RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioCriteriosContinuar
Gratuidad viene de gratitud
Sucedió en El Cairo. Un grupo de jóvenes cristianos españoles interesados en el mundo del Medio Oriente, junto con un sacerdote gran conocedor del cristianismo primitivo, pasaban unos días en Egipto, hospedados en una residencia de religiosas, y, estando reunidos en la playa, son escuchados por una joven española que se decidió justo ese día a salir a la calle, tras varias semanas de desesperación en las que varias veces había pensado incluso quitarse la vida. Era una joven española licenciada en filología árabe, hija de potentados, enviada a El Cairo para perfeccionar sus conocimientos lingüísticos, con mucho dinero, pero sola. Ya no podía más y salió del lujoso hotel, hacia la playa. Oyó hablar en español y se acercó al grupo. Se presenta, hablan... Era la hora de la puesta del sol y llega el momento de despedirse. La invitan a la sencilla residencia de religiosas y esa noche duerme junto con aquella pequeña comunidad. Al amanecer del día siguiente aquellos jóvenes se encontraron la mesa puesta. La joven que hasta entonces se encontraba desesperada no pudo por menos que madrugar más que nadie y preparar el desayuno para sus nuevos amigos. No podía detener el impulso de mostrar de ese modo tan sencillo, pero tan expresivo, la desbordante alegría de su gratitud.

En la mentalidad común, ante el fenómeno, gracias a Dios creciente, del voluntariado, suele pensarse que ser solidario, ayudar a los demás, amar al prójimo, sin más, es lo mismo que ser cristiano. ¡Cuántos van a misa y luego nada hacen por los demás! Y se concluye: ¡Más cristianos son los que ayudan al prójimo, aunque no pisen la iglesia! Fácilmente se cae en la trampa: Claro, lo importante no es ir a misa, sino amar al prójimo. ¡Como si, en primer lugar, ambas cosas pudieran separarse! Pero además es preciso, desde la fe, formular esta pregunta al núcleo mismo del voluntariado, tan rápidamente identificado, sin más, con el amor cristiano: Tú, voluntario, ¿no estarás obviando el ideal pleno de la vida —que te parece inalcanzable— por ese esfuerzo inmediato que, sin duda, remedia muchos males, pero no colma una vida?

¡Colmar la vida! Ahí está el quid de la cuestión. Un quid que no se puede fabricar, que no se puede comprar ni con todo el dinero del mundo: es un don gratuito. Madre Teresa —le dijo un periodista a la fundadora de las Misioneras de la Caridad, en Calcuta—, yo no haría lo que usted hace ni por todo el oro del mundo… Y ella respondió: ¿Por todo el oro del mundo? Yo tampoco, hijo, yo tampoco… Justamente a los cristianos, al comienzo de la Iglesia, se los conocía como aquellos que dan gracias. Al describir la expansión del cristianismo, los Hechos de los Apóstoles se expresan de este modo: Y crecía el número de los que dan gracias. Ése es el quid de la cuestión, el desbordamiento de un don que ha llenado la vida de tal manera que no puede por menos que llenarlo todo y a todos a su alrededor. El voluntariado que corresponde a la verdad más honda del ser humano es el que brota, justamente, de descubrir la vida, mi propia vida, como un don gratuito, cuyo inmenso valor no me lo descubren mis cualidades, aptitudes o perfecciones, sino la experiencia de un amor que se me da, imprevisto, con el que me encuentro como se lo encontró aquella chica desesperada, en El Cairo. Ese don se llama cristianismo, y por eso su centro vital está en la misa, en la acción de gracias, que eso significa su nombre: Eucaristía, origen de la unidad que define a los cristianos, y de la mirada que permite ver a la Humanidad entera como una sola familia.

Sin duda es encomiable la labor de tantos y tantos voluntarios que entregan generosamente su vida a los demás —espléndida preparación, sin duda, al encuentro de la fe—, pero sólo ésta es capaz de colmar la vida. El voluntariado individual, como se dice en las páginas de este número dedicadas al tema, no garantiza una atención a los necesitados que tenga futuro, pero incluso las organizaciones que sí dan más garantías de futuro, si éstas no van más allá del raquítico horizonte que acaba en la muerte, tampoco son capaces de responder en toda su verdad, no ya a las necesidades de los otros, sino ni siquiera a las propias más indispensables. Al margen de la fe caben sólo dos caminos: o bien, ante la fragilidad de las propias fuerzas, esperar que suceda algo más allá de los límites humanos —si es que no se cae en la desesperación—, o bien creerse capaz de crear la propia plenitud, convirtiéndose en competidor de Dios.

Sólo se tiene lo que se da, reza uno de los dichos que define certeramente la obra admirable de la Madre Teresa de Calcuta, modelo indiscutible del auténtico voluntariado a la medida del hombre. La riqueza, la verdadera riqueza, está en lo que nos ha sido dado, que justamente lo tenemos en la medida en que no se corrompe, es decir, en la medida en que permanece siempre como don.