RetrocesoA&ONº 269/19-VII-2001SumarioLa vidaContinuar
Homilía de monseñor Sebastián, arzobispo de Pamplona,
en el funeral por don José Javier Múgica
Ninguna patria puede suplantar
la soberanía de Dios

Mientras Navarra entera vivía la alegría de las fiestas de San Fermín, otras personas, ciegas y enloquecidas por sus odios y fanatismos, preparaban la muerte para un honrado vecino de este pueblo, hijo activo y querido de esta parroquia, y traían así el dolor y la desolación a una familia y al pueblo entero de Leiza. Por eso estamos nosotros aquí, afligidos, indignados, profundamente doloridos, pero de ninguna manera vencidos, ni abatidos, ni desalentados.

Desde el primer momento de nuestra celebración nos unimos al dolor de los familiares y amigos de don Mikel Uribe, asesinado ayer también por ETA, en Leaburu, a pocos kilómetros de aquí.

Iniciamos la celebración de la Eucaristía y ello nos obliga a ajustar nuestro dolor y sentimientos a la verdad de este sacramento de nuestra fe que nos alimenta espiritualmente con la memoria y la presencia de Cristo, ofrecido por nosotros en la Cruz para traernos el don de la paz, y resucitado por el poder de Dios para abrirnos el camino de la vida eterna.

Nuestro primer sentimiento es para vosotros, los familiares de José Javier, para ti, Reyes, su esposa fiel y valiente, para vosotros, Francisco Javier, Daniel y Raquel, que podréis conservar siempre con orgullo la memoria de vuestro padre. Queremos estar a vuestro lado, compartir con vosotros el dolor de estos momentos terribles, ofreceros el humilde consuelo de nuestro afecto, de nuestra compañía, de nuestras oraciones. En medio de vuestro dolor tenéis el gran consuelo de saber que José Javier ha muerto como un hombre justo y pacífico, amparado por la misericordia de Dios, abrazado por la ternura maternal de la Virgen María a la que tanto amaba.

Cuanto más sincera es nuestra condolencia con vosotros, más clara y firme tiene que resonar también la condena de estos procedimientos criminales de ETA, empecinada en imponer su voluntad por el procedimiento inhumano de matar alevosamente a quien disiente de sus propósitos y tiene el valor de no someterse a sus imposiciones. Una vez más, expresando el sentir de todos los corazones honrados y sensatos, tenemos que proclamar la ley santa de Dios que ampara la vida de sus hijos y prohíbe el odio, la violencia, los crímenes y los asesinatos. Nadie puede disponer de la vida del prójimo. Ningún sentimiento, ninguna diferencia de opinión o de preferencias políticas, pueden justificar un asesinato como el que hoy lamentamos. Ningún proyecto político, ninguna patria, puede suplantar ni sustituir la soberanía de Dios, ni puede por tanto justificar ninguna discriminación ni ninguna agresión contra los ciudadanos justos y honestos que piensan de otra manera. Quienes así actúan, quienes les apoyan de una u otra forma, quienes no tienen el valor de condenar clara y eficazmente estos procedimientos tienen que saber que no caben en la comunión cristiana y tendrán que dar cuenta a Dios de la sangre inocente de sus hermanos.

Os hablo como vuestro obispo y pastor. Y quisiera que mis palabras tuvieran la verdad y el valor moral de la palabra del mismo Jesucristo a quien represento ante vosotros en estos momentos. El altar de Cristo es fuente del amor verdadero que nos hace capaces de vivir como hijos de Dios y de querernos como hermanos. Pero es preciso llevar este amor a la vida real de las familias, de la convivencia social, del respeto a la vida y la libertad de los demás, de la ayuda sincera y desinteresada, sin fronteras ni etiquetas de ninguna clase. Cada uno puede y debe expresar el amor a su tierra y a su pueblo como mejor le parezca, pero siempre dentro de la ley de Dios, que garantiza el respeto a la vida, a la libertad y a la dignidad de los demás. Las diferencias políticas no pueden anteponerse a las normas fundamentales de nuestra moral cristiana, ni a las leyes básicas de la simple moral humana de la convivencia.

No permitáis que estos hermanos y vecinos vuestros, desgarrados hoy por el dolor de la muerte de un ser querido, tengan que sufrir en su propio pueblo un nuevo calvario de aislamiento, de soledad, o de agravios, como ha ocurrido por desgracia en algún otro pueblo de Navarra. Dad el ejemplo de estar con ellos y de condenar abiertamente la crueldad y el fanatismo de quienes han traído el dolor y la vergüenza de este crimen. Romped las cadenas del miedo y del silencio. No os sometáis a quienes pretenden dominarnos como esclavos con los argumentos de las bombas y los tiros en la nuca. No deis vuestra confianza ni apoyéis de ninguna manera a quienes no respetan las leyes más elementales de la humanidad y de la convivencia. No pueden ofrecer ninguna libertad quienes atropellan la vida y la libertad de quienes no se someten a su tiranía.

Sin odio y sin temor, con la lealtad y claridad que me impone mi misión de vicario y ministro de Jesucristo, me dirijo a los miembros de ETA, a quienes de una u otra manera apoyan o justifican sus crímenes, a los que no se atreven a condenarlos con claridad y eficacia, EN NOMBRE DE DIOS dejad de matar, no aumentéis el dolor de tantas familias destrozadas, no manchéis con vuestros crímenes el honor y las virtudes del pueblo vasco, tened el valor de defender vuestras ideas con los argumentos de la razón y de la noble competencia política, no pretendáis volvernos a los peores tiempos de la barbarie y de la esclavitud, intentando someter al pueblo mediante los métodos totalitarios del terror, hoy contamos con los medios necesarios para superar las diferencias políticas mediante fórmulas justas e integradoras, venid a compartir la vida y a construir de verdad una sociedad abierta, justa y pacífica, sin la exclusión de nadie, en el respeto a la vida, la libertad y la dignidad de todos.

No es hora de discutir entre nosotros, ni de gastar nuestras energías en cuestiones secundarias. Es más bien hora de unir a la sociedad entera en un firme rechazo moral, generalizado y efectivo, contra las agresiones de ETA. Es hora de que cuantos tenemos alguna responsabilidad en la vida pública, especialmente aquellos que han recibido el mandato del pueblo para gestionar el bien común, actúen conjuntamente, con todos los medios justos y legales a su alcance, para defender la vida y la libertad de todos los ciudadanos, sin ninguna consideración partidista. Hagamos frente a la barbarie de ETA, apoyemos las instituciones legitimadas por la voluntad del pueblo, que garantizan la justicia y la libertad para todos. Tiempo habrá para hablar y discutir después, en un clima de libertad y confianza, sobre las posibles cuestiones políticas pendientes.

Pedimos ardientemente al Dios de la vida y de la paz que nos haga merecedores de sus dones, y muy especialmente del don de la paz; pedimos consuelo y fortaleza para quienes están siendo duramente probados por el dolor de esta muerte terrible; pedimos fortaleza para quienes se sienten amenazados, y acierto y prudencia para quienes tienen la responsabilidad de dirigir en estos momentos la vida pública y garantizar el bien común en los diferentes niveles de la Administración; y pedimos también la gracia del arrepentimiento para aquellos cautivos de sus propios sentimientos de odio y de violencia.