entrar en Guatepeor. Javier Alonso Sandoica |