RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioUsted tiene la palabraContinuar
CARTAS
IGLESIA Y MUNDO

Después de haber leído la edición española de Iota Unum, obra maestra del doctor Romano Amerio (casi desconocido en España, salvo por las referencias que hace de su obra Vittorio Messori en un par de capítulos de Leyendas negras de la Iglesia), quisiera hacerles partícipes de unos fragmentos correspondientes al epílogo de este denso libro, que aborda las variaciones sufridas por la Iglesia durante la crisis post conciliar, por si alguna vez desean publicarlos:

(…) La Iglesia, semimoribunda en la pobreza, en la persecución y en el desprecio por parte del mundo, tendrá el destino del Elegido, de Thomas Mann: mientras el mundo se lanza a la barbarie, él se refugia con espíritu de penitencia y religión en la inhumana soledad de un inalcanzable escondite; allí se hace montaraz, diminuto, se nutre de hierba y de tierra, se convierte en una heredad orgánica donde habita el hombre, pero en la que el hombre resulta irreconocible. Sin embargo, en un momento decisivo para la cristiandad, la Providencia reencuentra al pequeño monstruo semihumano y los legados romanos lo traen a Roma, lo alzan a la cumbre pontifical, y lo consagran a la renovación de la Iglesia y a la salvación del género humano (…)

(…) La fe en la Providencia anuncia por consiguiente la posibilidad de una recuperación y sanación del mundo mediante una metanoia cuyo impulso inicial él no puede proporcionar, pero de la que es capaz cuando lo haya recibido.

Gabriel Fomperosa Fernández
Santander

LA LEY Y LA CALLE

En debates televisivos, tertulias radiofónicas y algunos escritos se da como irrebatible un sofisma muy pobre: la ley no puede ignorar la realidad, no puede vivir de espaldas a la calle. Y así, por ejemplo, se legaliza el aborto, y las parejas de hecho, porque son realidades sociales, que están ahí. El argumento no puede ser más flojo. La ley ha de ser espejo de conductas y no al revés. Si la ley se inspirase en la realidad social, tendríamos que legalizar la droga, puesto que hay gente que se droga. Si nadie respeta la velocidad máxima en carretera —puedo dar fe—, suprimamos los límites de velocidad. Si existe el fraude fiscal —desde tiempo inmemorial las escrituras de pisos se hacen por un precio inferior— legalicemos el fraude fiscal, porque también es una realidad social. ¿Hace falta seguir? El sofisma, como se ve, es fácil de desmontar, pero hay que detenerse a analizarlo. La ley debe estar arriba, brillar y orientar conductas, no en el suelo, al ras de calle, mezclada con la basura, donde pierde todo su rango.

Miguel Soto Pardo
Madrid

CARTA DE UN PRE-EMBRIÓN CONGELADO


Me han dicho que en la democracia en ocasiones unos ayudan a otros. Un colega desarrollado, estudiante de Medicina, me presta su voz. Le puedo asegurar que a los catorce días de nuestra vida no pasa nada especialmente distinto que a los diez o que al mes… ¡Qué asco de frío!… Sabe una cosa: podría ya haber nacido de no estar aprisionado aquí. ¿No se puede hacer algo más por mí?

Juán Ramón Prieto Martínez
Madrid

NECESITÉ Y ME DISTE

Hace tres años, un amigo me habló de las Hermanas Hospitalarias de Ciempozuelos. Yo, por aquel entonces, buscaba un lugar donde poder celebrar la Pascua; me puse en contacto con ellas y allí me presenté. No me lo pensé demasiado, pero reconozco que sí sentía miedo, porque no sabía lo que me iba a encontrar…

Mi primer contacto con ellas fue fuerte, apenas pude dormir esa noche, nunca había estado en un psiquiátrico; desde luego no es lo que estamos acostumbrados a ver en TV. Personas con camisa de fuerza gritándote o pegándote, no. Es más normal que todo eso.

Es como un pequeño pueblo con todos los servicios necesarios, rodeado de jardines por todos los lados. Se encuentra dividido por pabellones o unidades, dependiendo del estado de la persona. Me llamó mucho la atención el cariño y la paciencia con la que son tratadas estas personas por parte de las hermanas y del personal asistencial. Nunca les falta una sonrisa, una caricia, un gesto de amor y cercanía…

A las pocas horas de estar allí desapareció el miedo. Me sentía como en casa, o quizá mejor. ¡Jamás imaginaba que estas personas me iban a dar tanto a cambio de nada!…

Cuando estás compartiendo con ellas, te preguntas por qué ellas están así y tú no, por qué las personas tienen que sufrir tanto, por qué, Señor, tengo yo más suerte que ellas, si todos somos iguales… Quizá es que ellos son tus privilegiados y descubres cómo a pesar de su estado son más felices que nosotros. Son capaces de sonreír, de cogerte la mano. Algunas apenas pueden hablar o moverse, pero con su mirada limpia y transparente ya te están dando las gracias por estar ahí, simplemente por tu presencia. Valoran la vida mucho más y saben dar gracias a Dios por ella, cosa que a nosotros se nos escapa.

Es algo tan especial lo que se siente con estas personas, que no ceso de dar gracias por haber podido tener esta experiencia. He aprendido a valorar los pequeños detalles, porque ahí es donde está la vida, y es lo que verdaderamente importa.

Ana Isabel Bou
Madrid