RetrocesoA&ONº 269/19-VII-2001SumarioEn portadaContinuar
20 años de divorcio en España: dos millones de personas afectadas
La verdadera cara de la ruptura
El pasado 7 de julio se cumplían 20 años desde la aprobación de la ley orgánica 30/81 de Reforma del Cogido Civil,
más conocida como Ley del divorcio. Desde aquel año, hasta nuestros días, el número de divorcios en España
ha crecido espectacularmente. Y con ellos, el número de dramas familiares. El divorcio es siempre traumático.
Con frecuencia, el dolor que provoca una ruptura en la familia es mucho mayor que una crisis que,
pensando en el bien de los hijos, puede ser pasajera
A. Llamas Palacios
Es una escena muy cotidiana. Un quinceañero llega a su casa y enciende el televisor. Frente a él, la pantalla le muestra a jóvenes actores, que aparentan tener su edad (aunque en realidad tengan el doble), viviendo vidas que pretenden asemejarse a la suya. Los guionistas, muy ocupados en crear personajes lo más parecidos posible a su concepto de realidad, procuran que a cada uno le ocurran, por lo menos, 20 desgracias en su corta trayectoria de vida, entre las que están el divorcio de sus padres, el alcoholismo en algún miembro de su familia, problemas con las drogas, embarazos no deseados, cuernos por todas partes, sentimientos encontrados, competitividad, problemas económicos y, sobre todo, sentimentales. Para el guionista serán puntos de giro, o resursos profesionales para mantener la atención del espectador, pero para el espectador, y sobre todo para un chico joven, los personajes de una serie juvenil se convierten muchas veces en modelos a seguir.

Hay veces que, desgraciadamente, la realidad supera a la más delirante ficción..., pero los lectores estarán de acuerdo con que tanto problema junto pasa un poco de castaño oscuro. Sin embargo, será difícil palpar de cerca el sufrimiento de los personajes. Los efectos de un divorcio, por ejemplo, nunca son mostrados en la televisión en su totalidad, entre otras cosas, porque no debe de vender mucho un muchacho sumido en la más completa tristeza, rozando la depresión, con cambios de conducta, fracaso escolar y apatía general.

¿Conclusión? El divorcio no es lo que parece. Tan sólo quien ha pasado por tan dramática situación sabe que las series televisivas venden divorcios y dramas familiares ligth .

El divorcio, el de la vida real, aquella en la que no todos son guapos ni tienen buen tipo, es bastante más distinto. Y es hora de que se pongan todas las cartas boca arriba y sin miedo, encima de la mesa.

El 7 de julio de 1981 se introducía en España la ley del divorcio. A partir de ese momento, el matrimonio ya no era, como hasta entonces y desde la Segunda República, indisoluble. El entonces ministro de Justicia aseguraba que medio millón de parejas esperaban esa noticia como agua de mayo para formalizar su situación de divorciados, ya que en su matrimonio no había nada que hacer. Sin embargo, esas 500.000 personas se convirtieron, en el primer año, en tan sólo 9.000. Debió de ser un pequeño error de cálculo.

Pero de eso hace hoy 20 años, y lo cierto es que el número de divorcios y de separaciones ha crecido de una forma espectacular. De 9.483 divorcios del año 81, a 27.224 en el año 91, y a 36.072 en el año 98. En total, hasta el año 1999, se han dictado por los tribunales civiles españoles un total de 637.712 sentencias de separación matrimonial, según datos del psicólogo experto en la materia Luis Riesgo, en su libro El divorcio, ¿solución o problema? (Editorial Edicep) Y ya que el matrimonio no son sólo los dos cónyuges, se puede asegurar que más de 2 millones de personas se ven afectadas por el divorcio, entre hijos, padres, abuelos y demás familia, que sufre directamente el doloroso proceso de la separación.

Asistimos casi pasivamente a cifras duplicadas, y triplicadas, cada pocos años en torno al divorcio. El divorcio produce los efectos de una célula cancerosa introducida en el tejido social -explica Luis Riesgo-. Tras su legalización, y a medida que avanzan los años, comienza el contagio y la explosión. Conscientes de que hay esa salida, los cónyuges no ponen los medios necesarios para superar las dificultades que se dan en su unión, y muchos matrimonios que, superadas las pasajeras dificultades, se hubieran salvado, llegan a la ruptura como consecuencia de la introducción del divorcio en las leyes .

No dejando nunca de lado la realidad de que cada caso es único, y de que no es fácil tomar decisiones, o incluso mantener la calma, cuando el ambiente familiar es lo más parecido a un infierno, sería importante informar a la sociedad de los efectos tan negativos que se derivan de la separación y del divorcio. El divorcio se presenta a veces como única y terrible salida. Pero lo que no se debe consentir es que a la sociedad se le venda el divorcio como un suceso más dentro de la vida normal de una familia. En general, se nos presenta como un signo de libertad. Pero la libertad no es siempre positiva cuando se convierte en soledad. Si el divorcio crea seres humanos solitarios, que persiguen sistemáticamente un tiempo dedicado sólo a ellos mismos, a su trabajo, a su ocio, habría que hablar de esclavitud en torno a la soledad. Si lo que éstos persiguen es volver a intentar un compromiso eterno con otras personas, confiando en que las segundas oportunidades, terceras, o cuartas, pueden salir bien, entonces se debería hablar más de inmadurez sentimental, como más adelante se verá.

En los años 60, en Estados Unidos se recomendaba el divorcio como la solución ideal para matrimonios con dificultades. Treinta años después, como informa en su libro don   Luis Riesgo, numerosas investigaciones ponen de relieve que eso no corresponde a la realidad; y el psicólogo Paul Pearsan propone que ha llegado la hora de cambiar el lema Si su matrimonio se ha roto, busque una nueva pareja , por el de Si su matrimonio se ha roto, arréglelo.

LAS CAUSAS


El divorcio no es fácil incluso para aquellos que se plantearon el matrimonio como un estado con fecha de caducidad. Sobre todo si se tienen hijos, tomar la decisión no es sencilla, y a nadie puede dejar indiferente. Si se mira hacia atrás y se buscan las causas de tanto desencanto y frustración frente al amor matrimonial, se encuentran amargas raíces que convierten al hombre de la calle en una marioneta fruto de una época vacía de contenidos trascendentes, secularizada, sin esperanza, apática.

Patricia Martínez de Urcelay, psicóloga y psicopedagoga, explica que, para comprender el proceso que nos ha llevado hasta este punto con respecto al divorcio, hay que entender que llevamos recorriendo una época de secularización que hace que el ser humano, que siempre se ha sentido ligado a valores trascendentes, hoy, en medio del postmodernismo, reniegue de todo eso. Todo este proceso de secularización, dañado antropológicamente a instituciones como a familia y a las personas.

Además de la secularización -añade la profesora Martínez de Urcelay-, también hay que contemplar el hecho de que la mujer, dentro de la familia, ha salido del hogar y ha vivido una revolución tanto en el campo del trabajo, como de la sexualidad, de la independencia... Un feminismo radical ha hecho mucho daño al matrimonio, porque veía al varón como enemigo de la mujer. El divorcio, en este sentido, se ve como una bandera de la independencia femenina, y para el hombre como una liberación de la familia. En una sociedad hedonista, donde todo es placer y utilitarismo, el sacrificio no tiene cabida; por eso podemos decir que el divorcio es fruto de esta época.

A su vez, Luis Riesgo afirma que la razón principal del incremento del número de divorcios ha de buscarse en el terreno de las ideas, puesto que las doctrinas liberales han impregnado la mentalidad del hombre moderno, hasta el punto de considerar éste como valores supremos la libertad y la felicidad, entendidas falsamente al desvincularlas de la verdad. El matrimonio, al ser una libre obligación para siempre, va en contra de esa libertad añorada por el hombre de hoy. Eso, junto al materialismo y el positivismo imperante, hace que el placer físico, el bienestar económico, o su bien personal se impongan ante un compromiso de por vida.

Más concretamente, hay aspectos circunstanciales que cada vez van siendo más comunes, y que van minando la relación matrimonial de muchas parejas. El trabajo, que obliga a muchos esposos a permanecer mucho tiempo fuera de sus casas, y a vivir separados, grandes espacios de tiempo, enfría el cariño que se profesan. Hoy es muy normal que ambos cónyuges trabajen fuera de casa, y los horarios, las jornadas puedan no coincidir, con lo que no hacen conjuntamente vida de hogar. Es importante destacar la gran diferencia de divorcios entre las zonas rurales y las zonas obreras o de ciudad; son estas últimas las grandes perjudicadas dentro de la familia.

EFECTOS DE DIVORCIO


Quieren rehacer su vida y no se dan cuenta de que deshacen la de sus hijos, decía el doctor psiquiatra y catedrático de Psicología, de la Universidad Complutense de Madrid, don Aquilino Polaino, en unas recientes jornadas sobre Política Familiar, realizadas por el Instituto de Política Familiar y la Fundación Cánovas del Castillo. Está comprobado -decía- que los niños sufren más con el divorcio de sus padres que con la muerte de uno de ellos. El divorcio de los padres provoca en los hijos crisis de ansiedad, que en un adulto supondría por lo menos pedir una baja laboral, pérdida de la seguridad en sí mismos o trastornos de personalidad, con consecuencias como el bajo rendimiento escolar, que supone para los niños una frustración igual a la de un adulto cuando pierde su trabajo.

Para la psicóloga y psicopedagoga doña Patricia Martínez de Urcelay, en los adultos, la crisis del matrimonio no se produce por la institución, sino por la persona que no es capaz de comprometerse con algo. El divorcio produce inseguridad porque el adulto ve que no es capaz de sobrellevar una situación de convivencia. Ve que el amor que tenía no es lo que creía, y esto provoca frustración e inadaptación a nivel de relaciones humanas. Se sienten como resentidos, y anhelan, ante todo, volver a ser felices y buscan una nueva situación, así que intentan volver a casarse. Psicológicamente eso significa inmadurez por parte del ser humano. De hecho, el típico Don Juan, el mujeriego, no es que sea tan viril que necesite constantemente mujeres nuevas, sino que es tan inmaduro que no es capaz de aceptar un compromiso.

Y respecto a los niños, Patricia Martínez afirma: Los hijos de divorciados suelen tener una gran inseguridad. Cuando el padre y la madre se separan, el niño piensa que la culpa la puede tener él. Además, les afecta una gran tristeza, que puede acabar en depresión. Necesitan mucho afecto y la presencia de los dos padres. No importa tanto que les lleven limpitos, ni bien vestidos. Un niño necesita siempre cariño y la seguridad de que sus padres están a su lado en cualquier momento. Además, suelen mostrar apatía hacia las cosas, pereza; suelen carecer de iniciativa. También se dan muchas conductas antisociales, mucha delincuencia juvenil, violencia en los colegios... Como no tienen   estabilidad, se producen en ellos muchos cambios de conducta. Intentan llamar la atención. Igual que si no alimentas a un niño, si no les das cariño, se vuelven anémicos tanto psicológica como espiritualmente.

MEDIACIÓN FAMILIAR


Después de 20 años de una ley escrita, supuestamente, para la felicidad de muchos españoles, diversos grupos de personas en España han puesto en marcha unas medidas de reacción que intenten paliar y ayudar a matrimonios en crisis a rehacer sus vidas juntos, siempre que haya posibilidades para ello. Un buen ejemplo lo tenemos dentro del Instituto   Pontificio Juan Pablo II de Valencia. En él, ha empezado a trabajar el IVOMEF (Instituto Valenciano de Orientación y Mediación Familiar). Gracias a un máster en Mediación Familiar, que se puede realizar en el Instituto Juan Pablo II, abogados, médicos, asistentes sociales, psicólogos y pedagogos pueden hoy trabajar en el IVOMEF en Valencia, además de en Requena y Gandía, donde hay dos delegaciones, en una labor un tanto especial: ayudar a matrimonios en crisis a superar sus dificultades. A pesar de que llevan ya casi un año trabajando en ello, hace tan sólo un mes que se firmó un convenio de colaboración entre el Consejo General del Poder Judicial y el Instituto Pontificio Juan Pablo II, de Familia y vida. Este convenio consiste en el envío, por parte de un juez que considere posible un arreglo o solución, de un matrimonio que desea divorciarse o separarse al IVOMEF. Allí, los profesionales mediadores, en un plazo de 60 días, intentarán mediar y evitar por todos los medios posibles la separación. Ya en septiembre se constituirá una comisión de seguimiento para la puesta en marcha de este convenio, en la que el Presidente del Tribunal Superior de Justicia, o una persona que él mismo nombre, contactará con dos representantes del IVOMEF para ponerse de acuerdo en lo que necesitan para la plena realización del convenio.

Doña Carmen Blay Clement, abogada y mediadora en el IVOMEF, explica que, en una mediación se intenta crear ámbitos de comunicación para la pareja. El mediador es una persona totalmente neutral, que no se pone de parte de nadie. Si se consigue que el matrimonio se comunique, desde luego ya tiene gran parte del trabajo conseguido. Normalmente trabajamos con ellos en 6 o 7 sesiones, porque tenemos sólo 60 días. Y es un proceso bastante duro, porque los casos que vienen del Juzgado son muy complejos. Pero la verdad es que es un trabajo muy gratificante, sobre todo cuando ves que venían sin hablarse y, por lo menos, se marchan habiendo un diálogo entre ellos.

A este Instituto -continúa- no sólo llegan parejas con problemas para que una labor de mediación pueda ayudarles a superarlos, sino que también realizamos tareas de orientación, y de esta manera vienen muchos padres con hijos problemáticos para que podamos ayudar y orientar a las dos partes en su convivencia familiar. Si tuviera que destacar uno de los problemas fundamentales a los que se enfrenta hoy la familia con problemas, diría la incomunicación. Muchas parejas llegan con ánimo de separarse porque no se comunican. Por ejemplo, el caso del marido que se pasa todo el día en el trabajo, y cuando llega cansado, a última hora del día, no tiene ni fuerzas para hablar con su mujer; o de la mujer que se ha centrado tanto en sus hijos que, cuando éstos se independizan y el matrimonio se ve sólo, se dan cuenta de que son, el uno para el otro, completos desconocidos.

¿ES POSIBLE LA PREVENCIÓN?


Cuando surge una crisis en un matrimonio, las causas pueden estar debidas a miles de factores distintos, en cada familia uno, con múltiples detalles que lo hacen único. Estas crisis pueden ser pasajeras, o pueden provocar una fractura que necesitaría mucha voluntad y mucha ayuda para superarla. Es el caso de desavenencias muy graves de la pareja que el matrimonio no puede superar. No es momento de juzgar, porque bastante dolor y frustración conlleva ya la separación, por mucho que las cifras crezcan. Nadie, cuando discute con su pareja, está pensando en que forma parte de una estadística, sino que el proyecto de vida que tenía junto a la persona amada se tira por la borda entre gritos, incomprensiones y malas caras. Y no sabe cómo arreglarlo. Sólo quiere que termine. Por eso la solución está, además de en permanecer al lado del divorciado, aceptarlo con amor en el seno de la Iglesia para que se sienta dentro de una Madre que acoge siempre.

Pero sí es el momento de prevenir, de actuar antes de que sea demasiado tarde, de evitar problemas graves que conducen a la ruptura. Por ejemplo, y como explica el psicólogo don Luis Riesgo, hay que actuar inteligentemente en el matrimonio. No se pueden pedir perfecciones a un ser humano. La comprensión y la lucha contra los enemigos del matrimonio: la rutina, el cansancio, el individualismo, deben tenerse siempre en cuenta, porque pueden ir horadando en los corazones de los cónyuges hasta formar una úlcera incurable. Y no olvidar que los esposos siguen siendo novios, y que el amor debe irse conquistando día a día. Saber escucharse mutuamente, y, sobre todo, durante el tiempo del noviazgo, mantener mucha prudencia, ya que será el período en el que se ponderarán con especial cuidado las circunstancias que, después, pueden ser fuente de problemas, así como los valores de la persona que se va a elegir como compañero o compañera para toda la vida.

Don Aquilino Polaino añadió, en este sentido, durante su intervención en las jornadas de Política Familiar antes citadas, que prevenir el divorcio es algo que comienza desde el casamiento. El primer año de convivencia conyugal es muy importante y la pareja debe profesarse admiración mutua. El hombre debe apoyar a su mujer: tener detalles con ella, mostrarse cariñoso, permanecer a su lado ante las situaciones más difíciles. Por su parte, el hombre tiene, acompañado de su fortaleza física, una gran debilidad psicológica que puede verse suplantada por la admiración que le profese su mujer.