RetrocesoA&ONº 270/26-VII-2001SumarioUsted tiene la palabraContinuar
CARTAS

PREOCUPANTE DESCENSO DE NACIMIENTOS


Según un reciente informe de las Naciones Unidas, en el año 2050 España será, de continuar la actual tendencia, el país más viejo del mundo. Nos hallamos, ciertamente, ante uno de los problemas más graves, si no el más grave, que los españoles tenemos planteado: el del descenso de nacimientos, descenso que nos está abocando a un envejecimiento espectacular y paralizante cuya solución, nada fácil, hemos de buscarla en una acción urgente y conjunta en un triple campo: el de la sociedad, creando las condiciones que favorezcan la llegada de nuevos hijos; como han hecho en los países nórdicos donde -con ayudas de 212.000 pts. por el primer hijo y de 111.600 por el tercero- ya han superado el índice del 2,1 hijos por mujer, indispensable para que se produzca el relevo generacional. El campo de la Administración: promulgando una ley de protección, ayuda y desarrollo de la familia que ponga especial énfasis en la ayuda a las familias medias y numerosas, a las madres trabajadoras, a las gestantes solteras; etc. El campo de la familia: compartiendo, ambos esposos, las cargas del hogar; ejercitando una paternidad responsable y abierta a la vida, etc.

Sólo así, con una acción conjunta en esos tres campos, conseguiremos invertir el vertiginoso descenso del índice de nacimientos reemprendiendo la marcha -como esposos, como familias y como sociedad- hacia horizontes más prometedores.

José Aymerich
Madrid

LA IGLESIA Y LA PAZ


La polvareda mediática producida a raíz de la negativa del párroco de Ermua a oficiar un responso por Miguel Ángel Blanco, vilmente asesinado por ETA hace cuatro años, ha revelado, entre otras cosas, un renovado afán por colocar a la Iglesia tras las propias posiciones políticas o, en caso de no conseguirlo, por considerarla fuera de órbita e infiel a su misión. Es un aspecto que se repite periódicamente, tomando pie en circunstancias bastante diversas: la firma del pacto contra el terrorismo, la campaña electoral o Misas de aniversario (por cierto, en estas últimas se sigue alimentando en un sector de la opinión pública la idea de la negativa de los párrocos, aun habiéndose llevado a cabo la celebración). Se trata, en definitiva, de rentabilizar políticamente el capital simbólico de la Iglesia, eso sí, en nombre de una ética considerada como indiscutible. De ese modo, posturas y perspectivas legítimas tienden a convertirse en únicas, y quien no las comparte está poco menos que alineado. No es la primera vez que esto ocurre, ni será la última, ya que la apuesta por la paz tiene una dimensión necesariamente política, la ética requiere unas mediaciones políticas y cada posición tiende a pensar razonablemente que es ella la que mejor salvaguarda los valores éticos básicos.

Resulta que la Iglesia, o miembros cualificados de ella, se resisten a alinearse tras una posición determinada, porque en la comunidad cristiana existe (y es bueno que exista) una pluralidad de opciones legítimas, y porque quieren entender, además, que la vida social y política han de gozar de autonomía, sin tutelajes. Todo ello requiere un aprendizaje, tanto más costoso en la medida en que personas con responsabilidad en la Iglesia han (hemos) estado presentes en numerosos actos que no guardaban mucha relación con nuestra misión específica. Es cierto que, de equivocarse, es mejor hacerlo con las personas y colectivos empobrecidos y perdedores. Pero eso no debe oscurecer el empeño fundamental por no equivocarse.

Lo acontecido en esta ocasión puede servir de llamada de atención para respetar también la autonomía de la Iglesia, a la hora de establecer sus acciones y su contribución a la paz y a la libertad, así como para no obstaculizar la perspectiva política a la hora de valorar sus comportamientos. Es legítimo y deseable valorar la necesaria incidencia política de las acciones de la Iglesia y de sus gentes, pero no es justo considerar la oportunidad o conveniencia política como criterio básico y a veces único de valoración.

Es también cierto que aún se mantienen presencias más que discutibles. Lo anterior difícilmente puede casar con responsos por afiliados y líderes políticos (alguno fallecido hace casi cien años), con Misas en exclusiva celebradas por curas de oficio o de beneficio con motivo del aniversario de la creación de un partido o de la apertura de unos locales, cuando además esto último tiene que ver más con cosas que con personas. Cuestión diferente es la que hace referencia a la necesidad de dignificar enterramientos que, en esta historia tejida con violencia, se han llevado a cabo en la semiclandestinidad, en el anonimato o en un marco de secuestro del cadáver de la víctima. No se trata de los casos más recientes, pero es una reflexión que la Iglesia debe abordar con tiento y con tiempo, que no significa demora, para sacar consecuencias bien prácticas. Pero eso requiere bastante más que un responso.

Ángel M. Unzeta
Getxo (Vizcaya)

EL DEMONIO


En una carta sobre lo que J.A. Sayés dice en su entrevista del número de Alfa y Omega dedicado hace unas semanas al demonio, A.A. Sánchez sostiene la tesis de que del demonio sólo se puede hablar indirectamente, como un modo de exhortar a la conversión. Cita para ello un texto de santa Teresa. Sin embargo, olvida textos de la santa como cuando dice que el demonio la tienta constantemente induciéndola a la desesperación (Vida 30,9). Otra cosa es que la santa tenga sentido común y cristiano para saber que el demonio nada puede con una persona cercana a Cristo y a la oración.

No es el entrevistado en Alfa y Omega, sino Jesucristo, el que habla del demonio como una realidad que nos puede perder. Dice a Pedro que el poder del infierno (el Maligno) tratará de prevalecer contra la Iglesia (Mt 16,19), y a sus discípulos les recuerda que trata de cribarlos como al trigo (Lc, 22, 31). Y san Pedro nos advierte que el diablo busca devorarnos como león rugiente (1 Pe 5, 8-9). En el Padrenuestro Cristo nos manda pedir al Padre que nos libre del Maligno. Esto no es una exhortación a la conversión, sino una petición al Padre.

En la carta de A.A. Sánchez, además, se cita el Catecismo parcial y tendenciosamente. El Catecismo dice que la Iglesia afirma la existencia del infierno y de su eternidad (n. 1035). Después de eso (que se silencia), dice elCatecismo, efectivamente, que la enseñanza de la Escritura y de la Iglesia sobre el infierno constituye un llamamiento a la conversión.

Dedía Baudelaire que la mayor astucia del demonio consiste en hacernos pensar que no existe. El trabajo mejor incluso cuando existen profesionales de la falsificación de la fe.

Margarita Pérez
Burgos