RetrocesoA&ONº 268/12-VII-2001SumarioTestimonioContinuar
Monseñor Montero da las gracias por su Premio Bravo Especial 2001
No estamos luchando en vano
El premio Bravo Especial 2001, que otorga la Conferencia Episcopal Española,
ha sido entregado este año al arzobispo de Mérida-Badajoz, monseñor Antonio Montero.
Dio las gracias, en nombre de todos los premiados, con este testimonio
de un insuperable servicio ministerial a la Iglesia a través de la palabra:
Por ser el más viejo de la concurrencia —que por eso me premian— no puedo hurtar el bulto a la representación de los galardonados en el capítulo de gracias. Darlas, hay que darlas, porque es de bien nacidos, aun cuando el galardón se os haya otorgado por pura justicia, queridos compañeros de los Bravo 2001. No es tan frecuente que en este planeta nuestro obtengan reconocimiento público los merecimientos de tantas buenas gentes.

Todos ustedes habían superado ya el anonimato, sin necesidad de galardones; pero, ¿verdad que es magnífico premiar a los cuatro vientos la bravura de Gorka Landáburu, intrépido debelador de las obscuras maldades del terrorismo etarra, que ha dado la cara y pulsado con sus dedos el portátil, aunque le costara un ojo de esa cara y le segaran la mano del ordenador? Y, siguiendo con la bravura, aunque esta vez del sexo fuerte, es decir del femenino (ya no se dice el sexo, sino el género; pero, lo del género fuerte me suena rarísimo), digo otro tanto, sobre nuestra nada anónima Ángela Rodicio, aguerrida corresponsal, corresponsala habrá que decir, de guerra en TV. ¿Cómo te las apañas, Ángela, para aunar bravura con dulzura, el candor de la colegiala con la trompeta del Apocalipsis?

No he visto el filme La espalda del mundo, de Javier Corcuera, Premio Bravo de Cine: pero las referencias lo emparejan en bravura con Gorka Landáburu y con Ángela Rodicio. Porque Corcuera, sin ser víctima de ETA, ni cronista de guerra a distancia, ha sabido también, por lo que conozco, sumergirse hasta el pescuezo en la entraña del mundo peor, con belleza y dramatismo, cuerpo a cuerpo con los excluidos, los desheredados, y todos los inquietantes antípodas del mapa de la opulencia.

¡Cuánto tino! en Blanca María Pol, directora del Informativo medio día, de la COPE. Sabemos los del oficio que la inexorabilidad de los acontecimientos y la instantaneidad de los medios es el reto feroz del minuto a minuto en la radio. ¡Cuántas tentaciones para salir del paso informando a medias, interpretando al aire propio, prodigando el latiguillo, o repitiendo el tópico hasta la necedad! Pues no, Blanca. Tu programa no es así. El Jurado pondera tu buen hacer periodístico, en el que se conjugan el rigor informativo con la sobriedad en el comentario, sirviendo así a los oyentes una información completa sobre la más rigurosa actualidad y en la que tienen adecuada cabida los contenidos de interés humano y social.

Más sosegados aún son los Clásicos populares, de Radio Nacional de España, que conducen hace decenios Fernando Argenta y Araceli González Campa, nombres más que consagrados de una torrencial expansión de la buena música. Erudición sin límites, cuidadísimo criterio selectivo, buen gusto a raudales, pulcritud en la redacción y en la dicción de los textos leídos, pericia para adentrarnos en pentagramas y compases, en voces e instrumentos, en escuelas y corrientes. ¡Qué contrapeso el vuestro a tanta sal gruesa, a tanta ramplonería como impera, qué pena, en otros espacios audiovisuales, cobijo del ruido y del esperpento! Lo mejor de lo vuestro es que se pueda sostener así treinta años en antena, prestigiando a la Cadena y sin cansar al personal.

En el Diario de Menorca se premia este año una obra de la Iglesia, un periódico católico, una rara avis llena de vida, que, cuando han sucumbido uno tras otro, durante esas seis décadas, más de una veintena de periódicos similares, algunos de honda raigambre y probada solera, se alza el Diario de Menorca, como si eso no fuera con él, y se asoma animoso al siglo XXI.

Como premio especial, y tan especial, de este año figura también un servidor de ustedes. Debo estar muy mal, porque me llueven los premios por los cuatro costados, y todos como con prisa. Se han cumplido, es cierto, hace poco más de un mes, los cincuenta años de mi ordenación sacerdotal. Comprendo y agradezco la emoción de mis familiares y amigos, e imaginen la mía. Me ha tocado amontonar cosas en mi currículo desmedidamente cuantitativo. Eso ha roto también, no mucho, mi anonimato, convirtiéndome en un obispo de cierto ruido. ¿Lo seré también de nueces? ¡Ay, Dios mío!

Durante toda la segunda mitad del siglo XX, al que me cuesta todavía llamar siglo pasado, mi vida y ministerio pastoral han estado marcados por las comunicaciones sociales. En la vida episcopal, tan hermosa y rica, me ha acompañado siempre esta dimensión que ahora llaman mediática, como parte sustantiva de mi ministerio. En una comunidad, no muestres tu habilidad. ¿Me pesa? ¿Lo haría otra vez? ¡Claro que sí!, pero creo que lo pensaría mejor. No ha habido, no, dualismo entre el ministerio episcopal y las comunicaciones sociales. Por el contrario, natural simbiosis. Ha sido para mí lo segundo un acento peculiar de vivir lo primero.

Experimento a veces en mis carnes los penosos desencuentros entre el mundo mediático y los principios cristianos, entre la cultura dominante y la fe de la Iglesia. Creo que en la sociedad de la información y en el ciberespacio totalizante cabemos todos, y percibo en el nuevo milenio vastos horizontes de evangelización. No estamos luchando en vano, no nadamos en el vacío los cada vez más numerosos mujeres y hombres que nos movemos desde la fe en el mundo de la palabra, la imagen y los espacios virtuales. Ahora me salís con eso de premiarme. Perdonad mi perplejidad. En el inmenso angar de una gran factoría industrial, se encontraban de mañana unos tres mil trabajadores de toda la plantilla de la empresa, para el acto de toma de posesión del joven y apuesto Director General. Tomó la palabra el Presidente de la empresa. Ahí tenéis —dijo— a un compañero ejemplar, que entró aquí niño con botones, fue después mandadero, combinó sus estudios con un trabajo de auxiliar meritorio; de ahí pasó a oficial, jefe de sección, director de negociado, y de área; hasta que hoy tengo la satisfacción inmensa de presentarles a ustedes a don Juan Ramírez como Director General. Habló después el agraciado y dijo sucintamente: ¡Gracias, papá!

Pues algo parecido tengo yo que decir aquí. En mis antecedentes penales figura haber sido artífice o cómplice de vuestras presencias, tan valiosas y entrañables, en esta casa y familia; ya que, por fas o por nefas, me ha tocado meter la nariz en todos los guisos. Hasta el presente, os habéis portado estupendamente; hasta ahora, cuando de pronto, os aprovecháis del cargo para premiarme. Con la mejor de las intenciones, me habéis dado el premio Juan Palomo, incurriendo, creo yo, en cohecho y no sé si en inconstitucionalidad. ¡A ver si nos demanda ahora algún agraviado!, que la tesorería de los Bravo no está para pleitos. Pero criaturas, ¿a quién se le ocurre premiarme, si yo en esta Casa estoy en nómina desde que la fundaron? ¿Por qué me dais coba a estas alturas? Diré con el de la empresa: ¡Gracias, hijos; no se os puede dejar solos!