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No es fácil hacer paralelismos históricos, pero si hubiera que comparar nuestra época con alguna otra de la Historia, ésa sería la del derrumbe del Imperio romano. Así lo señala agudamente Alasdair MacIntyre, quien, tras observar lo que significó la experiencia cristiana de san Benito y su obra, generando formas nuevas de vida y de cultura, no dictadas por el Imperio sino por la fe católica, añade: Si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo.
Terrible constatación, pero verdadera y ciertamente válida para hoy. ¿O es que no son auténticas barbaridades las de los totalitarismos que sembraron de espanto y de muerte el reciente siglo XX? ¿O acaso no lo son las de los totalitarismos actuales, por muy sofisticados disfraces democráticos que se les quiera poner, cuando impiden que nazcan, o antes aún que lleguen al seno materno, los concebidos no nacidos; o que el hombre y la mujer alcancen el amor eterno e infinito que sus corazones desean, vendiéndoles como el no va más del progreso el sucedáneo de amores de usar y tirar? ¿Y qué otra cosa que totalitarismo es la globalización sin solidaridad? El resultado de abortos y divorcios, por mucho que se quiera ocultar, no es otro que sangre y lágrimas. No está bien visto sacar esto a la luz. Pero la sangre y las lágrimas provocadas por la loca barbarie de ETA son bien visibles, han traspasado y empapado hasta la misma máscara con que nuestra sociedad intenta ocultar su corazón corrompido. |
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Puede parecer a primera vista que divorcio y terrorismo son problemas que nada tienen que ver. Tienen que ver, y mucho, con la raíz profunda de la que surgen. Las palabras evangélicas no pueden ser más claras: Un árbol bueno no puede dar frutos malos, y un árbol malo no puede darlos buenos . Los horrendos frutos del terrorismo no surgen por generación espontánea. El obispo auxiliar de Getafe, en la homilía del funeral por el policía nacional don Luis Ortiz de la Rosa, asesinado por ETA en Madrid la pasada semana, ha hablado de la cooperación que puede haber en el pecado ajeno y, por lo tanto, en grados diversos, de una grave responsabilidad . La de toda una sociedad que da la espalda a la Ley de Dios, raíz de todo bien. No basta despreciar a ETA. Hay que poner todos los medios que la ley permita para acabar con ella , dijo también en su homilía monseñor López de Andújar. Y tanto él, como los demás obispos en sus constantes condenas del terrorismo, no dejan de recordarnos a todos, no sólo lo que las leyes permiten para evitar el mal, sino en primerísimo lugar lo que la Ley suprema de Dios nos manda para hacer el bien radical, único modo verdadero de vencer a todo mal. Si no se va a la raíz, saldrá un mal por la puerta mientras entra otro por la ventana. Un Estado que aprueba y ampara las leyes del divorcio y de los supuestos del aborto, incluso con la vitola de derechos, ¿cómo va a tener fuerza moral para afrontar con eficacia la lucha contra el terrorismo? Para superar el sabor del mal, siempre amargo por mucho que se trate de endulzarlo con sucedáneos del bien, es preciso enraizarse en el Bien auténtico. Se llama Amor y habita en la Iglesia de Cristo. El aborto? -decíamos en estas mismas páginas hace ya años- deja su huella imborrable en la madre, por mucho que se la quiera disfrazar de «liberada». Del mismo modo deja su huella el divorcio en quien piensa haber encontrado en él su libertad. Al final, unas y otros, en su angustia, sólo en la Iglesia encuentran un lugar para la esperanza. Es verdad que la Iglesia rechaza el aborto y el divorcio, y no puede por menos que hacerlo así; pero no es menos verdad que allí donde nuestra «permisiva» sociedad da la espalda al dolor de madres y divorciados, la Iglesia despliega todo su amor de Madre, lleno de la misericordia infinita de su Señor Jesucristo. Concluye MacIntyre su reflexión sobre el momento presente en el que los bárbaros no están fuera, sino dominando ya desde hace algún tiempo dentro de nuestras fronteras, diciendo que nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente. Urge, en efecto, una sociedad que deje de ponerse a la sombra de árboles que no pueden dar frutos buenos, y enraíce su vida en el único Bien verdadero, porque quien a buen Árbol se arrima, buena sombra le cobijo . |