RetrocesoA&ONº 269/19-VII-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Tratamos mal a la televisión

Sí, la tratamos mal. Creemos que la televisión es sólo espectáculo duro, a pelo, que uno llega del trabajo y necesita desconexión, que no estamos para que nos urguen el cerebro con comedias de Lope en las que abunda siempre un discurso profundo sobre el ser humano (¡burf!), y si hay que escoger entre una tertulia sobre lo que hacemos con los 40.000 embriones congelados en España y una de Van Damme, huelga decir cuál es el resultado de la opción. Tratamos mal a la televisión si la consideramos el apaga-faenas del día, un calidoscopio en manos de un crío que entretiene y basta. Pero hemos mostrado nuestras cartas, nos gusta ver a Tamara contando el cuento de la lechera, ordeñando vacas y saltando por prados verdes, o ver a una adolescente salida de madre gritando que mataría por Geri, la ex-Spice Girl, el día en que la cantante británica vino a España a presentar su trabajo en solitario. Los programadores no son tontos, nos han pillado, saben que cada vez nos gusta más abandonar el cerebelo y el bulbo raquídeo a la hora de ver la televisión (lo dicen las encuestas, se reitera en las entrevistas por la calle: A mí que no me compliquen , Yo con la televisión desconecto) y el verano es ocasión de refritillos baratos.

Y el fenómeno se reproduce en otros predios. En EE.UU. están locos este verano con el culebrón de la becaria. Todas han picado: la NBC, la FOX, la prestigiosa CNN; ni una cadena se ha salvado a la hora de dar cobertura al caso de Ann Levy, la joven que trabajaba en la Oficina Federal de Prisiones de Washington y que, misteriosamente, ha desaparecido sin dejar rastro, ni pruebas sobre el autor del posible asesinato. El público americano, aburrido de calores, hace cábalas y coloca sus sospechas en la persona del congresista Gary Condit, con quien parece que mantuvo relaciones; un asunto sin pruebas que empieza a ser las delicias de un pueblo, un pueblo cómodo que también trata mal a la televisión.

Ya ocurrió con el caso Mónica Lewinski. Los periodistas norteamericanos acreditados en Cuba durante la visita pastoral del Papa a la isla salieron escopetados cuando se enteraron de que su Presidente había tenido más que palabras con la famosa becaria y abandonaron el escenario de un acontecimiento sin precedentes, en el que el pastor de la Iglesia católica conminaba al mundo entero a abrirse a la isla caribeña, al tiempo que exigía al Gobierno comunista aceptar un régimen de libertades. Los periodistas norteamericanos se marcharon, tenían entretenimientos menores con los que garantizar audiencias durante meses.

Aquí hemos recibido con audiencias considerables la gala de Mister España (mira que es salada Paz Padilla y qué poco luce cuando le asignan un formato pobretón), y nos mojamos con el Gran Prix , de Ramón García, donde al espectador, para poner de su parte, sólo le basta con hacer la ola desde el salón de su casa, todo un lujo de interactividad. Julio Cortázar decía que la literatura es fruto de la guerra entre el lenguaje y la imaginación, el encuentro de musa con escriba, lo indecible buscando su palabra, la palabra negándose a decirlo hasta que le torcemos el pescuezo y el escriba y la musa se concilian en ese raro instante, que más tarde llamaremos Vallejo o Maiakovski . ¡Qué a propósito vienen sus palabras para la televisión de julio y agosto, donde parece que siempre triunfa un lenguaje (verbal y no verbal) monosilábico, elemental, primario! Pero, para que los programadores se animen a enseñarnos malabares, tenemos que abandonar nuestro discurso fatídico de hacer una televisión que no nos complique . Hombre, tratemos bien a la tele.

Javier Alonso Sandoica