|
|
|
La ciudad portuaria italiana se convirtió en víctima de la protesta más imponente organizada por eso que los sociólogos llaman el primer movimiento de protesta del siglo XXI, los antiglobalización. Grupos de lo más variopinto coordinados por el Global Social Forum, creado para la ocasión, reunieron a unas 150 mil personas que quisieron dar voz a los excluidos del actual panorama de la globalización. Sin embargo, la violencia brutal de algo más de un millar de militantes del Bloque Negro, formado por jóvenes de varios países europeos, convirtió la manifestación en drama. La cumbre de Génova se recordará por esas imágenes desgarradoras de Carlo Giuliani, de 23 años, que caía al suelo por el disparo de un carabiniere más joven que él. |
|
En ese momento, puede decirse que fracasó la cumbre de G8, y no sólo para los ocho líderes participantes, sino particularmente para el movimiento social que había provocado. La movilización católica ante un acontecimiento de este carácter no ha tenido precedentes. Desde hace varios meses, la Iglesia en Italia, y en particular las diócesis de Liguria, la región a la que pertenece Génova, había organizado una serie impresionante de encuentros, ayunos, momentos de oración, etc. El arzobispo de Génova, cardenal Dionigi Tettamanzi, se dio cuenta de que el G8 podía ser el foro con más resonancia mundial para reflexionar sobre las implicaciones éticas de la globalización, y con prudencia impulsó un sinfín de iniciativas; sin embargo, al ver lo que sucedió el primer día, las organizaciones católicas abandonaron su participación en las actividades organizadas por el Global Social Forum, que en un primer momento gozaba del apoyo de movimientos como la Acción Católica, la Comunidad de San Egidio, Juventud Franciscana, misioneros de la Consolata, Combonianos, Javieranos, Padres Blancos, Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras, Salesianos, Renovación del Espíritu, Focolares y Pax Christi... Los representantes católicos, sin embargo, con su ausencia, dejaron claro que el Evangelio llama al compromiso con los últimos, pero nunca a la violencia, ya sea verbal o física. Juan Pablo II también se entregó en cuerpo y alma para que el encuentro de los países más potentes del planeta sirviera para dar un alma solidaria al proceso de globalización. Cuando llegaron los ocho líderes (los Jefes de Estado y de Gobierno de Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá y Rusia) a Génova, les dio la bienvenida con una carta en la que pidió que, en esos intensos días de trabajo, no quede excluida de vuestras preocupaciones ninguna persona ni ninguna nación. |