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Llega a España una película francesa llamada Demasiada carne . Cuenta la historia de un matrimonio americano cuya vida sexual es inexistente debido a ¡prejuicios cristianos! El marido conoce a una francesita, novia de su mejor amigo, y comienza con ella una terapia amatoria, en la que tienen a bien incluir a un tercero de tendencias homosexuales. ¡Qué bonito es el amor! Pero no se preocupen, que mi intención no es dedicar más líneas a este aburrido film, sino a una cuestión más importante que se deriva de unas declaraciones de los autores del mismo. Los directores de Demasiada carne proclaman haber querido hacer una película sobre la libertad, y concretamente publican las siguientes preguntas, en los dossiers de prensa: ¿Pueden unas actitudes sexuales provocar la exclusión de otras? ¿Puede una persona resistir el sentimiento de culpa dictado por la sociedad y la religión? ¿Están amor y sexo inevitablemente unidos? ¿Es categórica la atracción sexual entre personas del sexo opuesto?... Los cineastas concluyen con una sentencia manida y tópica: La libertad colectiva depende de la libertad de cada uno de sus individuos, siempre y cuando esa libertad no pisotee la libertad del otro. Filosóficamente, estas afirmaciones no resisten ningún análisis riguroso, pero eso no importa: el cine ofrece posibilidades infinitas para los voceros de la mentalidad dominante. Lo más divertido es que estos señores afirman hacer este cine para luchar contra la estandarización de ideas y la homologación de comportamiento . ¿Es que estos sofistas no se dan cuenta de que las ideas que ellos ofrecen son precisamente las más estandarizadas y homologadas de nuestra cultura? Hasta Pasolini, homosexual y promiscuo, aborrecería estos planteamientos. Otro botón de muestra es también una película de estreno, de nuevo francesa, El secreto , de Virginie Wagon. Una mujer casada y con un hijo vende enciclopedias a domicilio. Uno de sus clientes es un fornido afroamericano con el que decide, sin más, iniciar una tórrida y brutal aventura de encuentros sexuales, arruinando su vida familiar y profesional. Lo hace, según dice, porque quiere sentir más su yo . En fin, ¿qué es el yo para nuestra cultura moderna? La verdad es que cada vez circulan más películas que parten de esa falsa idea del hombre y de su libertad. En tiempos de utopías marxistas, el uso del concepto de libertad, aunque falso, tenía un halo de empeño justo y digno. Era equivocado, pero movía corazones a menudo nobles. Hoy es una patente de corso para el más rancio aburguesamiento y para la aridez mental más letal. Los menos jóvenes de entre ustedes recordarán las palabras de Salvador Allende poco antes de ser asesinado: Y se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre construyendo para siempre su libertad. Esa ilusoria promesa grandilocuente -e imposible- ha dejado paso hoy a la estupidez. En el fondo tiene razón la película Matrix . No hay mayor falta de libertad que la de ser esclavos y no saberlo; es más, ser esclavos y creerse más libres que nunca. La libertad que no parte de una conciencia de dependencia es una ilusión individualista que no tiene finalidad, es puro doblegamiento al Poder. Como dice el famoso film, Matrix no nos dice quiénes somos . Y sin saber eso, ni hay libertad, ni felicidad, ni nada que nos salve de ser meros ladrillos del muro, como afirmaba The Wall , de Alan Parker. Si somos esclavos, al menos no caigamos en la estupidez de creernos los hombres más libres de la Historia. El precio que pagamos por ello es nuestra propia humanidad. Juan Orellana |