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Cuando Jesucristo nos enseñó a orar, nos dijo muy claramente que había que invocar a Dios llamándole Padre. Y, en efecto, así lo hacemos. Rogamos a Dios llamándole Padre. Un Padre que, como tal, nos ama, nos vigila, nos enseña a caminar y nos tiende la mano cuando tropezamos. También nos invita a pensar, a obedecer, a escuchar, a saludar, a responder, a evitar atolondramientos, a ser comedidos, a frenar nuestros instintos, a trabajar, a ser generosos, a no despreciar sus regalos, a defendernos de nuestros enemigos sin dejar de personar, a ser personas agradables, agradecidas, trabajadoras, humildes, alegres, sufridoras y mil cosas más. No obstante, todo lo que nos plantea y nos concede no sería válido sin nuestro libre albedrío; así es que, con sus apoyos, nos dio también la anhelada libertad. Pero, naturalmente, con la libertad surgió la posibilidad de equivocarnos. Por eso es tan importante, cuando nos dirigimos a ese Dios que nos hizo hijos suyos, que nuestras peticiones de ayuda no se limiten a cumplir sus mandamientos, sino que sobre todo le pidamos que también nos eduque para ser lo bastante dóciles y humildes, con el fin de anular esas posibles rebeldías y vanidades que la libertad puede ocasionarnos y que nos impiden dejarnos educar. Mercedes Salisachs |