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Todo aquel que quiera leer la Sagrada Escritura -en especial los evangelios- con el mayor povecho poosible, debe prestar atención al contexto y tratar de reconstruir el marco ambiental en que los diferentes libros fueron escritos, para no leer en los diversos pasajes lo que la rutina o la costumbre nos tienen habituados a ver, sino lo que el texto dice por sí mismo.
En el Nuevo Testamento muchas expresiones y situaciones que a un judío del siglo I le resultaban familiares, a nosotros nos parecen extrañas y oscuras. Ciertamente que el Evangelio posee riquezas insondables capaces de ser descubiertas por el alma más sencilla, pero también se pueden evitar las interpretaciones más disparatadas si se sabe bien el ambiente en que nació y la intención con que fue escrito. Ésa es la utilidad de un buen comentario. El comentarista ha salvado la distancia que nos separa de toda obra de la antigüedad. El evangelio de hoy -la pequeña anécdota en casa de Marta y María- es uno de esos pasajes en los que el uso continuo y la costumbre han ido creando una interpretación que nos parece ya evidente, pero que hace decir a las palabras más de lo que dicen. Se ve, así, en Marta y María sendos símbolos de dos formas de vida cristianas: la hacendosa Marta representa la vida activa; la callada María es el símbolo de la vida contemplativa. Se acentúa después la alabanza a María y se exagera el reproche a Marta. Se puede llegar por este camino a interpretaciones verdaderamente absurdas. En realidad, lo que dice nuestro pasaje de este domingo es mucho más sencillo. Se insiste en que Marta, cuando llega Jesús, piensa en agasajarle; su hermana María, en cambio, se pone a los pies del Maestro a escuchar su palabra, a oir sus enseñanzas. Marta protesta de la inactividad de su hermana, y esta protesta va en cierto modo dirigida a Jesús, que es el causante de ella. Jesús, sin embargo, prefiere que le escuchen a que le obsequien: la que ha acertado es María. Aquí no es la solícita hospitalidad de Marta lo que está en primer lugar, sino la palabra de Dios que sale de la boca de Jesús. Ninguna acción que puede realizar el hombre para agradar a Dios merece el don de la palabra de Jesús; ésta es dada gratuitamente a María porque está abierta a ella y puede escucharle. + Braulio Rodríguez Plaza |