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Rosa Puga Davila
Rejuvenecen de la mano de sus nietos: el motor de sus vidas, esas personitas que les anuncian, por otro lado, la llegada de la vejez, el paso del tiempo. Nuestros ancianos sienten que se acerca la temida muerte, esa desconocida con la que todavía no hemos aprendido a convivir. Necesitan más que nunca el apoyo de aquellos por los que entregaron parte de su vida: sus hijos. Entre 1900 y 1960 sólo un millón de personas tenían más de 65 años; entre 1960 y 1998 el númeroo de los mayores de 65 años ascendía a 3 millones. En los proximos 25 años cabe esperar un aumento de otros 3 millones; es decir, cada vez tendremos más abuelos entre nosotros. Ante esto, el envejecimiento demográfico, el gasto en pensiones y sanitario, y la atención a los cuidados a larga duración (posibilidades de acceso a servicios públicos y privados, costes implícitos de los cuidados familiares, inequidades manifiestas por pérdida potencial de ingresos laborales, etc.) serán temas sobre los que sea necesario reflexionar para la mejora de las condiciones de vida de nuestros abuelos. |
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Pero no nos equivoquemos. Según un estudio sobre la vejez elaborado por Fundación la Caixa, en su colección de Estudios Sociales, un mayor envejecimieno poblacional no tiene por qué suponer necesariamente un aumento del número de personas mayores dependientes, pues la edad de los individuos no es el único factor que determina la aparición de problemas de dependencia. Así, además de la edad, las trayectorias vitales de las personas (su estilo de vida, las condiciones laborales...) ejercen una influencia decisiva sobre la probabilidad que éstas tienen de acabar perteneciendo al grupo social de ancianos dependientes. Más aún, innovaciones en el diagnóstico y mejoras terapeúticas en el tratamiento de algunas patologías, asociadas al envejecimiento, pueden provocar efectos substanciales. Por ello, en la medida en que las condiciones de vida previas a la vejez de los nuevos ancianos sean mejores que las de sus predecesores, el porcentaje de personas mayores con problemas de dependencia puede ser incluso menor que el actual. Otra cosa es la dependencia afectiva. Muchos ancianos con su llegada a la vejez, han pasado a formar parte de un decorado, muchas veces, apenas perceptible. Esta situación favorece la disminución de su autoestima; por ello necesitan sentirse necesarios y amados por sus hijos y nietos, y esto es de justicia. Precisan sentir que todavía pueden enseñar, y mucho, y que ese largo camino, a veces tortuoso, ha servido al final para algo, que se concreta en una huella eterna en todos aquellos a los que amaron. El obispo de Canarias, monseñor Ramón Echarren Ystúriz, recordaba en una Carta pastoral, con motivo del Día del Abuelo, que, como cristianos, debemos recordar a todos aquellos que ya en la tercera edad viven con frecuencia abandonados de todos, arrinconados como «trastos viejos» que estorban a todos, internados en residencias poco dignas, carentes de toda cercanía y afecto familiar. En este «Día de los Abuelos», los cristianos, hombres y mujeres de buena voluntad, debemos tomar conciencia de que, en nuestra sociedad, todo conspira contra ellos: unas pensiones escasas, unas viviendas tan reducidas y caras que no permiten espacio para que puedan vivir con los hijos, y una devaluación constante de su dignidad y de lo que todavía puedan aportar a la sociedad y a sus familias; en alguna ocasión una falta de atención médica o sanitaria suficiente; como si atendiéndoles se perdiera el tiempo o se «robara» atención a los menos mayores; la ausencia de suficientes residencias para ancianos dignas y bien atendidas, en las que los mayores puedan disfrutar de una imprescindible intimidad... Siempre, sin que sea necesario que lo marque el calendario, se debe valorar el esfuerzo y la experiencia de nuestros abuelos, y no aprovecharnos de su melancolía para ahorrarnos la guardería. No nos olvidemos de que la educación es responsabilidad de los padres. Hoy, día 26 de julio, fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús, recordamos una relación tan especial como la que sólo se puede dar entre los niños y los viejos, una relación que nos acompañará por siempre: ¿quién no puede recordar algún detalle, una emoción de sus años más tiernos, sin que uno de los protagonistas de la escena sea un abuelo? |