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Nada más diáfano, a simple vista, que esta parábola. Se entiende muy bien lo que Jesús dice al doctor de la Ley: Haz tú lo mismo. Y la figura del Buen Samaritano ha inspirado siempre lo que había de ser la piedad y la caridad cristiana. Sin embargo, esta historia conocida y oída una y mil veces en la predicación puede cobrar una viveza insospechada si la situamos, en la medida de los posible, en el contexto en que Jesús la dijo.
En primer lugar, no todo es tan claro en la parábola. ¿Por qué el sacerdote y el levita se niegan a prestar ayuda a la víctima, siendo así que estaban obligados a ello por la Ley? ¿Por qué indica Jesús de ese modo que el que cayó en manos de los ladrones es también prójimo del escriba que le pregunta? ¿No será necesario conocer un poco la situación religiosa de Palestina en tiempos de Jesús y saber que, divididos en grupos religiosos, los hombres piadosos del judaísmo no podían considerar como su prójimo a quien no formaba parte de su propio grupo? ¿Qué grupos son éstos? Conocemos bien a los samaritanos; el sacerdote y el levita pertenecen al grupo saduceo. Pero, ¿a qué grupo pertenecen los ladrones que atacan? Su ataque es sólo contra el hombre que bajaba a Jericó, y ¿dejan a salvo al sacerdote, al levita y, sobre todo, al samaritano, probablemente un comerciante que lleva, además, una caballería? No son éstos ladrones comunes. Lo más probable es que estos hombres fueran celotas, nacionalistas exaltados y enemigos mortales del poder romano. Su odio se extendía a todos los judíos que se sometían al orden establecido. Entre estos destacaban los esenios, o herodianos. Son los hombres de Jericó, tan cerca de Qumrán, su asentamiento. Uno de ellos es el atacado, se sugiere. Cosa no inverosímil, pues si hubiera sido un saduceo, el sacerdote y el levita le hubieran ayudado; tampoco un fariseo, porque los celotas estaban cerca de las ideas religiosas de aquéllos. Los esenios eran los herejes por excelencia en el judaísmo, pues ni siquiera ofrecían sacrificios en el Templo. Visto todo esto, la pregunta del doctor de la Ley es mucho más que una trivialidad. Y la respuesta de Jesús, al poner como modelo la actitud de un hombre perteneciente al grupo más despreciado de todos un samaritano cobra algo de la frescura y la fuerza que debió tener esta parábola para los que la oyeron de sus labios. Impresionante. + Braulio Rodríguez Plaza |