RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioContraportadaContinuar
Un electrocardiograma
del corazón de Cristo
Vivir recostados en el corazón de Cristo es la única forma de sincronizar nuestras ansias de amor en la onda expansiva del Amor verdadero. Nos pasamos el tiempo, en la vida espiritual, o intentando sintonizar la frecuencia de la gracia, o eliminando las interferencias de una deficiente recepción de la misericordia de Dios. Los técnicos dirían que vivimos inmersos en el ruido del espectro, que nos imposibilita para escuchar la voz del Señor. ¿Cómo sería la voz de Jesús, el Cristo, durante su vida terrena? Su voz era, sin duda, el eco de su corazón.

Nos interesa más que nada del corazón de Cristo, sus movimientos de diástole y de sístole. Podríamos, con la venia del docto galeno, hacer, en esta página, un electrocradiograma del corazón del Señor, médico y salvador. Movimiento de diástole: su corazón se dilata y recoge todos los impulsos del amor, toda la pasión del bien que hay en el hombre y en el mundo. En la diástole de Cristo se guardan todos nuestros fracasos y esperanzas; las incertidumbres sobre un futuro que no se atisba; las incompresiones de un presente que no se entiende; las lecciones de un pasado que no se asume. En la diástole del corazón de Cristo se purifican todas las ambigüedades, todos los miedos, todos los fracasos, todas las obsesiones y todos los fantasmas. El corazón de Cristo hace, cuando se dilata, que en el mundo nazca la esperanza. Y en ese preciso instante, se suspeden los odios, la violencia, el rencor y el resentimiento, porque pierden la podrida sabia de su propia negación.

El corazón de Cristo nunca ha sufrido el más mínimo retardo. Siempre late en el tiempo del presente. Hay en nosotros, los cristianos de la aceleración de los tiempos, de la Historia, una sana envidia de los primeros cristianos, aquellos hombres y mujeres que estuvieron, en el tiempo y en el espacio, más cerca del corazón de Cristo. Sin embargo, su movimiento de sístole hace que el calor que desprendía el contacto con el pecho de Jesús, en la primera y en la última cena, siga inflamando nuestros corazones eucarísticos, más allá de la suma compuesta del elemento de los años y los tiempos. Sístole de Cristo es el álito, el aliento, de cada una de las vidas que nacen en nuestro alrededor. Sístole del corazón de Cristo es el soplo de paz en un mundo de guerras; la alegría que resucita en medio de la desesperación. El colesterol del corazón de los cristianos es el demonio mudo de la vergüenza, de la fascinación por la imagen y la apariencia, por el impacto de un input y un output de un universo mecanicista, en el que todo está programado por las mentes privilegiadas en la manipulación. Cuando, en la existencia cristiana, padecemos la enfermedad del colesterol de la desidia, de la tibieza, estamos frenando la onda expansiva que produce el movimiento de sístole del corazón de Cristo.

¿Qué ocurriría en nuestro mundo si los niños y las niñas dejaran de dibujar, con los trazos inseguros de la infancia, los corazones de sus papás, de sus hermanos, de sus primos, de sus amigos, de los que les rodean? ¿Qué ocurriría en nuestro mundo si los adolescentes dejaran de esculpir el corazón de la persona a la que aman en las cortezas de los árboles, en los bancos de las plazas o en las paredes de las calles por ellos transitados? ¿Qué ocurriría si no fuésemos capaces de dibujar en nuestro día a día las líneas del espectro del movimiento que produce el corazón de Cristo en el mundo? Decía Karl Adam, en su libro El Cristo de nuestra fe, que el sentido de la devoción al corazón de Jesús es justamente un encuentro con Jesús íntimo, que ha de operar en nosotros un nuevo sentimiento de sus más íntimas mociones, aspiraciones y afectos. El devoto del corazón de Jesús no debiera perder jamás de vista que el corazón como tal es sólo la rerpesentación de algo mucho más profundo:el mundo interior del Señor. Cuando el mendigo besa la mano de su bienhechor, porque ella precisamente le hace sensible la bondad y generosidad del donante, en el fondo, esa veneración de la mano no puede ser otra cosa que un acto de veneración al bienhechor mismo. En el símbolo del corazón, adoramos a Jesús mismo, que entregó su sangre por nosotros.

Cristo nos dice: Estoy con vosotros y tengo vuestro corazón. Y nosotros le decimos: Quisiéramos estar contigo y tener tu corazón. Quisiéramos estar recostados en su corazón, como el discípulo amado, para escuchar los movimientos de su gracia. Como diría san Gregorio de Nisa, no puede llamarse cristiano verdaderamente aquel que tenga una cabeza sin razón. ¿Puede llamarse cristiano quien tenga una cabeza, una razón, sin corazón?

José Francisco Serrano