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No es frecuente que un médico -en este caso un matrimonio, de médico y enfermera- vaya a disfrutar sus vacaciones de verano a una misión en África, sirviendo a los más pobres del tercer mundo, -no es ocioso contar esto tras la reunión del G8, ¡esto sí que es globalización verdadera!-; pero, claro, tampoco es demasiado frecuente regresar del descanso veraniego y reincorporarse a la vida cotidiana del curso con la alegría y las fuerzas renovadas, tal y como le sucede al citado matrimonio. Suena esto a paradoja, y efectivamente lo es. Se trata de la ya dos veces milenaria paradoja cristiana.
Durante el curso, en Madrid, no les era posible realizar esta tarea en el tercer mundo, que sin duda llevaban en el corazón. Y no se piense que se trata de personas liberadas de responsabilidades familiares. Tienen a unos hijos que educar, y precisamente su corazón misionero está siendo un factor educativo de primer orden; y tienen no pocas responsabilidades profesionales y sociales, que justamente por ese corazón capaz de abrazar al mundo entero afrontan con un gozo y con una eficacia realmente admirables. La paradoja, ciertamente, no deja de cumplirse: El que pierde su vida por Mí y por el Evangelio, la gana definitivamente. |
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Acaba de decir el Papa, en su mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, que nadie ceda a la tentación de hacer del tiempo libre un tiempo de «reposo de los valores», es decir, vacaciones perdidas. El propio Juan Pablo II ha predicado con el ejemplo, y sus vacaciones han sido cortas, sí, pero inmejorablemente aprovechadas. El tiempo de descanso, si el hombre no ha dimitido de su humanidad, es verdaderamente reconfortante y gozoso, y desde luego no menos fecundo -con frecuencia incluso lo es más, si cabe- que el tiempo de trabajo. El drama está en esa dimisión de humanidad, que claramente se pone de manifiesto en el modo de vivir -más bien no vivir- el período de vacaciones. Si en el verano los valores están en reposo, es porque lo están también en el resto del año. Dime cómo veraneas, y te diré quién eres, podía muy bien ser la versión estival del Dime con quién andas, En definitiva se trata de eso, de con quién andamos. Si son qués en lugar de quiénes, se podrán ganar multitud de cosas -¿o perder? ¿Sabes cuanto dinero se gasta la gente en vacaciones; cuántos se endeudan para poder realizar sus sueños?, le preguntaba el diablo Escrutopo en su carta a Orugario, los incisivos personajes de C.S.Lewis-, pero la vida, ciertamente, se pierde. Caer en esa tentación de olvidar que es la propia vida, y no las cosas, lo que vale de veras, llevará, en el mejor de los casos, a realizar fantásticos sueños, pero el diablo se podrá ir tranquilamente de vacaciones, como termina relatando Lewis en la citada carta a Orugario, pues quien dimite de su humanidad -afirma Escrutopo- hará tantos sueños maravillosos que nos lo restituirán en septiembre más tonto que nunca. Pedir a Dios que no nos deje caer en la tentación, es bueno, sin duda; pero, en primerísimo lugar, es lo más inteligente que podemos hacer. |