RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Cine
La ciudad está tranquila
Acaba de llegarnos la película que recibió la Espiga de Oro en el último Festival de Valladolid, La ciudad está tranquila, de Robert Guédiguian. Este director, que ya se ganó al público y a la crítica por su anterior cine social, vuelve a poner sobre la mesa la imparable deshumanización que sufre nuestro mundo globalizado.

Guédiguian concibió La ciudad está tranquila al tiempo que ¡Al Ataque! —estrenada el pasado abril—. Ambas, como sus ocho largometrajes anteriores, de los cuales sólo dos han llegado a España, están situadas en la misma ciudad, Marsella, y protagonizadas por la misma compañía de actores —entre ellos su mujer, Ariane Escaride, que ha recibido el Premio a la Mejor Actriz por La ciudad está tranquila también en la última SEMINCI—. ¡Al ataque! era una comedia obrera acerca de una familia que ve amenanazada la supervivencia del garaje con el que subsisten, debido a la llegada de una multinacional; antes había estrenado con éxito la película Marius y Janette (1997) acerca de dos personas de mediana edad que viven entre la soledad, sus sueños y la fábrica de cemento, a punto de ser demolida, en la que Marius trabaja como guardián.

La ciudad está tranquila es una obra cinematográficamente resentida de un guión algo deslabazado, con un excesivo vaivén de personajes y un esquema narrativo muy irregular. Pero el interés del film está en el tema y en su tratamiento. La trama central se refiere a Michele, una mujer obrera cuya hija se precipita por la pendiente de la heroína sin remisión. Michele se entrega a ella en cuerpo y alma, pero terriblemente sola. Su marido, en paro, es un hombre desquiciado, con el que ya no se puede contar para nada. La soledad de Michele le conduce por un camino errado —evitar el sufrimiento de su hija proporcionándole la carísima droga—, que va a desembocar en la prostitución: la madre se prostituye para que no lo haga la hija. En torno a esta tragedia de falta de sentido desfilan una galería de personajes sumergidos también en un mar de vacío y de disolución de lo humano.

Si La ciudad está tranquila fuese esto únicamente, produciría desolación y amargura; sería una película inútil. De hecho, muchas escenas son hirientes por su nivel de humillación. Sin embargo, hay un punto de belleza y positividad, en la subtrama que inicia y cierra el film: un chaval extranjero, alumno del Conservatorio, toca el piano eléctrico en la calle para poder comprarse un piano de cola. Pero también es cierto que, aunque el desenlace de esta minitrama es un canto a la esperanza, parece artificialmente superpuesto al resto de las historias, muy creíbles y realistas. Es como un colofón de realismo mágico.

La cosa es que no es posible vivir sin anhelar que haya, al menos, un hecho que dé la vuelta a la tortilla. Hasta Guédiguian se inventa un acontecimiento que nos salve del pánico de la vida. Para un cristiano es muy interesante que existan películas así porque, sin pretenderlo, el director se está situando en el plano de la verdadera experiencia religiosa. Nosotros sabemos que el Hecho redentor ya ha tenido —y tiene— lugar, que además posee muchas semejanzas con el que plantea Guédiguian: lleva en sí una belleza que convoca a todos los que la encuentran, y que los reúne en una mirada común. ¿No es ésa la escena final de la película? Por eso, nosotros queremos películas que pongan en medio del mundo el grito del hombre, que es mendigo de Cristo. Por eso muchos preferiremos a Almodóvar sobre Torrente, a Garci sobre Amenábar y a Ricardo Franco sobre Alex de la Iglesia. Porque queremos tomarnos en serio a nosotros mismos.