RetrocesoA&ONº 270/26-VII-2001SumarioMundoContinuar
Movilización sin precedentes en el mundo católico ante la Cumbre del G-8
Un rostro humano para la globalización
J. C.

Si bien para todos los servicios de inteligencia europeos estaba claro que la Cumbre de los países más industrializados del mundo (G8) se convertiría en una prueba de fuego para comprender la naturaleza del primer movimiento de protesta del siglo XXI, los antiglobalización, la cita de Génova siguió siendo un foro mundial de reflexión sobre los derroteros del escenario social, económico y cultural en el que ha visto la luz el nuevo milenio, la globalización.

Será que el encuentro tenía lugar en una ciudad italiana de antiguas raíces cristianas..., será que la Iglesia católica es quizá la primera institución globalizada de la Historia..., será que el nuevo escenario interpelaba directamente el compromiso de los creyentes...; lo cierto es que Génova también se ha convertido en la gran provocación que ha abierto un amplio debate y reflexión sobre este desafío en la misma Iglesia.

La movilización católica ante un acontecimiento de este carácter no tuvo precedentes. Desde hace varios meses, la Iglesia en Italia y en particular las diócesis de Liguria organizaron una serie impresionante de encuentros, ayunos, momentos de oración, etc.

El arzobispo de Génova, el cardenal Dionigi Tettamanzi, se ha dado cuenta de que el G-8 es el foro con más resonancia mundial para reflexionar sobre las implicaciones éticas de la globalización y con prudencia ha impulsado un volcán de iniciativas, llegando a dedicar un libro a esta ocasión (La globalización: un desafío).

El encuentro más sobresaliente lo organizaron del 6 al 8 de julio más de sesenta organizaciones, movimientos y congregaciones misioneras que reunieron en el teatro Teatro Carlo Felice, de Génova para reflexionar junto a más de dos mil jóvenes sobre el compromiso social cristiano en tiempos de globalización con el lema Centinelas del mañana: miramos al G-8 a los ojos. La expresión Centinelas del mañana había sido acuñada por Juan Pablo II, el mes de agosto pasado, cuando contempló a los más de dos millones de jóvenes que participaron en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Roma.

Durante el fin de semana previo, los participantes escucharon ante la imagen del Cristo campesino, testimonios de jóvenes de África, Asia e Iberoamérica, organizaron una marcha por la paz, participaron en momentos de oración y ayuno, compartieron las orientaciones ofrecidas por el cardenal Tettamanzi, y redactaron un Manifiesto dirigido a los líderes del G8, en el que reafirman la primacía del hombre sobre la economía y recuerdan la responsabilidad de solucionar los problemas del planeta y los desequilibrios entre el Norte y el Sur del mundo.

El Manifiesto recuerda el valor universal de la vida humana, denuncia la pobreza, la explotación, los privilegios de algunos y el poder monopolizado por pocos.

Citando a Jacques Maritain y a Martin Luther King, el documento toca los problemas más graves (guerra, deuda externa, pobreza, ambiente) y contiene una serie de propuestas que se identifican con buena parte de las organizaciones antiglobalización: un sistema de reglas para el comercio internacional; la abolición de las barreras aduaneras para los productos del Sur del mundo; el cierre de los paraísos fiscales financieros; impuestos sobre las transacciones de moneda; una legislación internacional que impida la explotación en el trabajo; la confirmación de los acuerdo de Kyoto acerca del ambiente; impedir la creación de monopolios por parte de multinacionales; una información libre y transparente acerca de los organismos modificados genéticamente; y una medicina con costes sostenibles para las poblaciones más pobres.

El Manifiesto ha suscitado desacuerdos dentro del mundo católico. Un grupo de intelectuales católicos ha denunciado la adhesión acrítica del documento a los grupos antiglobalización. En el texto, afirman, se constata la hegemonía del ecologismo radical que se propone abatir la primacía del ser humano y la bondad de su presencia en el planeta. Asimismo señalan que en el Manifiesto no menciona la necesidad del anuncio de Jesucristo como único salvador del hombre, o temas como aborto, eutanasia, y programas de esterilización de masa.

El 8 de julio pasado, Juan Pablo II dio un espaldarazo al congreso de los católicos sobre la globalización celebrado en Génova, exigiendo que todo este fermento de iniciativas y reflexión por parte del mundo católico se convierta en un impulso de nueva «moralidad» ante los graves y a veces dramáticos problemas de orden económico-financiero, sanitario, social, cultural, ambiental y político.

En realidad, la fe no puede dejar al cristiano indiferente ante esas cuestiones de relevancia mundial -constataba el Papa al dirigirse a varios miles de peregrinos en la víspera de sus vacaciones veraniegas-. Al contrario, lo impulsa a interpelar, con propuestas concretas, a los responsables de la política y de la economía, pidiéndoles que el actual proceso de globalización esté firmemente dirigido por las razones del bien común de los ciudadanos del mundo entero, sobre la base de las exigencias irrenunciables de la justicia y la solidaridad.

Por esto -exigió-, los pueblos más ricos y tecnológicamente más avanzados,conscientes  de que DiosCreador y Padre quiere que la humanidad constituya una sola familia, deben saber escuchar el grito de tantos pueblos pobres del mundo: simplemente piden lo que es su sacrosanto derecho.

Tanto Juan Pablo II como los movimientos católicos, han dejado muy claro que el desafío que plantea la globalización no se afronta organizando simplemente manifestaciones de protesta. En todo momento, la condena a los actos de violencia ha sido nítida. El auténtico desafío para los creyentes es el mismo que debería ocupar el centro del encuentro de los ocho más poderosos del mundo: dar un rostro humano a la globalización.