|
|
|
En primer lugar, hay que recordar que no se trata de una película histórica. En ese caso merecería un cero pelotero. Más bien la guerra es un trasfondo épico para una historia de amor que quiere ser lacrimógena. Funcionó bien en Titanic, y Jerry Bruckheimer quería que funcionase también en su película de 145 millones de dólares. Si en Titanic había triángulo amoroso, aquí también lo hay, aunque mucho más previsible en su desenlace. En Titanic uno de los tres, el prometido, era el malo. En Pearl Harbor no hay malos, son americanos. Son héroes. Ésta es la segunda cuestión. La película quiere ser un homenaje a los que murieron en Pearl Harbor. Y lo es. Incluso con exceso. Todo es impúdicamente patriotero: frases de boy scout, barras y estrellas por doquier, botellas de cocacola llenas de sangre americana para transfusiones..., y numerosos elementos épicos inspirados sin rubor en La guerra de las galaxias. Esto a los críticos europeos sabemos que no les gusta, porque aquí la moda es ser antiamericano, lo cual es otra estupidez. Lo discutible no es que sea proamericana (¿por qué no iba a serlo?) sino que ese americanismo que vemos tan a menudo en el cine sea enormemente pueril, maniqueo, ingenuamente simplista, y lleno de analfabetismo histórico, con sobredosis de ignorancia hacia todo lo que no es América. Creo que eso sí es razonablemente irritante. |
|
La fórmula de romanticismo sobre fondo bélico ha sido muy utilizada en el cine y es muy emocionante y melodramática. Pero el fondo es eso, un fondo. ¿Por qué meter con calzador en la última media hora la venganza americana de Pearl Harbor cuando sobre la memoria trágica del planeta gravitarán siempre las dos bombas atómicas que los americanos lanzaron -¡únicos en la Historia!- sobre Hiroshima y Nagasaki? Parece muy cínico, o poco elegante. A Pearl Harbor hay que agradecerle que, junto a Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, nos brinden probablemente las mejores secuencias bélicas del cine de la segunda guerra mundial. Y poco más -que no está mal, entiéndanme-. Bien es cierto que con 30.000 millones de pesetas y un poco de talento para rodar tinglados -como ya demostró el cineasta Michael Bay en Armagedon y La roca- no es difícil hacer maravillas. Pero el cine es algo más que un deslumbrón de fuegos y maquetas. Son historias que contar. Y Pearl Harbor tiene ahí un notable bajo, no un sobresaliente. Y si usted lo que quiere es saber qué pasó en Pearl Harbor, no lo dude: compre -que está de oferta- Tora! Tora! Tora!, de Richard Fleischer y Kinji Fukasaku, un americano y un japonés. Más fiable ¿no? Juan Orellana |