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Más de una vez la palabra progreso me ha dejado tan perpleja como la obsesiva tendencia de los envarados nostálgicos a sentirse defraudados por lo que, evidentemente, quedó anclado en el pasado. Y es que, con frecuencia, tal como enfocamos la vida actual, estar al día, jugar a soñar futuros y sacudir lo que se denomina polvo agusanado, viene a demostrarnos que lo que consideramos modernidad, no es más que una mala copia de los errores que se cometieron en la antigüedad cuando también era moderna. Antes de romper moldes y barreras que pueden ser fundamentales, es preciso preguntarse si lo que llamamos moderno es tan moderno como suponemos. A lo mejor queriendo avanzar, lo único que hacemos es plagiar equívocos aferrados al egoísmo que destruyeron principios éticos, para retroceder.
No entiendo cómo puede considerarse moderno matar a niños antes de nacer o suprimirlos fríamente por sus malformaciones, o acortar vidas añejas con el pretexto de hacerles un favor porque ya no sirven (según costumbres ancestrales de los indios y esquimales), o manipular genes para mejorar la raza, tal como a su modo hacía Hitler. ¿No será que el olor a naftalina nos obliga a caer en la trampa que nos ofrece el espejismo de una verdad de cartón? ¡Cuántas veces me he acordado de la famosa frase de Eugenio d´Ors cuando afirmó que lo que no es tradición es plagio! Y el plagio, mal que nos pese, no es una solución, sino un delito. Por eso cuando analizo según que tipo de progresos, tengo la impresión de que lo único que hacemos es disfrazar nuestra impotencia para comprender que ni lo antiguo ni lo moderno tiene razón de ser, si los excluimos de la única posibilidad de encontrar la fórmula para convertirlo en aquello que puede prolongar nuestra vida más allá de la muerte. Es decir, en dejar a un lado la torpe soberbia material para conquistar nuestro derecho al progreso de la Eternidad. Mercedes Salisachs |