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La pobreza más honda es la incapacidad de alegrarse, el hastío de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza está hoy muy difundida, y de formas diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en las de los países pobres. Necesitamos una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero este arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida. Aquel que es el Evangelio en persona. |
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La Iglesia evangeliza siempre, y nunca ha interrumpido el camino de la evangelización. Pero observamos un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales realmente preocupante. Por eso buscamos una nueva evangelización capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no tiene acceso a la evangelización clásica . Todos necesitan el Evangelio, que está destinado a todos. Nueva evangelización significa no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido el gran árbol de la Iglesia universal, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del pequeño grano, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerá. Las grandes cosas empiezan siempre del pequeño grano; los movimientos de masas son siempre efímeros. Las realidades grandes tienen inicios humildes. Debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacernos escuchar, o mejor, para hacer accesible y comprensible la voz del Señor; no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino servir al bien de las personas y de la Humanidad, dando espacio a Aquel que es la Vida. Esta renuncia al propio yo, ofreciéndolo a Cristo para la salvación de los hombres, es la condición fundamental del verdadero empeño por el Evangelio. El anuncio de Cristo, del reino de Dios, supone la escucha de su voz en la voz de la Iglesia. Todos los métodos son ineficaces si no están fundados en la oración. Y debemos añadir un paso más: Jesús no ha redimido al mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Su Pasión es la fuente inagotable de la vida para el mundo; la Pasión da fuerza a su palabra. Aquí quisiera recordar solamente el comienzo de la evangelización en la vida de san Pablo. El éxito de su misión no fue fruto de la retórica o de la prudencia pastoral; su fecundidad dependió de su sufrimiento, de su unión a la pasión de Cristo. En todas las épocas de la Historia se han cumplido siempre las palabras de Tertuliano: La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. No podemos dar vida a otros, sin dar nuestra propia vida: ...el que dé su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. |
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CONVERSIÓN No se puede escindir el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje del Bautista: ¡Convertíos! La palabra griega para decir convertirse significa: cambiar de mentalidad, poner en tela de juicio el propio modo de vivir y el modo común de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida. Convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aun cuando sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En suma: una nueva vida. Todo esto no significa moralismo; la reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, de la comunión con Jesús, con Dios. La palabra clave del anuncio de Jesús es: Reino de Dios. Pero reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, vive, está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana causa última , el gran arquitecto del deísmo que ha construido la máquina del mundo y ahora estaría fuera, sino que es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la Historia. El unum necessarium para el hombre es Dios. Todo cambia dependiendo de si Dios existe o no existe. Por desgracia, también los cristianos vivimos a menudo como si Dios no existiera , según el eslogan: Dios no existe; y si existe, no influye . Por eso la evangelización, ante todo, debe hablar de Dios, anunciar al único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia. Hablar de Dios y hablar con Dios deben ir siempre juntos. Sólo en Cristo y a través de Cristo Dios se hace realmente concreto: Cristo es el Enmanuel, el Dios-con-nosotros; la concreción del Yo soy , la respuesta al deismo. Hoy es muy fuerte la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un puro hombre. No se niega necesariamente su divinidad, pero con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida. Este Jesús histórico es una elaboración, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios vivo. Los últimos doscientos años de historia del Jesús histórico reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este período. Un último elemento central de toda evangelización es la vida eterna. El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, que nos conoce, que nos escucha, que entra en la Historia para hacer justicia. Esta predicación, por tanto, es anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. Éste es el verdadero contenido del artículo del Credo sobre el juicio, sobre Dios juez: Hay justicia . Las injusticias del mundo no son la última palabra de la Historia. Jesús en la cruz asume nuestros pecados. Dios mismo, en la pasión del Hijo, se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido: delante de Dios, tranquilizaremos nuestra conciencia. La bondad de Dios es infinita. No es verdad que la fe en la vida eterna quite importancia a la vida en la tierra. Sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida en la tierra es grande y su valor inmenso. El mensaje cristiano es muy sencillo: hablemos de Dios y del hombre; y así, decimos todo. |