|
|
Hace un par de días visitaba yo la exposición que tiene abierta la Real Academia de la Historia (ndr. ver sección Raíces de nuestro número anterior de Alfa y Omega), que acerca por primera vez al público el festín de obras de arte pintura y escultura, de piezas arqueológicas, de documentos insignes y de objetos y testimonios ligados a la historia nacional. Ya al final de mi recorrido, me quedé prendado de un hermoso plato de cerámica de Talavera, fechado en 1900. De tal plato, de considerable diámetro, fue su inscripción circundante lo que más llamó mi atención. Una leyenda que rezaba así: Nox fugit Historiae lumen dum fulgit iberis. Me apliqué en seguida a traducirlo. Salí de la exposición con una versión quizá un poco libre, pero creo que clara y ajustada. Es la siguiente: Cada vez que sobre Iberia resplandece la luz de la Historia, la noche se bate en retirada. |
| ¿Será demasiado pretender que esta tarde, una vez más, está brillando la luz de la Historia sobre la cultura española? Me despedí de la exposición convencido de que semejante sentencia se ajustaba divinamente al acontecimiento que estamos celebrando.
Valga como atenuante de mi osadía el ser en estos momentos el director de una editorial que se mantiene fiel a su propósito fundacional: ser para los iberos y los iberoamericanos el pan de nuestra cultura católica. Y que, por añadidura, está ya a punto de ofrecer a la cultura y a la Iglesia una obra monumental, la Historia de las diócesis españolas, en 25 volúmenes; su proyecto Florez 2000. Así que, queridos y admirados archiveros, con palabras cuasi sacramentales, y ante esta inmensa cosecha de afanes y de estudios que nos entregáis esta tarde, os diré lo que en el ritual antiguo del matrimonio decía el esposo a propósito de su esposa: Yo la recibo. Y la recibo con el gozo y la esperanza con que se recibe una cosecha abundantemente sudada y aguardada. Es posible que este trasiego cultural entre los archiveros de la Iglesia y la cultura o la opinión pública mereciera un mejor intermediario y mayor empaque y notoriedad. No penéis, mis amigos. Aquí sabemos todos que la modestia, el trabajo callado y perseverante, ha sido siempre la virtud específica de los archiveros. Este acto demuestra una vez más, aún constituyendo en sí un acontecimiento, que el recato, la discreción y aún la gratituidad parecen nuestra eterna miseria, pero son, en verdad, nuestar mejor y más evangélica grandeza. |
| Se me ha escapado ya un par de veces el calificativo de acontecimiento. No me retractaré de semejante denominación. Es más, remacharé ahora el clavo llamándolo acontecimiento singular o excepcional, acontecimiento de lato valor cultural, o incluso acontecimiento cultural de primera magnitud. Tengo esta Guía de los archivos de la Iglesia en España y vuestra Memoria Ecclesiae por un gesto de coherencia y, aún más, por un acto de valentía. Para muchos, esta obra ingente no pasará de ser una antigualla, una exhibición de anacronismo apolillado. ¿De qué sirve hoy, en plena sociedad de la cibernética, mirar tan descaradamente hacia atrás? ¿No nos convertirá esta presentación en pintorescas estatuas de sal?
Una sociedad sin memoria de su pasado es una sociedad desmantelada, forzada a inventar y a improvisar continuamente; una cultura desmemorizada, privada de la dimensión del pasado, es una cultura carente de raíces y de referencias. En la experiencia y en la vividura de la Iglesia, el cultivo de la memoria histórica es una exigencia de simple y llana coherencia. La Iglesia vive fronterizamente, por cierto entre la memoria del pasado y la esperanza del futuro. En ella, el presente no es sino la gozosa y dolorida aleación de ambas dimensiones. Y vivimos muy especialmente los cristianos de la memoria del hecho histórico de la Encarnación, que plenifica la historia humana y que otorga a todo lo que acontece entre los hombres una textura y un espesor particulares. Nada de lo que ocurre entre los hombres deja ya de tener peso, sentido y trascendencia. Hacéis bien, pues, los archiveros de la Iglesia, en mantener viva la hoguera de la memoria institucional de la Iglesia. Aquí se está ofreciendo algo más sustantivo y, sobre todo, más duradero. Aquí, merced a las tecnologías de hoy, se está entregando a quien la quiera virtualmente, se entiende la llave de la casa, de la alcoba, de la caja fuerte en que la Iglesia conserva sus tesoros históricos, literarios y documentales. |
| UN HALO DE LUZ
¿Hará falta recordar que los archivos de la Iglesia superan en varios siglos la antigüedad de los civiles y que, por tanto, estamos hablando de caudales ingentes de información y de documentación? Más vale llegar a tiempo que rondar un año, dice el refrán castellano. ¡Y con qué razón! A muchos de los aquí presentes nos ha tocado todavía peregrinar por los archivos y rastrear en sus fondos, ateridos de frío o bañados en sudor, los temas de nuestras tesis doctorales o de nuestros trabajos históricos. Con medios artesanales. Con horarios inclementes. Ahora, amigos, ¡se acabó la miseria! Son éstos los tiempos del todo al alcance de una tecla. Es de esperar que la sociedad y la cultura, destinatarias de este regalo, sean capaces de apreciar el alto valor de esta socialización de la cultura religiosa. ¡El archivo, abierto para ser altar y templo de la verdad histórica! La sociología y la estadística, la antropología, el derecho y la lingüística, la historia con el amplio cortejo de sus ciencias auxiliares, saldrán bien libradas de esta excepcional oportunidad: lo que significa el, desde ahora, posible huroneo en los archivos de esas 23.000 parroquias diseminadas por toda España. ¡Cuánta historia de España no habrá encerrada en los legajos, en las fundaciones, en los libros parroquiales! ¿Interpretará correctamente la opinión pública, sus medios de opinión, el significado real de esta oferta de la Iglesia? ¿Se entenderá como un halo de luz vertido sobre la piel de Iberia? La Iglesia española se ha visto en estos últimos meses zarandeada, zaherida y acosada por casi todos sus flancos. Con intenciones no siempre confesadas y con un resultado innegable de desprestigio institucional. ¿Se entenderá debidamente lo que este gesto iluminador de la Iglesia entraña de encarnación en la sociedad circundante? Causa asombro un trabajo de tanta envergadura. Los archiveros suelen ser poco amigos de saraos y comparecencias públicas, y fieles amantes, por el contrario, de su hábitat connatural que es el archivo. Pero son gente que, cuando menos se espera, sorprenden al personal. |