RetrocesoA&ONº 268/12-VII-2001SumarioMundoContinuar
El viaje apostólico de Juan Pablo II a Ucrania, visto desde Moscú
El profeta del tercer milenio
Con su visita a Ucrania, el Papa Juan Pablo II ha dado el primer ejemplo de aplicación del lema del post-Jubileo: ¡Duc in altum! El Pontífice verdaderamente ha navegado mar adentro, arriesgándose a penetrar en las profundidades del ex imperio del ateismo, abriendo una nueva fase de la reevangelización de Europa.

Como en los años 80 los viajes del Papa a Polonia mostraron al mundo entero que el comunismo era ya una ideología muerta, así el viaje a Kiev y Lvov ha hecho descubrir al mundo una realidad poco conocida y poco entendida: la de los países ex soviéticos, con sus contradicciones sociales y su tradición ortodoxa, en vilo entre socialismo y capitalismo, entre Oriente y Occidente. El efecto ha sido explosivo: la gente ucraniana ha acogido al viejo Pontífice con afecto en Kiev, la madre de todas las ciudades rusas, y con verdadero entusiasmo en Lvov, la más ucraniana de las ciudades ucranianas. Como siempre, el corazón de la peregrinación ha sido el encuentro con los jóvenes, futuro de la Iglesia y futuro de Ucrania: el Papa se ha revelado la única voz con autoridad, capaz de volver a dar una esperanza, un motivo para no emigrar del propio país. Ni los políticos locales ni otros líderes mundiales saben ser así de creíbles y convincentes.

Otro leit-motiv que ha acompañado la predicación del Papa durante todo el Jubileo, y que ha reiterado tanto en Ucrania como en su reciente viaje por Grecia, ha sido la petición de perdón por los males cometidos por católicos a lo largo de la Historia. Ahora es aún más evidente que la intención de Juan Pablo II no es la de mortificarse en una forma de auto-castigo, sino, como él mismo repite, de purificar la memoria para no sentirse apesadumbrados por las cargas del pasado, y lanzarse ligeros de equipaje y con libertad al futuro del tercer milenio. Del pasado recogemos la herencia de Cristo mismo, de Su persona y de las de sus apóstoles y mártires.

Los mártires ucranianos han sido la corona del Santo Padre, mostrando la grandeza de una Iglesia que ha atravesado todas las contradicciones de las guerras y de las dictaduras nazi y comunista, permaneciendo fieles en la persecución y en la clandestinidad, uniendo los frutos de los sacrificios y de las esperanzas de los ucranianos, rusos, polacos y bielorrusos. Ha sido un claro mensaje no sólo para los cristianos de Europa Oriental, sino también para el mundo entero: la cruz es verdaderamente el árbol de la vida; donde se cruzan las contradicciones humanas puede surgir una vida nueva.

Una de estas contradicciones y encrucijadas es, sin duda, el gran malentendido con la Iglesia ortodoxa rusa, que ha aprovechado esta ocasión para mostrar a todo el mundo su propia rigidez e irreductibilidad. Muchos motivos hay tras el rechazo de los jerarcas ortodoxos a encontrarse con el Papa, pero ciertamente no tienen que ver con el sentimiento de los rusos y ucranianos, que en realidad han acogido al peregrino romano con gran disponibilidad de corazón. Son motivos históricos: Ucrania ha sido siempre un péndulo entre el Este y el Oeste, y ha cambiado de amo dos veces por siglo. Motivos eclesiásticos: la Iglesia ortodoxa rusa es la más joven de las Iglesias antiguas, y para imponer su propio modelo debe acentuar la distancia de todas las otras, sobre todo de Roma y Constantinopla. Y, por último, motivos más profundamente religiosos: el cristianismo ruso ha conservado un fuerte sentido de la escatología, y mira al futuro con gran pesimismo, sintiendo cercano el fin de los tiempos y la venida del Anticristo. Para los ortodoxos rusos fervientes, sacerdotes, monjes y fraternidades laicas, el Papa es una figura que preanuncia precisamente la venida del Anticristo: poderoso, carismático, intelectual y polaco, precisamente como ciertos personajes de Dostoievsky, como el Gran Inquisidor. La ortodoxia rusa relanza su propia misión universal, como un nuevo resto de Israel que debe representar a la Humanidad pecadora en el Juicio universal, para implorar su salvación.

El futuro está ya en nuestras manos: entre sueños milenaristas y temores apocalípticos, el Papa propone volver a partir de Uno, de la persona de Cristo, que reúne a los pueblos y a los hombres para construir juntos el tiempo nuevo.

Stefano Caprio
Moscú